En la brega del campo, me siento como un Simón Bolívar…

  1. Al fondo de todas nuestras visiones y misiones, los mil un caminos abiertos de la lucha diaria por nuestra amada Venezuela, por nuestros campesinos y productores, por nuestros ideales y sueños, por nuestras más caras esperanzas: ser libres y soberanos, ser dignos hijos de Simón Bolívar, de Sucre, Urdaneta, Zamora, Chávez,… hemos vuelto al campo… y en el campo de veras que se siente la espada de Bolívar mostrándonos el futuro… Sin cuento. Batallas en los lirios que ya anuncian el verano, la luz de la tierra que sentimos como nuestra y que al labrarla nos conocemos libres en ella.
  2. Y todo volverá a ser como de otro mundo en cuanto estemos de nuevo sembrando: un ensueño, algo nuevo y desconocido entre seres forjados por los encantos de las montañas, espléndidos amaneceres, la placidez de las tardes cuando todo se recoge en sus fulgores interiores; con esa brisa que anuncia cambios de luna, que presagian lluvias o sequías; brisas huracanadas que desmelenan los imponentes árboles de eucalipto, a los guamos y pinos; junto al humillo de los fogones que es como el suspiro de los hogares; junto al cantos de multitudes de pájaros en esa puesta del sol con su llamado al reposo al cese de los golpes del azadón o del hacha, ¡el hogar!: recobrando la algarabía de los alientos sagrados; el final de la jornada entre los abrazos de la mujer y de los niños, con el calor de los refugios amados. Ese cierre victorioso con el titilar de las estrellas, el rezo y las gracias a Dios, bendiciendo la culminación de cada jornada, de cada día.
  3. Vinimos a este mundo, pero deben existir muchos, de momento nos hemos quedado al lado de alguna galaxia que nos ha olvidado o que desconocimos. No se oyen el vaho de las máquinas, lejos de las enormes jaulas de concreto, de los lugares hacinados en vacuidades y frívolas pretensiones, en artificios y ruidos, el torneo de las bullarangas que pretenden asegurarnos de que existimos. Se han acabado los horarios y las normas reglamentarias, arneses para torturas, para martirizarnos unos a otros y generar las desdichas que nos llevan a la muerte.
  4. Volveremos al silencio y a la paz conmigo mismo. Volveremos a conversar con gente sencilla que no tienen empeñado el tiempo ni la confianza, la solidaridad ni la franqueza. ¿Dónde creerá la gente que está la vida? ¿Dónde? ¿Qué le habrán hecho creer sobre el valor y el sentido de la existencia? ¿Cuándo fue que comenzamos a creernos superiores y mejores que los demás? Los equivocados que echaron por la borda el amor a la tierra y se fueron muy orondos a buscar un título universitario, y a llenarse de compromisos y fatuidades, de sonoridades artificiales, a los llamados de la moda, a vivir en la modernidad, a estar a tono con eso que llaman civilización.
  5. Que acabamos por olvidarnos por completo de los cielos estrellados y de las conmociones diarias de las luces, en esos dominios encantados del sol y de la luna. Olvidamos las voces, los cantos de la naturaleza, esa magia y las enseñanzas que sólo están en el silencio y la soledad, y quedamos amputados de lo que más importa, titiritando en la nada, dando tumbos como unos cieguitos; buscando el sustento que nos arrebataron por obra y gracia de la inutilidad para vivir por nosotros mismos. Al punto casi de quedarnos sin derechos para reclamar absolutamente nada.
  6. El día viernes, 25 de septiembre de 2020, emprendimos otro viaje a Canaguá. Esta vez nos acompañó Iraís, hija del señor Corsino. Salimos de Mérida a las 8:30 de la mañana; el día anterior le estuvimos haciendo algunos chequeos a los frenos de la camioneta. Desde el propio día miércoles 23, comenzamos a arreglar todos los enceres que debíamos llevar en este viaje, en una serie de diligencias que todas se debían hacer a pie debido al grave problema de la gasolina que estamos padeciendo. A pie llevamos hasta la camioneta desde El Puente de la Pedregosa hasta nuestra casa en una carrucha veinte litros de aceite quemado, transportamos igualmente en una carrucha el pilón con el que pensamos trillar algún café en laja. Es tan grave el problema de la gasolina (cada vez peor) que en la llamada "semana de flexibilización" de la cuarentena ninguna estación de gasolina de la ciudad estuvo en funcionamiento. Por los vientos que soplan, debido al bloqueo gringo, tampoco tendremos dentro de poco gasoil. Lo del gas parece que se hará también bastante complicado para conseguirlo. En cuanto a los cortes de electricidad han estado con suspensiones de los servicios seis horas, ochos y doce cada día. El ahogo y la presión de los gringos contra el gobierno nacional es horrible, feroz y cruento. Un verdadero genocidio, porque casi no hay transporte, se pierden toneladas de producto agrícolas cada día, escasean, pues, los alimentos, las medicinas no se consiguen, los enfermos, niños y ancianos padecen horrores y todo esto en medio de una peligrosa pandemia mundial.
  7. Así y todo, lo digo y lo repito todos los días: "Prefiero mil veces más este asedio de los gringos a que volvamos de nuevo a ser sus aliados". Eso jamás. Malditos sean los gringos es mi padre Nuestro de cada día... Fue una odisea indescriptible cómo llegué, mediante varias extenuantes colas, conseguir sesenta litros de gasolina para poder emprender este nuevo viaje a Canaguá. No voy a hacer este recuento porque ya pareciera que nos regodeáramos en estos horrores que venimos padeciendo desde 2014.
  8. ADELANTE CON LOS FAROLES: En la alcabala Las González, la guardia nacional bolivariana nos hace un chequeo de rigor: revisa lo que llevamos en la tolva. Me hacen bajar del vehículo, levantan el plástico negro con el protegemos del sol y la lluvia nuestros corotos, y al constatar que todo va legal, seguimos nuestra marcha. En la redoma de Lagunillas compramos cuatro panelas a un hombre que al pedirle rebaja montó tal llorantina diciendo que en pocas horas el precio de este producto daría un salto de 200.000 bolívares.
  9. El día estaba prístino, hermoso y cálido. Ya no están pidiendo salvoconductos en la vía ni esta vez pensamos llegar hasta el hospital de Canaguá para que nos revisen y nos hagan la prueba rápida y así puedan constatar que somos unos viajeros libres de coronavirus. En otras ocasiones lo hicimos, pero en el hospital no contaban con los reactivos para hacernos las pruebas.

Cuando llegamos a El Molino vimos a un grupo ante un camión cava haciendo cola para comprar pescado, cosas que en estos tiempos parecen milagrosas. Cerca de El Rincón nos topamos con los grandes destrozos que han ocasionado las últimas lluvias en la carretera. Ya enfilando hacia La Coromoto, nos topamos con tramos que presentan derrumbes, con grandes lajas que obstruyen el camino y que tuvimos que despejar nosotros mismos. A la 1:15 ya estábamos descargando nuestros equipajes, para luego hacer el ansioso recorrido por nuestro terrenito. Estuvimos constatando la buena carga que tienen las matas de limón y el naranjo, lo hermoso que está el cambural, y las matas de café. Una mata de uva que nos regaló María Fuentes ya prendió y tiene unos gajitos transparentes, aunque ha estado ahogada en un mar de monte del que llaman lochitas. Es grande el trabajo de limpieza y abono que nos va a tocar hacer en estos días, pero sobre todo la trillada de un café en laja que nos han encargado mis hijos Andrés y Adriana. Los arbolitos más fornidos y hermosos que encontramos son los de orégano, también dos de aguacate, las fresas y las moras, y el huerto de las matas milagrosas con su orégano, la menta, eneldo, hinojo,…



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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

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