Las izquierdas en el futuro de Venezuela

Balance Histórico

Para hacer cualquier balance histórico, primero debemos tener un marco mínimo de referencia. Por eso debemos preguntarnos ¿Qué es ser de Izquierda?

Ser de izquierda no es sentarse del lado izquierdo. No es un asunto de ropaje o símbolos. Ser de izquierda es, en primer lugar, apostar por la vida del ser humano y del planeta, de la vida con dignidad, es, decía el Ché, “temblar de indignación cuando se cometa una injusticia en cualquier parte del mundo”. Es colocar la vida por encima de cualquier interés personal o corporativo privado. Es respetar la voluntad del Pueblo y asumir que todo proceso de transformación social positivo depende, en primer lugar, de la organización y conciencia de los pueblos.

Dicho esto, podemos afirmar que, a finales de los 90’ era lógico estar a favor de un cambio radical si se era de izquierda. La debacle de la IV República, sus partidos tradicionales y la oleada neoliberal nos obligaba a buscar alternativas. Chávez irrumpe en este contexto, con un discurso patriota, ético, democrático. Replanteaba la refundación de la República. Lo correcto era, en esas circunstancias y siendo de izquierda, apoyarlo.

Chávez fue un líder fuerte, con una concepción militar de la política. Sin duda un defensor de los más humildes con un alto sentido patrio, pero a su vez, un obsesionado con la unidad homogénea del Pueblo revolucionario, con muchos y justificados resentimientos que generaron una polarización de la sociedad en torno a la política identitaria.

Si algún aporte significativo hizo la izquierda al Chavismo fue su concepción acerca de la contradicción principal en un proceso de transformación social. Para la izquierda venezolana, la contradicción principal era con el imperialismo. Chávez asumió esta máxima. Y aquí radica, a nuestro entender, la génesis del problema.

La contradicción principal en un proceso de reformas democráticas y desarrollo autonómico como el venezolano, no era con el imperialismo, pues este no tenía soldados ocupando el territorio e imponiendo a gobiernos títeres a su antojo, no era el imperialismo quien impedía nuestro desarrollo ni estaba destruyendo nuestras fuerzas productivas. No teníamos que librar una guerra contra un ejército de ocupación, ni desde Venezuela podíamos derrotar al imperialismo. Teníamos un estado nacional, un Gobierno sostenido en la voluntad popular y con una nueva constitución. La existencia de un mundo con contradicciones entre potencias era una condición en la cual se desarrollaba el proceso.

La contradicción principal estaba entre las viejas estructuras y superestructuras (económicas, políticas y culturales) que procuraban la conservación de una república rentista, dependiente, clientelar y, por tanto, desigual, frente a las fuerzas nacionales que luchamos por superar estas viejas concepciones de cara a una sociedad democrática, prospera y justa. En este sentido, fue correcta la elaboración de una nueva constitución y las reformas democráticas. El problema comienza cuando se plantea dar un salto hacia el socialismo, prescindiendo de una correcta valoración de fuerzas y capacidades, en el marco de esta contradicción principal. Se asumió una construcción histórica despreciando profundamente la ciencia, la tecnología, con un escasísimo desarrollo teórico y con un abundante voluntarismo. Y toda esta irresponsable e improvisada aventura contó con el financiamiento de los altísimos precios del petróleo.

A pesar de haber realizado esbozos de planes de desarrollo nacional y regionales de grandes impactos, fue muy poco lo que se concretó, aun contando con el ingreso que tuvo Venezuela equivalente a decenas de planes Marshall. La industria petrolera no se desarrolló más, ni las infraestructuras estratégicas de manera significativa.

Lo que privó fue una política de redistribución del ingreso más justo, para pagar la deuda social. Esta política convirtió al Pueblo en receptor pasivo de esta redistribución, y al gobierno en los vengadores que vendrían a liberar al Pueblo, por lo que no se asumió como el sujeto social de cambio, no se creyó en el Pueblo. Fue una concepción conservadora, que a la postre, ante la caída del ingreso petrolero, derivaría en un sistema clientelar y de control político.

Eso explica porque nunca se permitió el control obrero en los cientos de fábricas expropiadas o recuperadas, a pesar de la propaganda. Por eso las comunas nunca fueron un poder real, y las que lo intentaban, eran confrontadas por la burocracia estatal y partidista. Por esto, cuando la mayoría del Pueblo no apoyaba al PSUV, decidieron suspender los procesos electorales, incluso de los Consejos Comunales y sindicatos. Se trató de una elite que se erigió por encima de todo el Pueblo para asumir, en su nombre, la soberanía.

Y esto pasó así porque se debía tolerar todo en nombre de la contradicción principal, la lucha contra el imperialismo. Y así la izquierda fue tolerante con la ineficiencia, la corrupción (que todo lo correo), la improvisación, y ahorita hasta es tolerante con las desapariciones forzosas, la tortura y el asesinato de la disidencia política. Así de extraviada está la izquierda. Incluso, la más avanzada que ya rompió con Maduro aún sostiene “yo no me siento con la oposición” como si las ideas se contagiaran, como si sus posiciones morales resolvieran el problema político actual.

A este primer problema estructural de la incomprensión de la contradicción principal y por tanto su atención como tarea central, se le sumó otro igual de grave. La obsesión por la centralidad del Gobierno de Chávez necesitaba eliminar toda forma de controles, lo que implicaba el control y subordinación de todos los poderes del estado al Ejecutivo. Esta supresión de controles ignoró una máxima que explica muy bien la teoría general de sistemas: Todo sistema tiene desviaciones las cuales siempre tienden a aumentar. Para esto, se deben tener controles internos. De no tenerlos, las desviaciones caotizan el sistema.

El chavismo elimino los controles en nombre de una lucha contra el “estado burgués” y convirtió a Chávez en el único y supremo control. Por eso todos querían entregarle el papelito a Chávez para que le resolviera su problema. Luego, a la muerte de Chávez, se perdió el único y precario control que había. Era cuestión de tiempo para que las desviaciones ya existentes, crecieran y se metabolizaran hasta caotizar todo.

Entonces teníamos un Gobierno que no creía en el Pueblo, el cual asumió que la contradicción principal era con el imperialismo y por tanto debían tolerar todo en base a esa contradicción principal, que despreciaba la ciencia, la planificación, sin un pensamiento estratégico, con escaso respaldo teórico y, para completar el caldo nutritivo del desastre, que eliminó toda forma de controles. Todo esto en el marco de una economía extractivista y con gigantes ingresos petroleros en manos del estado.

Toda esta realidad fue apoyada por la izquierda resueltamente, le trató de dar, incluso, un barniz teórico a tamaño desastre que se fue construyendo, y vio para los lados cuando los resultados nos gritaban que íbamos por mal camino. Aún hoy hay cierta izquierda que justifica las torturas, la entrega del país a transnacionales, la pulverización del salario, la destrucción de la industria petrolera y del acervo de la república en nombre de la lucha contra el “enemigo principal”. Esa izquierda aferrada a consignas dogmáticas (porque ni siquiera estudian a profundidad), aun sumergida en la política (o pre política) identitaria, en donde se debe apoyar todo lo que sea de mi identidad y rechazar todo lo que sea de la identidad contraria, no comprende cual era la contradicción principal en ese momento y menos cual es la contradicción ahora.

De manera general hay que decir que, salvo contadísimas excepciones, la izquierda venezolana no hizo mayor critica estructural al chavismo, no se planteó una construcción autónoma eficiente, no tenía (ni tiene) un proyecto estratégico para la realidad venezolana y latinoamericana y mucho menos una táctica para esta crisis. Ha sido una izquierda con un barniz de dogmatismo y un oportunismo estructural. Y hoy está condenada a hundirse con el naufragio conducido por este Gobierno. Requiere aún muchos años de reflexión y análisis para reconstruirse y superar esas viejas consignas.

¿Cómo debería ser la izquierda venezolana?

En primer lugar, debe comprender que la lucha estratégica por un mundo justo y libre de toda forma de explotación pre supone defender con los dientes las reivindicaciones históricas de los Pueblos: La democracia, la República, la justicia, la libertad, la ética política, los derechos sociales progresivos, entre otros. Debe ser una izquierda que entienda el mundo en el cual se mueve y sus correlaciones de fuerza, que sepa diferenciar la estrategia de la táctica, que diferencie programa mínimo del programa histórico y que haga una perfecta comunión con la ciencia y la tecnología. Necesita esta nueva izquierda entender la importancia de tener un país productivo, la dependencia que existe entre el apoyo y movilización de las masas y la prosperidad de un proyecto. Una izquierda que entienda que existen fuerzas del cambio y tiempos del cambio, que la educación es el arma estratégica más poderosa que tenemos y que las instituciones y las leyes son la garantía de no retorno a la barbarie y el autoritarismo.

Además, esta izquierda debe asumir una verdad afirmada por Marx e ignorada recurrentemente. Vivimos en un mundo capitalista interconectado. Los procesos productivos son cada vez más mundiales e interdependientes. Nuestros precarios desarrollos económicos son altamente dependientes de las grandes potencias, todas capitalistas. Por lo tanto, plantearse la construcción socialista en un solo país con altos niveles de dependencia es, no solo una tontería, sino una enorme irresponsabilidad. Antes del desarrollo de cualquier proyecto socialista en un país dependiente, debe haberse avanzado en un proceso de desarrollo nacional en el sentido más amplio de la palabra: Grandes capacidades productivas, altos niveles de desarrollo tecnológico autónomos, capacidad de producir para atender a nuestro propio mercado interno, importantes obras de infraestructura estructurantes (sistemas de riego, embalses, centrales energéticas, redes ferroviarias, puertos, autopistas, nuevas ciudades, etc.) y sobre todo, una gran apuesta al desarrollo pleno del ser humano a través de la educación y de una infraestructura para ese objetivo. Es decir, el socialismo no se edifica para repartir miseria sino para repartir la abundancia generada, de allí que Marx fue tan enfático de hablar del socialismo solo en los países altamente desarrollados. Por algo Lenin aplicó el frenazo de la NEP y por algo se requirió a un carnicero como Stalin para lograr ciertos desarrollos en la URSS. Eso no es posible en esta época y con los niveles de interconexión de las tecnologías y producción de bienes.

Pondré un ejemplo de esto que es crucial entenderlo como balance histórico: El 98% de nuestros ingresos de divisas provienen de la industria petrolera. Esta industria funciona gracias a una altísima inversión de capital, fundamentalmente en maquinarias y equipos eléctricos, electrónicos y mecánicos. Casi la totalidad de esta tecnología proviene de países de la OTAN y en el área de refinación (la ingeniería más compleja después de la aeroespacial) el 100% provienen de potencias capitalistas de occidente. ¿Es que alguien en su sano juicio puede creer que esas potencias van a permitir el desarrollo de un proyecto socialista autentico, eficiente y ejemplar en Venezuela sin intervenir, en este ejemplo, con el control de su tecnología? Hasta allí llegaría cualquier aventura. Y solo como ejercicio pensemos, ¿Qué pasará con Venezuela cuando en 20 años existan comercialmente en operaciones los reactores de fisión nuclear y otras energías alternativas más baratas que el petróleo y amigables con el medio ambiente? Ese es el tamaño del problema con el que nos enfrentamos y mientras la izquierda dice “rodilla en tierra contra el enemigo principal”.

Es por esta razón que, sin un proyecto de desarrollo nacional viable, serio, responsable y audaz, cualquier proyecto de izquierda solo debe considerarse como una nueva aventura y una reafirmación de la irresponsabilidad e incomprensión histórica.

¿Cuál debe ser el programa de una nueva izquierda en el futuro de Venezuela?

Hoy en día, y sobre todo en la Venezuela pos Maduro, una izquierda renovada debe apuntalar hacia los procesos de desarrollo nacional, de independencia, de democratización de la sociedad, de controles eficientes del poder en el estado y, sobre todo, del desarrollo pleno del ser humano en condiciones de armonía con la naturaleza. Esto implica, por ejemplo, sumergirse en los procesos de lucha urbana, por la construcción de ciudades eficientes y policéntricas para la gente, para la cultura, para el trabajo y la vida sana, en mejorar la cobertura, oportunidad y calidad de los servicios públicos, de luchar por reducir la contradicción campo ciudad mejorando la vida agraria, en promover reformas educativa para elevar los estándares de formación a niveles de los países más avanzados del planeta, en ampliar las coberturas sociales a las personas vulnerables como procesos transitorios para su reincorporación productiva, en apoyar el desarrollo tecnológico en las universidades pero atado a las necesidades productivas y humanas reales de la nación, en proponer al país qué hacer con los gigantes ingresos de la renta petrolera de tal manera que sean empleados no para el clientelismo y la corrupción, sino para el desarrollo nacional, entre otras cosas. Mal podría hacer esta izquierda si, después de la experiencia como gobierno, se limita a las luchas intersticiales por las reivindicaciones salariales de algún sindicato, o asume consignas inviables y demagógicas que le resten seriedad como opción de poder.

Si la izquierda quiere ser poder de nuevo, debe demostrar que aprendió de los errores y debe exponerle a todo el país cual es el camino a seguir, en democracia, con respeto ejemplar a todas las corrientes políticas e incorporando a todo lo susceptible a ser incorporado para el desarrollo pleno de la nación.

Tareas Urgentes

Pero para lograr todo esto, el primer paso es que saquemos del poder a quienes gobiernan, para recuperar la democracia, el carácter republicano y la posibilidad de luchar en el campo político por las conciencias ciudadana sin riesgo de ser desaparecido, apresado, torturado o asesinado. Y aquí la izquierda debe dejarse de dogmatismos y cobardías, y asumir que en este instante la contradicción principal es entre la vida y la muerte, y, por tanto, debe romper por completo con el Madurismo y declararlo enemigo del Pueblo, y en consecuencia, salir a luchar por la vida en contra de la muerte creciente que esta pequeña elite de nuevos burgueses quiere imponer a Venezuela para mantenerse en el poder. La izquierda debe asumir que la lucha es de todo un Pueblo contra esa pequeña elite, por lo cual debemos unir a toda la Venezuela democrática en contra de esta tiranía.

A todo evento, la dictadura va a salir, con o sin la participación unitaria de la izquierda. De ella depende más bien, el tipo de república que reconstruiremos a la salida de Maduro, si sólo a imagen y semejanza de la derecha caraqueña, o bajo un gran acuerdo de unidad nacional. Allí está el gran desafío inmediato y mediato de la izquierda venezolana.


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Sergio Sánchez

Militante de las causas justas de la humanidad, crítico y autocrítico. Ingeniero de la UCV.

 sergiocmb@gmail.com      @SergioMADDT

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