El sobrino y la universidad

—Sobrino, ¿cómo le va? ¿Usted es profesor universitario? Verdad. El otro día estuve discutiendo con el paisano, porque él porfiaba que usted era profesor de bachillerato o de kínder, me decía. Yo le dije, si el sobrino es doctor en no sé qué cosa, pero es doctor. No puede ser maestro.

—Lo de ser profesor, ya no. —Y eso, ¿qué pasó? —Le cuento tío, mire me puse a dar clases y varias materias por cierto; terminó el bendito semestre y nada que pagaban. Cuando por fin depositaron, que aquello fue una odisea porque tenía que tener una cuenta en tal banco para que depositaran, tuve que buscar prestado para abrir la bendita cuenta ¿por qué de dónde iba a tener dinero yo?

—Cuando me pagaron el semestre, eso no me alcanzó ni para comprar un café grande, que está a 900 mil. Mucho menos para dos empanadas, que ya cada una está en 450 mil y van para 600 mil. Yo dije, no vuelvo más para esa universidad. Por esa miseria de pago me pongo a hacer otra cosa.

—Y desde ese momento en adelante empezaron a llegar los correos electrónicos —¿Y qué es eso sobrino? —Una cosa que existe en internet tío. Le sigo contando, aquello era todos los días que si ya puso las notas, que hay que hacer esto; y por otra parte los alumnos que no me aparecen las notas, los profesores que no han pagado. Que la universidad botó las notas, que el pato y la guacharaca.

—Aquello no daba descanso. Porque en el desorden de esa universidad se perdieron las notas de los alumnos y se armó el relajo. Los alumnos buscándome como palito de romero, para que les dijera la nota habían sacado. Que me iba yo a acordar de eso. Yo puse las notas y me olvide de aquello. —Pero, algún papel tiene que haberle quedado sobrino. —No tío, eso ahora se hace todo por internet.

—Ah, caracha. Entonces eso quedo en el limbo. —Tío, yo creo que más bien en el infierno, porque los profesores se quejaban que la paga era muy poca y no depositaban; los alumnos realengos porque no se pueden graduar, ya que no aparecen las notas. ¡Bendito sea Dios! Le dijo tío, que alumnos y profesores se lamentaban y se la lamentó.



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Obed Delfín


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