Con la muerte de Alí, Juan Preciado salió otra vez a conversar con muertos

No quiso. Le pareció indelicado hablar de esto, pero siendo casi lo mismo, padre e hijo, tal como Pedro Páramo y Juan Preciado, asumiré el compromiso. En veces a los muertos hay que sacarlos de sus tumbas, sobre todo si no han arreglado sus cuentas. Esto creo lo acostumbran algunas tribus indígenas.

No es malo que cualquiera, ya rebasada la edad de los ochenta años o muy cerca de ese como comatoso estado, comience a conversar con fantasmas. Úrsula Iguarán lo hacía. Tampoco es malo que uno que soñó con ser hazañoso, estar en medio de héroes inventados o de verdad, y hasta con ser uno de ellos, nunca se sabe, comience como a entrenarse porque está cerca de brincar el charco, caer en pozo hondo o irse de verdad allá donde están los muertos. Aunque ese afán o empecinamiento de ver héroes entre quienes sólo fueron como muchachos atrevidos, capaces de hacerse irreverentes para llamar la atención no encontrando que cosa inventar o aparecer original y pertinente, es como una manera de embellecerse la vida y al final, invertir el tiempo y la poca energía que queda a vestir de grandezas lo que fueron errores y pérdida de tiempo. Juan Preciado fue a Comala a buscar su herencia donde había puros muertos.

¡Cuánto ha costado que los heroicos guerrilleros venezolanos de mediados del siglo XX, esos que se fueron a la montaña solitaria a buscar a los obreros para la revolución proletaria y socialista, que estaban en la ciudad y no lograron ver y ni siquiera pudieron contactar a los pocos campesinos que allá vivían en absoluta precariedad, reconozcan que aquello fue un sueño y un buscar fantasmas y dejar cadáveres en el camino! ¡Qué difícil ha sido que revisen lo acontecido y reconozcan que aquello no fue más que un gesto ecuménico, quizás muy poético, hasta hermoso, con mucho de la épica, que resultó por demás costoso al movimiento popular y al pueblo que ansiaba y necesitaba dirigencia competente para alcanzar sus conquistas! Porque como dijo alguien aquello fue una guerra donde los heroicos guerrilleros, sólo ellos, pusieron los muertos

¡Cuánto ha sido de imposible que alguno siquiera de ellos diga con humildad nos equivocamos y le dimos a los grupos dominantes la oportunidad de descabezar el movimiento popular construido desde las luchas contra Pérez Jiménez, por tomar un punto de referencia pertinente y dejamos al pueblo en manos de sus enemigos!

No. Es todo lo contrario. Es un empeño de irse con los fantasmas a contarse historias de héroes y actos heroicos como cuando pudimos salir ilesos de aquella emboscada que nos tendió el enemigo en la curva del camino que llevaba a aquel cerro que abría paso a la montaña donde habitualmente pernoctábamos.

Tanto fue el descalabro que cuando se produjo el Caracazo y luego el alzamiento del 4 de febrero los héroes estaban dormidos y si no distraídos, olvidados en absoluto de lo que debían hacer. Recordando anécdotas insustanciales, supuestas batallas ganadas y arremetidas gigantescas contra el enemigo, sucedidas en momentos de altas fiebres por culpa de aquella abundancia de mosquitos. Ni siquiera supieron cómo interpretar aquellos acontecimientos de la Venezuela de 1989 y 1992 y se quedaron mirándolos dándoles paso mientras se rascaban las cabezas y creían estar de nuevo en estado febril. ¡Qué de vaina con estos mosquitos! Los años habían pasado y tanto hablar con fantasmas y vivir en espacios solitarios y habiéndose acostumbrado a ellos, fue natural que cuando se les vino la realidad encima la tratasen como si fuese una vaina o maniobra de fantasmas o de mosquitos. La realidad fue como una mosca imprudente que molesta en la tarde de somnolencia.

Cuando aquel hombre, militar detenido dijo "por ahora" y luego más tarde, unos meses después inició su camino hacia Miraflores, ellos seguían esperando entre sus sueños, con el fusil en la mano y los himnos gloriosos que cantaban en sus caminatas en las montañas solitarias de sólo matar mosquitos, alguien que viniese a darles fuerza y sentido a sus vidas de combatientes armados, en muchos casos hasta sin enemigos que enfrentar. Caminatas de fantasmas sin meta ni propósito. De ejércitos sin soldados y puros comandantes.

Se murió no el dirigente político, destacado diputado y técnico petrolera de actuación significativa en el congreso de la República, el mismo que, en cuanto fue posible, se vinculó al gobierno nacido en sustitución del de la IV del República, quien jugó rol importante en el momento de levantar a PDVSA víctima de las agresiones del capital extranjero sino el que muchos años ha fue comandante guerrillero. Es como un no querer mirar la vida sino a los muertos, como un Juan Preciado que va Comala a buscar su herencia donde lo que hay es un viejo cementerio y los muertos andan por las calles.

El no revisar lo acontecido, no reconocer los errores, hace que uno los siga cometiendo y lo que es peor, le dé a quien o quienes fueron responsables de ellos y los graves resultados correspondientes, el aval para que sigan al frente de la tropa o el movimiento y hasta para insistir en lo mismo.

Y les ve como salen. Parecen fantasmas que hablan de sus glorias y hasta triunfos como si lo que en la Venezuela de finales del siglo veinte y comienzo del veintiuno aconteció fuese resultado de sus luchas. Y están convencidos de ello; tanto que se dan el lujo de menospreciar a quienes con ellos no estuvieron. Es en el fondo un sentirse culpables y apenados de comprobar hubo quienes no fueron tan ilusos como ellos.

A la muerte del "Comandante", mientras Ramírez se lo pelea con Maduro, porque cada uno acusa al otro de la debacle de PDVSA, mientras evaden que fueron igual de responsables, el primero por acción, el segundo primero por omisión y luego por negligencia, los demás pasan por alto la verdadera contribución de Rodríguez Araque que fue en sus años de combatiente legal, cuando estuvo al lado del comandante intentando salvar a la empresa petrolera de las agresiones de los golpistas del 2002 y luego ayudándole a implementar la política de unidad latinoamericanista a través de los distintos mecanismos implementados por ese fin, y se dedican a refocilarse en sus correrías como cadáveres por Comala, como si aquello tuviese algún significado trascendente para aquella misma multitud que por años les ignoró y ellos también ignoraron refocilados en su egolatría y sueños de pequeños héroes burgueses y ahora les pide acciones concretas para salvarse de la hecatombe dentro de la cual está sumergida. Pudieran esta vez de verdad ejercer como comandantes, todavía hay tiempo para eso. Los muertos que entierren a sus muertos.

 

 



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Armando Lafragua


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