Sueños; entre vida y muerte

Caía la tarde noche, la ciudad lucia gris, oscura, profunda.

Frente a la casa de los suegros, un extraño e inusual auto espera con el motor encendido. Su conductor luce inquieto. Desde la casa del vecino surgen, repentina y velozmente dos asaltantes botín y armas en mano, sus caras cubiertas con pasamontañas dejan ver; claros y vivos ojos, rostros de los bandidos en la película de la noche precedente.

Me escurro entre las sombras, me hago a un lado, entro silenciosamente a la casa. Intento gritar, pedir auxilio, alertar, informar del asalto a los vecinos. ¡Nadie escucha, nadie entiende…!

En la calle; el esposo de una cuñada, revolver en mano –¡un 38!−, intenta ubicar a los agresores, no los ve, no los distingue en medio de la noche o simplemente está asustado y prefiere no enfrentar.

Desde el interior de la casa, la calle luce diferente −es otro escenario−, hay una especie de caos, transeúntes y vecinos alarmados, no entienden, no saben, no comprenden lo sucedido. Van de un lado a otro buscando venganza; en sus mentes sólo hay rumores, ideas infundadas, mal intencionadas, que relatan historias confusas, historias de violaciones y muertes, de victimas inexistentes… ¡La calle es un caos!

Desnudo, en medio de la sala, a través de la ventana, veo correr a todos en todas direcciones. ¡La calle es un caos!

A través de grandes ventanales de una habitación hotelera, en la distancia, entre el borrascoso atardecer, observo con detenimiento el retorno de muchos pescadores, vienen de vuelta a casa, hacia el interior del golfo. Sus botes de pequeña envergadura sucumben ante la adversidad, ¡se hunden, todos y cada uno, se hunden! ¡Estoy en uno! los de atrás, los de estribor y babor, los del frente, también se hunden. ¡Se hunden, también el nuestro! El motorista acelera, imprime toda potencia posible, el pequeño motor fuera de borda, se desprende y corre en busca de resguardo. La inercia del bote nos lleva a tierra, por una empinada escalera, de esas de infinitos peldaños, que entre rancherías y miseria, sobre montañas y laderas de alto riesgo, en torno a grandes ciudades –estereotipo de miseria− parecen conducir al cielo. ¡Estamos encallados a mitad de la escalera de un peligroso rancherío! ¡Insalvable laberinto! Como en otras ocasiones; ¡estoy solo! ¡A merced de los enemigos, del peligro! ¡Intento escapar volando!, ¡no lo consigo, no tengo aliento! Con dificultad, tras de varios intentos, logro trepar en un deteriorado paredón, ¡qué mejor manera para escapar del laberinto! ¡Peligrosa manera al intentar caminar sobre paredones y techos de hoja lata, de viviendas mal construidas o muy deterioradas! A merced de cualquier tirador, defensor de su propiedad. ¡Desde aquí, de lo alto del paredón visualizo claramente la salida! ¡Está al otro lado de estas casas! ¡Sólo una cuadra me separa de ella!

¡La calle está en caos!

La sala, está abarrotada de gentes, ¡nadie parece ver mi desnudes o no les importa! ¡Es una celebración familiar de fin de año! ¡Un velatorio cuerpo presente! Una vieja mujer tocando mi pierna, señala y recuerda la desnudes ¡Debo ir por ropa, todos están elegantemente vestidos! Camino desnudo hacia la habitación a través del largo pasillo, tras de mi siento pasos, próximos, muy cercanos, casi sobre mi −¡Desde otra dimensión, en un mundo paralelo!−. La otra cuñada camina muy cerca de mi espalda, ¡también está desnuda! Sin querer, pero con toda intención, tiendo la mano hacia atrás en intento por acariciar sutilmente aquel hermoso paraje; valle prohibido, de satisfacciones, placeres insospechados y engaños, de injurias y lujuria, de penas, monte de diosa romana. ¡Valle de vida!

Inadvertida, en su propia dimensión espacio-tiempo, se apresura, se aproxima, se vuelca sobre mi mano. Con la palma extendida intento cubrir la extensa llanura y tan delicada vegetación.

En la calle, el turbulento atardecer ha dado pasos hacia una oscura y profunda noche. Junto a una hermana, su esposo y sus hijos, intentamos conseguir algo para comer; ¡no hay, todo está cerrado! Les señalo otro posible lugar, al otro extremo de la ciudad, donde debe haber un viejo auto estacionado que nos lleve a cualquier otro sitio. De pronto, en veloz carrera un pequeño ciervo, marrón y blancas manchas, cruza la calle ante nuestra atónita mirada. En la otra acera, luce largas patas, luce mucho más alto que un hombre. Los policías desde la alcabala no se percatan de su presencia. Alguien lo corretea, lo acosa, lo sujeta del cuello. Parece atraparlo, ¡no puede!, es mucho más poderoso que el hombre, que el más antiguo de los comadres. Lo enviste, lo derriba. Corre hacia el otro lado de la calle, hacia mí, ¡estoy solo, inerme ante aquel portentoso ejemplar! ¡A esa velocidad, con sólo golpear su cuello puedo derribarlo! –Para ser un macho de gran tamaño, ¿por qué no tiene cornamenta?− ¡Es una hermosa y angustiada hembra en avanzado estado de preñez! ¡Su rostro muestra la desesperanza del que huye para salvar la vida! ¡Ante mí no se detendrá, también me embestirá! Desde sus hombros parece exhalar grandes fogonazos, como mamífero marino que emerge desde la profundidad en apresurada búsqueda de aire, de oxígeno, de vida –Locomotora de indescriptible potencia−. Me hago a un lado y la veo pasar. Tres, cuatro, siete, diez saltos adelante, se detiene en medio de un conmocionado grupo de perros, la acorralan. Se postra ante sus captores, se recuesta entre ellos, lamen, acarician con ternura su agitado cuello. ¡Se siente protegida, tranquila! ¡Está a salvo entre los perros!

Como el que despierta en medio de una resaca, me encuentro en una blanca, pulcra y muy sobria habitación, está llena de gente de azules ojos y blanco vestir. En su mayoría jóvenes de cara y mirada angelical que; con sonrisa desinteresada observan y dan la bienvenida de recién llegado. En especie de un muy alto tobogán me deslizo entre sedosas, grandes y estériles sábanas blancas hasta posarme sobre la espalda de un gigante y muy viejo hombre, en lento, pausado, sosegado caminar. Viste sombrero y túnica gris claro. Un tenue azul ¡No logro sostenerme! ¡Sigo cayendo, hasta sus pies! ¡Sobre un suelo de nubes! ¡Densas y límpidas nubes que en extraña formación de puente meridiano al infinito describen un camino hacia el distante horizonte! ¡Delimitan la separación entre mar y cielo! ¡Abajo, muy abajo un azul y apacible mar, arriba, mucho más arriba, del viejo gigante, un despejado y azul cielo! ¡Quiero avanzar y no puedo! ¡Intento mirar su rostro y no puedo! ¡A su alrededor escucho voces; voces de niños que antes eran adultos, le dicen abuelo! ¡Pienso en adultos, viejos conocidos, volviendo a la vida, renaciendo, y recuerdo que estaba dormido!

¡Intento despertar y no puedo!

Una y otra vez, me angustio, me desespero, voy quedando sin aliento, sin respiración. ¡Sigo insistiendo en recordar que estaba dormido! ¡Intento despertar y no puedo! ¡Voy quedando sin respiración, sin aliento! Intento caminar y no puedo, tampoco logro correr, ¡voy quedando sin aliento! Caigo al suelo, sobre el extraño camino de nubes, ¡es mi último suspiro!

Sudoroso, agitado y sin poder respirar, despierto entre sabanas conocidas y las piernas de mi esposa. Es el mismo hotel de grandes ventanales a orillas del ancho mar y distante horizonte. Parece precipitarse. ¡Flota sobre el mar! ¡Sigo dormido! ¡Intento despertar y no puedo! ¡Me desespero! ¡Intento respirar y no puedo!

¡La calle está en caos! ¡Es mi último aliento!

Tembloroso despierto, aún sigo sin poder respirar. Sudoroso confirmo que estoy despierto, que estoy en casa, mi esposa está profundamente dormida.

¡Despierto. No era mi hora! ¡Aún no!



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Felipe Marcano


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