El Helicoide, centro comercial y cultural más extraordinario existente en el mundo (III)

El arquitecto Pedro Neuberger, afirmó, que luego de la caída del Presidente Marcos Pérez Jiménez los principales accionistas de El Helicoide se fueron del país, dejando al edificio en una deriva financiera. En cualquier caso, los contratistas no recibieron su pago y los comerciantes que habían comprado locales demandaron a la constructora, la cual cayó en bancarrota. Durante los veinte años siguientes, esta construcción venezolana, que logró obtener titulares a nivel mundial quedó sumida en un silencio casi absoluto. Sus arquitectos, desesperados por el fracaso de esta fantástica aventura, se dedicaron a otros proyectos. Caracas, fiel a su temperamento moderno que mira siempre hacia adelante y nunca hacia atrás, continuó su camino, olvidando a esa magnífica espiral que había buscado llegar al cielo. A decir verdad, los distintos gobiernos nacionales y locales posteriores, intentaron salvar al gigante congelado. Una tras otra, cada administración propuso diferentes planes comerciales, culturales o combinaciones de ambos, llegando a proponer veintisiete proyectos en total: centro automovilístico, centro de artes escénicas, museo de arte, centro de turismo, cementerio moderno, estación de radio y televisión, multi-cine, biblioteca nacional, museo de antropología y centro ambiental, son algunos de los más resaltantes proyectos.

De entre muchas propuestas, sólo dos llegaron a ser comenzadas, otorgando algo de vida a los pasillos vacíos del edificio. Eso es, si no contamos las invasiones masivas que tuvieron lugar entre 1979 y 1982. En 1979, tras la reubicación oficial en El Helicoide de quinientos damnificados por los deslizamientos de tierras, pequeños grupos comenzaron a instalarse gradualmente en el lugar. Para 1982 la estructura inacabada albergaba doce mil invasores, todos viviendo sin servicios básicos en un área deprimida de la ciudad. El lugar se volvió una zona roja de tráfico de drogas y prostitución, con altos índices de criminalidad. Esta situación fue literalmente limpiada con fuerza hidráulica en 1982 para abrirle paso al Museo de Antropología, con este proyecto se logró finalmente colocar sobre el edificio el domo de Buckminster Fuller, el cual había estado almacenado en un depósito por más de treinta años. Aun así, este plan no prosperó, a pesar de haber contado con la colaboración de Romero Gutiérrez. Por su parte, los ascensores austríacos Wertheim, de alta tecnología, que habían sido construidos especialmente para este edificio, no corrieron con la misma suerte del domo. Con capacidad de carga para noventa y seis personas y diseñados para deslizarse diagonalmente sobre una inclinación de treinta grados a una velocidad de 2 metros por segundo, languidecieron en La Guaira, a donde habían llegado con gran fanfarria dos décadas antes. Para 1982, muy poca gente sabía siquiera qué eran aquellas enormes máquinas cuyas piezas eran dignas de ser exhibidas en un museo.

Poco después que los planes del Museo de Antropología fueron abandonados, apareció otro tipo de ocupante. En 1984 los servicios de inteligencia de la policía venezolana, DISIP , comenzó poco a poco a ubicar sus oficinas en El Helicoide. Una nueva oscuridad se cernió sobre el edificio, esta vez al ser transformado en un centro de reclusión. Se instaló equipo de vigilancia de alta tecnología y los oficiales se deleitaban con la posibilidad de conducir sus vehículos hasta la puerta de sus oficinas. Desde entonces, El Helicoide alberga presos políticos y equipos SWAT que interceptan a cualquiera que ose fotografiar el edificio desde las autopistas circundantes. Algunos creen que el lugar está maldito. El cerro, después de todo, recibe su nombre de la Roca Tarpeya de Roma, desde donde la hija de Tarpeyo, general de esa ciudad, fuera lanzada hacia su muerte por haber traicionado a Roma con los sabinos. En 1992, Julio Coll y Jorge Castillo, arquitectos de uno de los proyectos más progresistas elaborados para El Helicoide intentaron dispersar la energía negativa que parecía bloquear el desarrollo del edificio.



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José M. Ameliach N.


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