Mi palabra

Un ejemplo muy fúnebre

" Las palabras son enanos,

los ejemplos son gigantes. "

Proverbio suizo

La tarde del martes de carnaval, el sol parecía desparramar toda la energía acumulada en los primeros meses de verano. Un señor, tuvo la necesidad de ir a la funeraria de un amigo, a buscar un litro de aceite de motor. La sala velatorio se encontraba completamente sola; lo estaba esperando en compañía del vigilante. Eran las tres de la tarde–la hora, cuando mataron a Lola, según un relato cubano– cuando llegó a la vivienda, lo encontró en sus acostumbradas labores de mantenimiento del establecimiento, una estructura completamente remodelada, el cual años atrás, fue la sede de un organismo de salud, donde un médico psiquiatra ya fallecido, pasaba sus consultas en una pieza algo deteriorada, con toda la abnegación de un profesional de su época.

A esa hora, lo hizo pasar con toda la amabilidad, y trato del que ha aprendido a entenderse con personas, en medio de un estado de ánimo golpeado por las circunstancias de la vida, y además lo conoce, desde hace muchos años; visitaba el hospital central en funciones políticas, todos los días en la mañana, donde se veían frecuentemente en la puerta de la emergencia, muy cerca de la morgue; un sitio muy estratégico para su honroso trabajo, a pesar del calificativo muy despectivo: "zamuros". La tarea no es fácil; siempre están a la espera de la noticia de un fallecido, para empezar la pelea con la competencia, y después ofrecerles, el llamado "servicio" a los familiares del difunto, y llevarlo a la indeseable, pero inevitable eternidad.

La visita sirvió para hacer un rápido recorrido por la instalación, enseñándole todos los compartimientos, abriendo cada una de las salas acondicionadas para los actos velatorios, en una construcción completamente remodelada, limpia y pulcra; parecía un centro de recogimiento espiritual, donde se respira una tranquilidad asombrosa a pesar de encontrarse en una de las avenidas más antiguas, y transitadas de la ciudad. Al final lo llevó al depósito, el cual se encontraba con varios ataúdes de madera totalmente barnizados, y otros de un metal con el color muy parecido al barniz; unos más sencillos, que otros de acuerdo a las condiciones económicas de cada doliente.

Al despedirlo sin abrir la puerta del estacionamiento, donde se encontraban parqueados tres camionetas de uso personal, y a la vez para transportar los féretros, vio pasar un transeúnte con una muleta, cojeando de la pierna derecha; una gorra para protegerse del sol, y, además, parecía usarla para pasar desapercibido, casi no dejaba verla cara. El cielo completamente despejado con un color blanco opaco, con algunos rasgos del celeste predominante en otras épocas del año, dejaban ver al astro rey en todo su esplendor. El inesperado caminante se fue alejando en medio de la soledad de la tarde, acompañado por la mirada de los dos curiosos, para finalmente escucharse una expresión llena de una profunda reflexión: "Las veces que lo veo, me miro en ese espejo; fue mi empleador, le trabaje a su familia, muchos años; les dejaron para vivir cómodamente, y mira, como se encuentra, por mi parte me estoy defendiendo con esto, que estás viendo; todo es mío".

Las palabras expresadas con cierta nostalgia, en un momento muy oportuno, motivaron una pregunta del amigo, quien se encontraba algo sorprendido, cuando estaba a punto de marcharse: ¿Para dónde ira, con ese sol tan fuerte, y a pie? La respuesta lo terminó de dar el reflexivo dueño de la funeraria, enlazándolas con las dichas anteriormente: "Para el hospital, hacer lo que mismo que hacía yo, cuando le trabajaba: el papel de zamuro, pero, está a punto que le presten el servicio. Botó la plata, la salud, y lo único que le queda es seguir remando contra la corriente. Así, es la vida para los que no piensan"



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Narciso Torrealba


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