La libertad que impone el zorro en el gallinero

El objetivo del dogma mesiánico es imponer su poder absoluto sobre la nación. Esta es su función permanente. Pues, de esta manera, ha ido conformando la desaparición del régimen legislativo que debe imperar en la República, y que le da su razón de ser.

El discurso y la técnica represiva están avocadas a priorizar el respecto por el poder del sujeto gobernante, subsumirlo todo bajo él. De esta manera, el mesianismo intenta justificar la existencia de la dominación reduciendo, a la vez, todo otro poder manifiesto; por lo cual apela a la obligación pseudo-legal de la obediencia.

En la sumisión, en tanto valor negador, se fundamentan los esfuerzos mesiánicos de la obediencia y el uso del terror. A través de éste, han puesto en marcha los mecanismos que deben legitimar la forma corrupta del ejercicio del poder político, ejercido el mismo violentamente sobre una sola persona o sobre la nación entera.

Sustentar el Estado de terror es la preocupación fundamental del mesianismo. La justificación de una legislación dispuesta a dar investidura de ley que les permita decidir y castigar, supuestamente, en nombre de todos. Detener la soberanía del ejercicio democrático a cómo de lugar usando el instrumental necesario del ejercicio del poder cohesionador. Este es el fin de tal doctrina.

Esta clase de poder funda su eficacia en la concentración del poder mismo, en un privilegio sobre todo nivel jerárquico y por encima de todo el cuerpo social. La jerarquía de dominación es atribuida por la ascendencia que supuestamente es constitutiva del Partido y el Mandatario y, por supuesto, por el cese de los derechos de los ciudadanos. El Mandatario y el Partido se otorgan a sí mismos la concentración del poder centralizado convirtiéndose en una clase privilegiada, por medio del control que ejercen sobre toda la nación.

En cualquier caso, la soberanía de la ley es la distribución del poder que detentan el Mandatario y el Partido. Con tal ley determinan quién puede ser reconocido o no en su individualidad y como ciudadano, esto determina que solo ellos (los mesiánicos superiores) disponen de los derechos de los demás y determinan a quién le corresponden o no; quién está dentro y quién está fuera de los límites de la legalidad mesiánica.

En este extremo, se determina quién puede vivir y quién debe morir. En este sentido, el poder mesiánico se fundamenta en la posibilidad de sustraer o no la vida de cualquiera. La ley, en este sentido, es la espada que pende sobre la vida, es la coacción abierta y descarada encima de la población. La capacidad ejecutiva se muestra en la modalidad negativa más extrema, esto es, la de otorgar la muerte.

El poder, en su forma mesiánica, niega la vida. El poder que se abroga para sí mismo es la desmesura, en tanto que depende de la voluntad del Partido y el Mandatario, una ficción. El límite de tal poder se corresponde con la muerte que puede reclamar. La muerte entonces es la efectividad de la ley, que es la voluntad misma del Partido.

A partir de la aplicación de este poder, la vida amenazada se ha convertido en la principal preocupación de la ciudadanía. La población se ha encaminado a preservar el curso del sobrevivir, sin ningún tipo garantía que pueda ajustarse a una idea de lo individual. De esta manera, la muerte se ha instalado en el horizonte individual y social, ella se hace patente. Lo cual eclipsa toda posibilidad de vivir.

El ejercicio del terror como forma política se ha transformado en la aplicación del poder disciplinario sobre el cuerpo y sobre la psique. Pues pretende aplastar a ambos. El poder de la disciplina mesiánica se asienta en el funcionamiento efectivo de la miseria y la necesidad, de los mecanismos de control, de vigilancia y coerción, tanto individual como social.

Lo disciplinar toma solidez en los diversos mecanismos de exclusión y represión, que hacen valer el paralizado y rígido poder del Partido y el Mandatario. Las normas disciplinarias prolongan la efectividad de la sumisión aplicadas como refuerzo para el sometimiento. Por eso es constante lo normalizador, la norma permanente de lo que ellos desean que se sea, que establece las desigualdades necesarias para la vulnerabilidad de los individuos.

Esta desigualdad, este terror, esta sumisión y esta obediencia impuesta, es la libertad y la igualdad que impone el zorro en el gallinero.



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Obed Delfín


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