Ni ser ni parecer hablador de gamelote (II)

Ciertos señalamientos críticos, hechos en tiempos recientes con altiva vehemencia hacia el actual presidente de la República y máximo dirigente de la llamada «Revolución bolivariana», parecieran denotar puntos de vista más emocionales que racionales, muy similares a los de la corriente «chavista-antimadurista» que se ha ido gestando en torno a la reivindicación acrítica de la gestión gubernamental del mentor del susodicho y a la nostalgia por un espejismo que desde varios años antes del 5 de marzo de 2013 se impuso inteligentemente a través de la propaganda oficialista.

Como se dijo en una ocasión anterior: «nunca faltan quienes –sin ser formalmente militantes del PSUV, aunque cumplen con todos los requisitos– exclaman indignados: "no podemos ser mezquinos con Chávez y su legado [o su obra]"»[1]; al tiempo que se planteó que «los referentes o modelos para el futuro luminoso de Venezuela no están en la reedición de gestiones gubernamentales del pasado lejano o reciente –y menos en lo relativo a políticas económicas y laborales–, y que el análisis crítico y desapasionado de esas experiencias permitirá extraer importantes lecciones para construir la necesaria alternativa popular revolucionaria de la clase obrera y el pueblo trabajador.»[2]

Quien tenga la paciencia y gentileza de leer, por ejemplo, el segundo editorial de Tribuna Popular que redacté como director (2009-2019), hace ya 11 años y siete meses, en febrero de 2009, podrá identificar si hay o no coherencia con aspectos críticos y autocríticos expresados más recientemente:

«[…] Corresponde, especialmente a las y los revolucionarios, hacer "el análisis concreto de la realidad concreta", alejados de visceralidades y emociones del momento. Estamos obligados, cada vez más, a asumir una teoría revolucionaria que nos brinde herramientas para hacer estos análisis y trazar planes de acción, para trascender la mera contemplación o interpretación de los hechos, para transformar nuestro entorno. […]»

Señalando que «en el pasado reciente, especialmente durante los últimos dos años [2007-2009], se han cometido y repetido errores (de forma y contenido)», y que si se continuaban cometiendo «el error utilitario de obviar la realidad de la existencia de fuerzas que tenemos un peso cuantitativo y cualitativo, así como de pretender invisibilizar mediáticamente los males que están carcomiendo el proceso desde adentro, se seguirá el camino en declive que ya se ha empezado a transitar. No es con hegemonismos avasallantes y prepotentes con los que lograremos superar las deficiencias, no es excluyendo ni imponiendo.»

Denunciando a quienes en las tarimas de actos presidenciales y en las primeras filas de «Aló presidente» gustaban de ir «aplaudiendo eufóricamente con gritos de "Así es que se gobierna", mientras ponen a resguardo sus cuentas bancarias, sus compañías de maletín y sus comisiones al 20%», y que esos personajes «son los que señalan con grandilocuencia como "contrarrevolucionario" a quien haga una crítica o señale un caso corrupción […]. Y si tienen palestra, curul o cargo que cuidar, lo hacen con más ahínco para que no quede duda a "El Jefe".»[3]

Otro ejemplo, entre muchos, quedó registrado en febrero de 2010, también en un editorial de Tribuna Popular, al repudiar prácticas cortesanas dentro del Gobierno y las «fuerzas del proceso» como «la complacencia acrítica, el comentario sin contenido, la copia mecánica de declaraciones, la fraseología acomodaticia y la previsión de un discurso para agradar al jefe.»

Manifestando que: «Una de las principales deficiencias, que hemos tenido estos 11 años, es la de un espacio de articulación de las diversas expresiones de las fuerzas políticas, populares, revolucionarias y sociales», y diciendo sin tapujos que: «Ha faltado la voluntad política, la visión estratégica y la sabia interpretación de los procesos sociales y sus momentos históricos, para asumir la construcción de este espacio colectivo»; todo lo cual continuó siendo así incluso con el denominado Gran Polo Patriótico, que nunca trascendió lo electoral –tanto con el inicialmente mentado como con su mentor–.

Además se clarificó, sin rubores timoratos: «La pretensión de hacer creer que la contradicción en Venezuela es entre "chavistas" y "escuálidos" es –en el mejor de los casos– una simplificación del proceso político venezolano […]; pero –en el peor de los casos– es abonar la degradación de la conciencia social con elementos que rayan en lo religioso, dotando a un individuo de cualidades sobrenaturales, exaltando y atribuyendo a una personalidad influencias por sobre los procesos históricos, la lucha de clases y el pueblo trabajador.»[4]

Sobre este último aspecto insisto e insistía bastante, como puede verse en otro editorial de Tribuna Popular, de enero de 2011: «Durante la última década, en Venezuela, se ha pretendido posicionar que la contradicción, la polarización, es entre "chavistas" y "antichavistas"», enfatizando que «Esto es históricamente equivocado, ideológicamente erróneo y políticamente incorrecto.»

Y ampliando que: «Si el enemigo principal de la Nación venezolana es el Imperialismo, entonces la contradicción es entre los que objetivamente estamos con los intereses de la patria y quienes objetivamente están con los intereses del imperialismo. Esto no depende de quien esté coyunturalmente en la presidencia de la República, incluso siendo alguien con importante liderazgo de las fuerzas revolucionarias y antiimperialistas, como Hugo Chávez. Esta contradicción, esta polarización, no nace ni muere con un hombre; nace del proceso histórico mundial de desarrollo del capitalismo hasta consolidarse en imperialismo y de sus intereses en nuestro país […].»[5]

Por ende, no es de extrañar que en noviembre de 2010 –cual preludio de la histórica recaracterización que hizo el 14º Congreso del PCV (agosto de 2011) acerca del «proceso» en desarrollo en Venezuela–, en el Comité Central identificamos con buen tino que: «El proceso viene sufriendo un peligroso desgaste», entre cuyas «causas determinantes» señalamos «que sectores de la pequeña burguesía y de las capas medias están asumiendo un dominio hegemónico en el proceso político y se consolidan como una elite burocrática, desde las instancias del poder estatal y gubernamental, reproduciendo –y en algunos casos avivando– una cultura de la gestión pública con vicios y falencias, tales como: el despilfarro, el burocratismo, el nepotismo, la corrupción, la carencia de eficaz control y contraloría social, la falta de planificación centralizada de la economía, y el asistencialismo como método para ganarse la voluntad inmediata de las masas, de manera clientelar […]».[6]

 


 

[1] «Para ir zanjando lo de "el legado"», 1 de junio de 2020.

[2] «Para construir la necesaria alternativa popular revolucionaria», 25 de agosto de 2020.

[3] Tribuna Popular, Nº 158 (XI Época), 17 de febrero al 13 de marzo de 2009.

[4] Tribuna Popular, Nº 173 (XI Época), 5 al 18 de febrero de 2010.

[5] Tribuna Popular, Nº 184 (XI Época), 14 enero al 3 de febrero de 2011.

[6] Declaración Política del 39º Pleno del Comité Central del PCV, 6 y 7 de noviembre de 2010.



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Carlos Aquino G.

Dirigente del Partido Comunista de Venezuela PCV. Analista político. Periodista de investigación.

 caquino1959@gmail.com

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