Las elecciones del 21 N y la unidad de los derrotados

Los primeros análisis, dentro y fuera de Venezuela, tienden a engrosar -en un mismo total y en una sola perspectiva- los resultados electorales del pasado 21 de noviembre, manteniendo, de una u otra manera, la visión trasnochada de un escenario político polarizado e ignorando, al mismo tiempo, la singularidad de cada estado y de cada municipio, la cual marcó la escogencia de los nuevos mandatarios locales y regionales, al igual que la de aquellos que resultaron reelectos. Tales análisis podrían destacar algo más que el hecho de una alta abstención (tradicional en cada elección distinta a la elección presidencial) o que algunos representantes del antichavismo hayan ganado gobernaciones y alcaldías. De profundizarse cada elemento de estudio, habría novedades que resaltar como hechos positivos, entre éstos que, a pesar de las victorias favorables a unos u otros, hay cierto desmarcaje respecto a las dirigencias que continúan esgrimiendo un discurso que bien encajó en la época del bipartidismo adeco-copeyano, con promesas y propagandas orientadas a causar un efecto psicológico más que a lograr un despertar de la conciencia ciudadana o democrática de los electores. Y en eso no cabría excepciones de cualquiera de las facciones del antichavismo y de aquellas que se ubicarían en el campo de la izquierda.

En el fondo, podría detectarse el surgimiento de unas nuevas referencias políticas, sin ser precisadas del todo y de modo inmediato, generadas en parte por la situación de crisis económica en que se halla envuelto el país y, por otro lado, por el desgaste sufrido por aquellos que, desde hace décadas, se han atribuido la representación popular, sin siquiera considerar hasta qué punto los asiste la razón o la legitimidad requerida. Lo llamativo es que fueran electos candidatos identificados con factores de oposición que, en el pasado, ocuparan cargos similares a los que les tocará asumir, como si la oferta electoral oscilara entre lo malo conocido y lo bueno por conocer, en una decisión un tanto ingenua que expresa un deseo por revivir la certidumbre y la aparente seguridad económica de años atrás. Para quienes repiten en sus cargos podrían exhibir la convicción de estar haciendo bien las cosas, aunque sus gestiones pudieran ser objeto de cuestionamientos de todo tipo; siendo así, tendrían que interpretar su elección como la oportunidad de hacer historia en sus respectivas jurisdicciones, marcando una profunda diferencia en relación con las gestiones anteriores.

Más allá del ámbito nacional, a los gobiernos y las organizaciones políticas que pretenden inmiscuirse en los asuntos internos de Venezuela y derrocar, por cualquier vía, al gobierno de Nicolás Maduro, debiera llamarles la atención que la población -aún con el porcentaje de abstención comprobado- no ha acompañado masivamente sus estrategias, desdeñando el impacto altamente negativo de la realidad de escaseses, bloqueo y robo de bienes del Estado en el extranjero que ellos le han impuesto, incluyéndose, a la mayoría. La posición de rechazo a reconocer la legalidad de este proceso electoral por parte de los enemigos declarados del gobierno venezolano, aduciendo, por ejemplo, que éstas no cumplieron las expectativas democráticas, no constituye sino un irrespeto a la voluntad de millones de venezolanos que, en una u otra dirección, incluyendo a los abstencionistas, se pronunciaron por una alternativa pacífica, enmarcada en lo que es la Constitución. También vale mencionar, como sucedió luego de los diferentes comicios realizados en los últimos veinte años, que -momentáneamente- existe una unidad de los derrotados que les imaginar que, esta vez, sí será factible activar un referendo revocatorio exitoso contra el Presidente Maduro, recayendo en los mismos esquemas que los han alejado de la realidad de este país. -



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Homar Garcés


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