Coronavirus: zapatero a sus zapatos

Viviendo en cuarentena estricta, mi cercanía a estar hasta las huevas del coronavirus es cada vez más cerrada. Me refiero a la diarrea comunicacional que invade las redes, aunque es loable que se difundan las pocas medidas comprobadas y preventivas que han sido refrendadas en la práctica. Pero por otro lado me llegan a mi teléfono y a mi correo, por ejemplo, todas las teorías conspirativas que están rodando, especulaciones según la conveniencia y el interés de la potencia que las promueva. Los chinos les echan las culpas a los gringos y los gringos a los chinos, esos son los campeones del toma y dame. Gracias a Dios Venezuela es un país pobre y con pocas capacidades tecnológicas, así nadie nos va a echar las culpas a nosotros, aunque algunos que usted conoce serían capaces.

Como hay para todos los gustos, aparecieron unos tipos con un artículo en una revista científica demostrando, aparentemente, que no es posible que este virus haya sido creado en un laboratorio, vaya usted a saber. Hasta hay quien barrunta que todo podría ser obra de un científico loco y obstinado que en vez de caerle a tiros a todo el mundo en un mercado, echó el virus a rodar, como aquel personaje de la película Doce monos.

Pero de toda esa invasión informativa, la que más me preocupa es la recomendadera de remedios y panaceas para curar el COVID-19, lo cual termina siendo tan peligroso como auto medicarse. Yo recuerdo -fue hace unos cuantos años- a un niño de una familia amiga de la mía que llegó a su casa con un fuerte dolor abdominal y la abuela le dio un Alka-seltzer. Resulta que el muchacho tenía peritonitis y el remedio de la doña, en vez de curarlo, lo mató. Yo mismo, cuando andaba por mis nueve años, tuve un episodio de peritonitis. Si mamá me hubiera dado un remedio tal, acaso le hubiera hecho un favor al mundo, ya que habría un hablador de pendejadas menos. Pero me llevó al médico, sin estar inventando, me operaron de urgencia y aquí estoy vivito, coleando y ladillando.

Yo estoy cumpliendo, por supuesto, con aquellas previsiones que ha tomado responsablemente nuestro Gobierno y aquellas que recomienda la Organización Mundial de la Salud. Y no es que confíe ciegamente en ese aparato, pero por ahora es lo más creíble que percibo en el horizonte. Así que voy para quince días encerrado a cal y canto, no asomo ni la nariz más allá de la puerta, porque además soy un viejo, y esa cola se mueve más rápido a donde nadie quiere llegar. Me lavo las manos varias veces al día como es indicado, usé el tapabocas cuando salí un par de veces los primeros días para avituallarme, y no beso ni a mi esposa a pesar de que me gusta tanto y está encerrada conmigo. Pero no me estén recomendando menjurjes ni brebajes ni hierbas milagrosas.

Allá quien quiera tomarse esas vainas. Como decía mi santa madre, “cada quien hace de su camisa un sayo”. Yo parto de la idea de que si usted no es médico, mejor cuídese de estarse metiendo en camisa de once varas. Precisamente como no soy profesional de la medicina, no voy a ponerme a tratarle a usted una fractura de cúbito porque puedo dejarlo mocho, y como no soy ingeniero no voy a construirle una casa porque seguro que se le viene el techo encima.

Probablemente salga por ahí uno de estos populistas a la moda a venirme con el discurso de los saberes ancestrales, la medicina tradicional y la yerbatería endógena. Claro que todo eso existe, pero son técnicas y métodos probados en el tiempo y por la experiencia colectiva, y no improvisaciones. El COVID-19 es un virus recién nacido, tengo entendido que una nueva cepa del coronavirus, así que no venga nadie, en esta emergencia, a estar usando a la gente como conejillo de indias. Aquí yo aconsejo seguir la voz de la experiencia: zapatero a sus zapatos ¡Y que te quedes en casa, no joda!



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Néstor Francia


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