El extremista

Helo allí, siempre atormentado y revuelto, caminando en círculo, como los locos de Van Gogh. No importa si de derecha o de izquierda. El extremista es de por sí un género propio, una especie de condición humana. El extremista levita y vive su delirio. Contrario por naturaleza a un verdadero demócrata, que es por necesidad pragmático y tiene los pies en la tierra.

El extremista es maximalista. Siempre pide todo... y ya. Alza la voz y no acepta menos. No admite que si el 100 % es siempre mejor que el 50 %, el 50 % es siempre mejor que nada. Un demócrata sabe que no por luchar por lo más se debe dejar de luchar por lo menos.

El extremista es esencialista, esto es, define a los regímenes políticos por su esencia y para nada le importan las mediaciones que hay entre esa esencia del fenómeno y su manifestación final (lo que los filósofos llaman epifenómeno): para un extremista de izquierda, el puntofijismo era esencialmente un régimen capitalista así que debía ser execrado en bloque, de nada importaban las inmensas masas populares presentes en AD y en COPEI ni sus sindicatos ni las reformas sociales que pudiesen llevar adelante; para un extremista de derecha, el chavismo-madurismo es en esencia una dictadura, luego debe ser borrado de la faz de la tierra hasta como núcleo social, poco importan las conquistas democráticas y sociales presentes en la Constitución de 1999 y sus contradicciones internas entre su vocación totalitaria y su discurso democrático. En la voz del extremista se siente la fría, incontestable hiel de su desprecio. Un demócrata, en cambio, está atento a esas mediaciones, a las personas y grupos que componen al régimen dominante, a sus intereses diversos y contrapuestos, y busca una interlocución con todo aquél que acepte escuchar sus razones... y claro, escucha las del otro, lógicamente.

El extremista es siempre revolucionario (incluso si es de derecha, lo que propone es siempre una revolución), es decir, no cree en la acumulación progresiva de fuerzas a través de un proceso de reformas y de avance por las instituciones. Miradlo como una borrasca prometiendo reducir a ruinas todo cuanto existe para sobre sus cenizas levantar un palacio de luz. Un demócrata es, debe ser, casi por definición, un reformista, y lucha aquí y allá por cambios parciales, y los valora, por pequeños que sean.

El extremista es básicamente intolerante con el otro. Cree que su pensamiento es la verdad verdadera y única. Su naturaleza es el disenso con todos los demás. Mira por encima del hombro a esos pobres mortales que no han alcanzado la cima de la revelación donde ellos asientan sus caudales. Un demócrata, por contrario, sabe que su pensamiento es sólo su verdad, que verdades hay muchas, y que del contraste entre unas y otras surge una verdad social común, un pacto, eso que llaman consenso.

El extremista quiere todo el poder para sí. Mi reino es de mil años, aúlla a las estrellas como un lobo estepario. Sin embargo, la democracia es, como sabemos, el poder del pueblo, es decir, de todos. Por eso un verdadero demócrata comparte el poder incluso con sus adversarios.

Tal vez por eso, el extremista cree que vale todo. Si sus adversarios políticos son un obstáculo para que la verdad verdadera de la que es portador sea realizada, ¿qué importa violentar sus derechos? ¡Son un estorbo!, sólo eso. Puede sentirse en sus ojos el fuego inquisitorial que ha de consumir a sus heréticos contrarios. En revés, un demócrata no cree que el fin justifique los medios: con Martin Luther King, sabe que el fin se prefigura en los medios y que por eso no vale todo. Si quiere democracia, debe luchar con métodos democráticos. Si quiere justicia, debe ser justo al luchar por ella. Si quiere paz, su doctrina debe ser la de la no-violencia.

El extremista suele ser violento. Su cerebro está habitado de bombardas, de batallas sangrientas, de militares alzados combatiendo a los militares de su enemigo (¿una guerra civil?, ¡qué importa!, si vamos a salvar la patria...), y de ejércitos invasores si fuese necesario. Vedlo allí, ceño fruncido, mandíbula apretada, los puños cerrados, presto al combate... aunque muchos en la remota retaguardia de un exilio dorado. Un demócrata es pacífico por naturaleza, pero no cree en una no-violencia boba, sin embargo sí en que una rebelión amorosa conseguirá aislar, cuando no transformar al violento que lo agrede. Cree en la fuerza del ejemplo y no en el ejemplo de la fuerza.

El extremista odia, no piensa; insulta, no discute; descalifica, no razona. Por tanto, no dialoga y sólo negocia si es la rendición del otro lo que se pone sobre la mesa. Así, puede vérsele mordiendo sus labios, consumido por su ácidos humores. En contraste, un demócrata respeta y dialoga siempre y confía en que en el otro exista un interés por el bien común semejante al suyo: nunca denuncia la paja en el ojo ajeno sin ver primero la viga en el propio.

Mi vida política se inició hace 50 años, cuando desde el MAS radiante de entonces, y pertrechados de los libros de Teodoro, combatimos con éxito al extremismo de izquierda: defendimos la vía electoral y pacífica, frente a quienes aún se hallaban anclados en el errático abstencionismo de 1963 y en el colosal yerro de la lucha armada; defendimos la democracia, frente a quienes aún creían a pie juntillas en aquel paquidérmico mito de la dictadura del proletariado; fuimos reformistas sin dejar de ser revolucionarios, frente a quienes por ser revolucionarios despreciaban las reformas; defendimos el diálogo democrático y decidimos participar de las instituciones, frente a aquellos que creían que hacerlo era una traición; y defendimos la vía nacional de un socialismo a la venezolana e independiente no sólo de EEUU sino de la URSS, frente a quienes inclinaban su cerviz ante sus vaticanos de Moscú, Beijing o La Habana. Al final, nuestros contrarios siguieron nuestros pasos y, casi tres décadas después, llegaron al poder haciendo uso del camino que nosotros habíamos desbrozado (...a causa de nuestras propia omisiones, ¿qué duda cabe?).

Hoy, luego de medio siglo, como si de un sino maldito se tratase, nos toca enfrentar a otro extremismo, éste de derecha pero semejante al primero: igual pero al revés, como el reflejo en el espejo: autoritario, abstencionista, intolerante, maldiciente, purista, mitológico, alborotador, violento y tutelado desde el exterior.

Y la verdad sea dicha, el país que ha de nacer, la Venezuela nueva, democrática, productiva, progresista, reconciliada, culta, moderna y ecológica que alguna vez habremos de ser, no necesita ni a uno ni a otro extremismo: ni los improperios escatológicos de Diosdado con su mazo dando, ni el Armagedón que María Corina quisiera poder anunciar desde la proa de un antiguo acorazado gringo. Que los moderados de lado y lado tengan el patriótico valor de entenderse, aislando a sus adláteres extremistas. De ello depende el futuro de la nación.

Imagino entonces al extremista, no importa si de izquierda o de derecha, allá, en el rincón de la historia al que pertenece, rumiando como un orate sus más íntimas malquerencias, zapateando el piso y rabiando su derrota. Alcanzo a verlo rodeado de sus fantasmas sin destino que han de ser su compañía por los siglos de los siglos, mientras los moderados, los valientes de la moderación, de lado y lado, en el gobierno y en la oposición, en la izquierda y en la derecha, y en todas las clases sociales, edificamos, piedra a piedra, ladrillo a ladrillo, palabra por palabra, la patria buena a la que tenemos derecho.



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Enrique Ochoa Antich


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