Ezequiel Zamora y sus batallas

El libro de Gabriel Jiménez Emán, Ezequiel y sus batallas, posee la virtud de acercarnos al conocimiento de los hombres que hicieron la historia venezolana en la segunda parte del siglo XIX. El pueblo venezolano sabía que la independencia nacional no había terminado. Venezuela fue consumida por la violencia imperial del totalitarismo español, los verdugos fueron expulsados de la tierra patria pero el absolutismo seguía imponiendo sus ritmos. A pesar de Simón Bolívar haber dejado claro en el Discurso de Angostura la necesidad de abolir la esclavitud, esta continuaría existiendo hasta 1854.

El reino de las desigualdades se prolongaría en aquella Venezuela llena de caudales y de miseria a la vez. Gabriel Jiménez Emán realiza una aproximación antropológica a las mentalidades de aquel momento, su texto nos da pistas acerca de la confrontación social existente en aquella coyuntura histórica. En los diálogos de la novela cobra importancia la imaginación sociológica, ello permite comprender por qué Ezequiel Zamora y el Indio Rafael Rangel levantaron sus banderas de insurgencia política y social en un mundo que tapeaba y constreñía las opiniones. La oligarquía hacía de las suyas, el Banco Inglés y los agiotistas propiciaban el quiebre de la economía de la República. Los dueños de haciendas fueron extenuados por la avaricia de la burguesía comercial y muchos fueron a la bancarrota.

La historia oficial satanizaba como pillos a quienes transgredieran sus preceptos. A los disidentes se los trataba como mentirosos, borrachos, violadores. Los epítetos más desmesurados eran el carburante para desacreditar la historia insurgente. El año 1846 con la desobediencia campesina, con los manotazos que propiciaba a la dignidad de los hombres el descarado Ángel Quintero, se suscitó el comienzo de una rebeldía que obligatoriamente se debía dar a martillazos. El pueblo venía padeciendo más de 300 años de silencio. Los negros, los campesinos, el pardaje y los blancos de orilla eran agobiados por la mano de acero de un amo (la oligarquía) que nunca propició el mínimo chance de dialogo y de encuentro.

En el camino a la Victoria los campesinos marcharon detrás de Antonio Leocadio Guzmán, no tendrían otra opción, aquella historia era un universo de traiciones y ahora estaba en sus manos la posibilidad de iniciar el camino hacia la vida buena. La conversación entre Antonio Leocadio Guzmán y José Antonio Páez era perentoria. El acuerdo entre los líderes era esencial para que no estallase la guerra civil. La oligarquía no esperó, nombró a Páez como jefe del ejército de la República. Esa jugada adelantada llenó de turbulencia a la población, el país necesitaba estabilidad y ésta no asomaba por parte alguna. Los hombres más radicales en el trayecto hacia Aragua incendiaron la pradera, se quemaron haciendas, se vociferó, se amenazó, muchas familias acaudaladas pusieron sus barbas en remojo.

Aquellos amagos iniciales dieron la clara indicación de quienes se alzarían. La prosa de Juan Vicente González llamaba Catilina a Antonio Leocadio. El Diario de la tarde cumplía a cabalidad su tarea de agitación política. El pueblo y los líderes del liberalismo se nutrieron del discurso de Guzmán, pero al ver que no los acompañaba en radicalidad decidieron transitar el camino desde otra epistemología, los ambages no servían para resolver la angustia de aquel pequeño país. En la crónica de aquellos días Jiménez Emán rastrea la discursividad y el escepticismo del espíritu de la época. Los artilugios retóricos de Antonio Leocadio serían insuficientes para sobrevivir en aquella tempestad.

Antonio Leocadio, luego de la revuelta del Consejo en Aragua, huye a Caracas, no sin antes dejar constancia en un mitin improvisado que él era un civilista, un amante de la paz pública. Los hastiados campesinos toman partido ipso facto, Zamora motoriza la rebeldía, el indio Rangel igualmente levanta su mirada de combatiente honesto, claramente a favor de las causas sociales y vuelve a empuñar las armas. Rangel fue un soldado en la gesta libertadora, luchó por la independencia, y por redención social, se daba cuenta que aquel mundo no lo representaba. Las leyes se arreglaron de tal manera que los terrófagos reaccionarios regresarían al país a continuar imponiendo un orden de vida que condenaba a la mayoría a la exclusión social. Ese hervidero de pasiones encontradas desembocó en una carnicería. La historiografía tradicional ha presentado a los insurgentes como gente desnaturalizada.

El discurso del positivismo ha evocado una analítica de los hechos con serias trazas biologicistas, donde los prohombres que encarnan la justicia social son equiparados a la conducta desviada, asesina, patológica. En Venezuela la prosa de Guillermo Morón ha desacreditado a los héroes de la Guerra Federal. José de Jesús González (El Agachao) y Zoilo Medrano son considerados por él como engendros demoniacos que nunca merecieron estar en el Panteón Nacional. La figura de Martín Espinoza corre la misma suerte. Los excesos de la guerra son aprovechados para tipificar a estos hombres como desviados, figuras que para los psiquiatras representan el mal. Esta metafísica ha cubierto con sus chácharas más de un siglo de historia venezolana.

La angustia de la guerra necesitaba del vaticinio, de la predicción. Martin Espinoza construía su épica con figuras mitológicas, sus soldados se llamaban: Onza, Tigre, León, Pantera, Caimán, Perro, Cascabel, la Hiena, Mapanare, Gavilán, Toro, Lobo, Caribe. Tiburcio el adivino fue su mago, la figura que leía los luceros, que escuchaba las voces de la llanura y le indicaba cuando podía combatir y cuando no debían hacerlo. Su brujo se bebía con los soldados de Martín el consagrado vino de las sacristías. En la furia de la guerra los caballos evacuaban sobre los altares, y pateaban los confesionarios. Un universo macabro y mitológico nacía en lo errabundo de los caminos. La lucha de castas no era una invención en la historia de la región. Jiménez Emán ficciona los movimientos del ejército zamorano.

Zamora siente la herencia de la predestinación, su padre Alejandro Zamora luchó hasta el cansancio. La muerte lo sorprendió en la batalla de Carabobo. Los hombres no existían sino como accidente. El niño Ezequiel creció añorando tener el corazón de su progenitor. La fuerza de su madre no tenía parangón. Ella vivió para su familia, la consumían los detalles de la casa y la necesidad de sacar adelante a sus hijos, guió a Ezequiel en la niñez, poseyó grandes convicciones políticas, su corazón fue liberal como el de sus hijos y el de su esposo. Paula Correa nunca conoció el reposo, acompañó a sus descendientes en sus horas menguadas. Las hijas de Paula, Genoveva y Carlota se casaron con liberales.

Ezequiel Zamora le obsequió su afecto a su cuñado Juan Casper, este lo preparó en el pensamiento político. La vida del héroe sería breve, los intríngulis de las pasiones, las apetencias del poder lo harían desaparecer inmerso en la gloria. Se presume que su cuñado Juan Crisóstomo Falcón, en complot con Antonio Guzmán Blanco, dejándose dominar por la inquina que despertaban sus ambiciones, ordenaron liquidarlo. A raíz de su asesinato, Estefana Falcón de Zamora, se separó de la vida de su hermano, consideraba que la muerte del General del Pueblo Soberano había sido tramada por él.

A Zamora lo acompañaría la fortuna política, estaba convencido que la guerra tenía un fin, restituirle la dignidad violada al pueblo, sus triunfos desconcertarían a las autoridades conservadoras, quienes lo consideraban un peligroso enemigo.

En su breve vida, como lo indica con gran sapiencia Gabriel Jiménez Emán, conoció el amor con Bibiana González, con ella tuvo un hijo de nombre Nicolás, quien moriría en los comienzos de su niñez. Pasaría por este mundo como una exhalación. El autor de Ezequiel y sus batallas historiza a esta mujer impregnada de una extrema dulzura, fue su aliciente en las desventuras que tendría Ezequiel. En su vida de revolucionario encontraría en ella el amor anhelado. Jiménez Emán recrea a un Zamora que emerge de sus sueños, que lo arriesga todo enarbolando las banderas de una revolución en la cual creyó, tanto que a cada instante se jugaba su propia existencia. Terminó sucumbiendo a las maledicencias que como actos de habla se imponen en la guerra y en la conspiración política.

Una biografía novelada necesitaba describir aquella vida trágica. La frustración de haber perdido a su padre en su temprana edad lo marcó, contribuyó a acicalar su pasión libertaria. Zamora amó la justicia, la rectitud. Sentía devoción filial hacia su madre, tuvo la suerte de haber sido iniciado en la filosofía política por Juan Casper. La vida de Zamora fue estimulada por el periódico El Venezolano, fundado por Tomás Lander y dirigido por Antonio Leocadio Guzmán, este último prohombre desarrollo tesis que contribuirían a modernizar al país. La palestra desde la cual se desenvolvió Guzmán fue el periodismo, alternó en la polémica con Juan Vicente González, esta subió de tono hasta llegar a lo infamante. Juan Vicente González termina acusándolo de atizar los odios seculares de los humildes y lo declara peligroso. Las pasiones dominaron sus polémicas, se acusaban de homosexuales, de maleantes y de muchas cosas más.

Jiménez Emán nos presenta las envilecidas querellas de aquella hora aciaga. El general Julián Castro celebraba la detención de Zamora, Páez lo estigmatizaba como un azote. Todo hombre peligroso para el mantenimiento de la institucionalidad de la godarria debía ser desacreditado y muerto. El oportunismo tomó un lugar preponderante, cada quien reclamaba para sí méritos que no le correspondían, el Coronel Doroteo Hurtado con la detención de Zamora en una choza en Palambra donde se recuperaba del tifus, sumaba puntos para contar con el apoyo del Centauro Páez. Venezuela fue tomada por el desenfreno, el pueblo estaba muy lejos de la resignación.

La novela es de una profundidad extraordinaria, su autor retrata a Zamora ante las dificultades. En el dialogo interior que tiene el preso consigo mismo en la cárcel de Maracay repasa sus días de niño, con él está la presencia de su madre, recuerda al indio Rangel planteando sus luchas en aquella Venezuela irredenta. Gabriel, al estilo de ese gran biógrafo y narrador que fue Stefan Zweig, se mete en el personaje que novela, es atrapado por la presencia de Zamora. Como narrador, Gabriel se desdobla y nos presenta aquella vida llena de dificultades, de sobresaltos que se enrumban en el momento de su evasión al tratar de salvar su vida. Las cartas estaban echadas, a su memoria y su soliloquio acude Bibiana, dialoga con su sombra. Muchos aseguran que ella fue un pilar fundamental en su fuga de la cárcel de Maracay. Allí lo intentaron asesinar varias veces, sin duda Ezequiel era un enemigo muy peligroso para el gobierno de Soublette.

Ezequiel cuenta con su madre, ella es su reserva moral y quien protesta ante las autoridades del país, le advierte al Presidente José Tadeo Monagas de un posible asesinato que se puede llevar a cabo sobre su hijo en el penal. Juan Caspers no lo abandona nunca. Lo había preparado para la vida justa, parte de su formación se la debía a este ductor. Se trataba de evitar que fuese trasladado a la cárcel de Maracaibo, de allí era difícil regresar vivo. A Ezequiel se le había conmutado la pena de muerte por prisión. Zamora logra escapar del encierro, en ello jugó un importante papel su hermano Gabriel y Bibiana. Sus compañeros y sus familiares temían profundamente que fuera liquidado en la cárcel. Zamora comienza a desenvolverse en los códigos de la alta política. José Tadeo Monagas lo reconoce por su sapiencia militar, lo necesitaba para protegerse de Páez.

Zamora en sus correrías logró burlar al indio José Dionisio Cisneros, quien por orden del Centauro lo asediaba, su conocimiento de la geografía era igual o superior a los que poseía este hombre. Páez le encomienda la tarea de acabar con Zamora, no lo logra, está apertrechado de la sagacidad y de la astucia, Zamora logra esfumarse de la vehemencia esquizofrénica de quien lo espía, nadie podrá por ahora con él, estaba aquilatado por las armas de sus convicciones revolucionarias. Cisneros defendía al poder español. La República no había podido reducirlo, ejercía control sobre los valles del Tuy y los de Aragua. Se calculaba que comandaba entre 200 y 3000 soldados, apoyaba el desorden y las triquiñuelas.

Gabriel Jiménez Emán recoge el entusiasmo de los dirigentes de la Federación, ellos sabían que tenían que avanzar, se las debían jugar, un militar oportunista como Julián Castro se les interpuso en el camino y propicia una coalición con el conservadurismo. En su propia historia se manifiesta que es capaz de hacerlo todo por acceder al poder. Castro llega por un military coup al poder, controla el mando para una elite. Estaba decidido a acabar con Zamora y Falcón, estos son extrañados del país, al principio se esconden para evitar el presidio y luego se marchan uno a Curazao y el otro a Saint Thomas. El gobierno, a la llegada a Caracas de Zamora, le tiende una celada para asesinarlo, en la esquina de San Pablo, un militar de rango lo escupe y lo insulta, sabe que en los cuatro puntos cardinales hay hombres armados que dispararían sobre él si devolvía la afrenta, se cuenta que sacó su pañuelo, se limpió el rostro y siguió calle abajo. Se dice que éste militar fue detenido por el General del Pueblo Soberano en Santa Inés, y le perdona la vida.

La muerte puso siempre a Zamora al filo de la navaja, huyó de la persecución de José Dionisos Cisneros, lo jamaqueó el tifus en 1847, escapó de tres atentados que le hicieron en la cárcel de Maracay y finalmente sucumbió de un balazo que le penetró debajo del ojo derecho con salida por el occipital, esa sería su última eternidad, allí sus hechos se separaron del hombre corpóreo para cobrar el Himalaya de lo inmarcesible. Su asesinato se diseminó entre las conjeturas, hay quienes se lo atribuyen a Telesforo Santamaría soldado de las tropas godas, otros historiadores piensan que fue el sargento Morón quien lo mató. La historia no terminaría: se llega a sospechar que fue un tiro a mansalva que le propinó el General Antonio Guzmán Blanco.

La extraordinaria novela de Jiménez Emán está llena de la memoria de las cosas, y de los secretos bien guardados entre los generales. El valor de este escrito surge de la fuerza de las anécdotas, de las encrucijadas del tiempo, de las preguntas que todos se hacen del por qué no derrotó José Laurencio Silva a Zamora en San Fernando si la posición que ocupaba su ejército se lo permitía. La memoria oral dispone de esta explicación, los referentes están en el habla, en los imaginarios de los hombres que llevaron a cabo aquellas guerras conduciendo a las fuerzas del pueblo. Ezequiel y sus batallas es una crónica y magistral novela de tiempos que no volverán. La decisión del Centro Nacional de la historia de auspiciar la publicación de este texto ha sido muy acertada, se trata de poner sobre el tapete a la historia insurgente. Se revelan las aristas profundas que explican la rebeldía del pueblo venezolano, un hilo común se mantiene en el dorso de nuestra historia patria: la violencia.

Santa Inés representó el fin del ejército centralista. Aquella batalla fue diseñada con una clara estrategia militar, fue planificada a los fines de confundir al enemigo. Zamora y sus ingenieros militares franceses ordenaron cavar trincheras. Florentino vencería aquel día al diablo. Barinas era un lugar desolado. La guerra dejaba su impronta estampada en el psiquismo de cada quien. Esa Guerra representaba la cúspide de un ideal, faltaba muy poco para que todo aquel sueño se evaporara en Cojedes. Santa Inés fue la última lumbre que vio Martín Espinoza, Jelambi caería emboscado en el Trapiche. Aquello fue una pesadilla, Joaquín Crespo caería herido gravemente en Santa Inés. Olegario Meneses, antiguo profesor de Zamora en la Academia militar, fue salvado de los calderos de la muerte por el General del Pueblo Soberano, quien le dijo: profesor, para nada sirvieron sus matemáticas. Olegario Meneses fue un sabio profesor, dictaba la cátedra de matemáticas en la Academia militar. Zamora estatuía como valor fundamental la defensa de la justicia social y de los ideales del Libertador.

Amigo Gabriel Jiménez Emán: levantemos las copas del patriotismo y celebremos tu escrito que enaltece las épicas de nuestra memoria y a ese símbolo imperecedero que es Ezequiel Zamora.

Gabriel Jiménez Emán, Ezequiel y sus batallas, Centro Nacional de Estudios Históricos, Fábula Ediciones, Coro, estado Falcón, 2018.

 



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