¿Fanfarronea Delcy Eloína? (I)

"Quienes quieren tomar nuevamente el poder político les decimos que más nunca volverán; nosotros más nunca vamos a entregar el poder político."

Delcy E. Rodríguez G.

"Pongo en primer lugar, como una inclinación general de toda la humanidad, un deseo perpetuo o sin tregua de un poder tras otro que sólo cesa en la muerte."

Hobbes

"La mayoría de los hombres no son malos (…) los hombres se vuelven malos y culpables porque hablan y actúan sin imaginarse el efecto de sus propias palabras y actos. Son sonámbulos, no malvados."

Franz Kafka

"Poder corresponde a la capacidad humana no sólo de actuar sino de actuar concertadamente. El poder no es nunca la propiedad de un individuo; pertenece a un grupo y está presente sólo y en la medida que el grupo se mantiene como tal. Cuando decimos que alguien está en el poder, nos referimos en realidad a que ha sido empoderado por un cierto número de personas para actuar en su nombre"

Hannah Arendt

«♦♦♦» ¿Qué nos fuerzan a pensar? las irritantes palabras de la dirigente del Movimiento Somos Venezuela antes citadas.

I. Introducción

Entre la crispación y los despropósitos que en los últimos tiempos caracterizan la vida de la República, es difícil identificar atisbos de sensatez, ejercicios de reflexión prudente y juiciosa que hagan un poco de luz en la tenebrosa confusión que nos ahoga. En otros períodos convulsos de la historia de Venezuela se dejaba oír la voz autorizada y solvente de las mejores cabezas que, al menos, alternaban sobre los destinos de unos y otros. Ahora, resignados o hastiados, los mejores se reservan, acaso para no contaminarse de la viscosa actualidad. Decía un pensador que "casi todos los males de los pueblos dimanan de no haber sabido ser prudentes y enérgicos durante un momento histórico, que no volverá jamás". Ni prudencia ni energía se advierten en esta hora de Venezuela. Ante la ausencia de Norte más de lo mismo. Solo vemos errores y disparates que socavan, no ya las bases del crecimiento económico y del progreso social, sino que ponen en riesgo la estabilidad misma del sistema democrático.

II. Ten cuidado con las palabras

¡Qué horror vivir creyendo que se tiene siempre la razón y considerar como enemigo en potencia a quien no comparte nuestros puntos de vista! ¡Y qué aburrida una sociedad que desconoce la fecundidad de la dialéctica! De ahí el obtuso e infantil que reina en nuestra vida pública, cada vez huérfana de consenso, de cooperación o simplemente de sentido común.

Las palabras son polisémicas porque el lenguaje tiene la capacidad de darles significados distintos. En nuestro caso "poder" es de uso frecuente y variado. El poder no es una realidad dotada de naturaleza propia. El poder existe pero no existe al margen de las relaciones humanas. Lo que llamamos poder no es algo que se pueda adquirir o intercambiar al margen de las relaciones sociales: es en las relaciones entre personas donde se manifiesta como la capacidad para conseguir algo.

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El ser humano, hombre o mujer, siempre vive por encima de sus realidades, vive en el amplio territorio de la posibilidad; lanzado por un deseo que no acaba nunca, por un deseo irrealizable, navega hacia un horizonte que sabe no puede alcanzar. El deseo del logro, y quizá el deseo de poder (¡si es que no se trata del mismo deseo!) es lo más esencial de la avidez del ser humano. El deseo de poder aparece siempre con la necesidad imperiosa de cubrirse el rostro con máscaras. Más fuerte será el deseo de poder cuanto mayor sea la capacidad que tenga para enmascararse.

Hay un diálogo entre Alicia y Humpty Dumpty que es citado frecuentemente, el cual es muy sugerente:

- Cuando yo uso una palabra - dijo Humpty-Dumpty con un tono burlón - significa precisamente lo que yo decido que signifique: ni más ni menos.

- El problema es - dijo Alicia - si usted puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.

- El problema es - dijo Humpty-Dumpty - sabes quién es el que manda. Eso es todo.

Es decir, el significado de las palabras no se establece en el interior del propio discurso. No es éste el que resuelve quien tiene la última palabra, sino el poder de la autoridad de la política.

III. Ética y política

El hombre, decía Aristóteles, es un ser político. Pero la política es el arte de disfrazar la taimada lucha por el poder. El político es titular legítimo del poder, llega a patrimonializarlo cuando personaliza su ejercicio en beneficio propio o de los intereses de su partido, de su grupo y a quiénes éstos representan, pero, ¿representa al pueblo, a toda la sociedad en general?, ¿cuál es el verdadero poder que atesoran los partidos políticos?, ¿qué intereses sirven, cuáles protegen, y qué anhelan en definitiva?, ¿se puede aseverar que ha usurpado el poder, la capacidad de mandar e influir en el comportamiento de los demás en provecho propio, la del partido político?

Ética y política están muy cerca la una de la otra y se hallan mutuamente imbricadas. La ética se inicia ante el interés o preocupación por el otro y su vulnerabilidad. Supone trascender el propio egocentrismo. Sin romper el cascarón de la preocupación propia, no hay ética; y sin un interés que salte por encima del individuo y del reducido círculo de la familia, no hay política. La ética y la política tienen una amplitud de miras y de preocupaciones que dicen relación con el bien del otro y de los otros, extendiéndose en círculos sociales y públicos hasta los confines de la humanidad. Y hoy, aún más allá, porque somos conscientes de que lo humano no se puede desvincular de la vida. La política supone el interés por los otros: es "cuidando de la existencia", como diría Hannah Arendt; una existencia que mira al bien común, público o general.

Aristóteles ya supo ver la afinidad entre ética y política. Para él, la organización de la vida colectiva humana tenía que ver con la "vida buen", con la ética. Sin ética no hay política. No puede haber una auténtica preocupación o cuidado por el interés general de los demás que no conlleve una dimensión de responsabilidad por la situación de vulnerabilidad y desvalimiento del otro ser humano. La ética ofrece una sensibilidad, unas actitudes, para la solución de los problemas, pero no los soluciona. Es la política concreta - mediada por los análisis de la realidad y con sus decisiones, sus leyes, su derecho, sus aplicaciones técnicas, etc.- la que ofrece las respuestas a los problemas de la sociedad. La ética sirve de orientación y señala unas actitudes al hombre de la polis que desea solucionar pragmáticamente unas cuestiones. No valen todos los medios, ni puede justificar el uso de cualquier método para alcanzar objetivo alguno. La ética mantiene a la política dentro de los límites de lo humano, ayudándola a no incurrir en la barbarie del uso de la violencia, la manipulación o cualquiera otra de las tentaciones que rondan al poder y que conducen a la negación de la verdadera política. La ética así entendida es como el vigía de una política que quiera ser realmente humana. También la ética se enriquece con la política, la cual le ofrece un panorama de preocupaciones y un ejercicio de visualización de necesidades y problemas. La política agudiza el sentido y amplitud de la ética, permitiéndole ver hasta qué punto las contracciones sociales impiden al ser humano ser tal, y cómo la vulnerabilidad humana se enrosca en sus propias realizaciones, en sus mismos intentos de vida buena en común, en sus avances pretendidamente dirigidos al bien de todos.

Conviene recordar, que en una sociedad pluralista y democrática no hay una única cosmovisión y que, por tanto, no hay una única ética del bien o de la vida buena. La ética de las sociedades democráticas es una ética sin referentes transcendentes, funciona sólo con ciertos "tabúes" (L. Kolakowski) o "supersticiones humanitarias" (J. Muguerza) , como la dignidad humana, etc., que se pueden entender como sacralizaciones o conceptos religiosos como el de "hijos de Dios" , etc., que la ética de las sociedades democráticas y pluralistas sea una ética de la justicia, como insiste J. Habermas, y será formal y de mínimos, como dice Aldea Cortina.

La política de las sociedades modernas es la política democrática liberal, formal y representativa. Éste es al menos el paradigma de lo política es el ámbito occidental actual, por más en crisis o necesitado de profundizaciones y retoques que se le diagnostique (R. Dahl). Conviene reafirmar una vez más que la política es el ámbito de la libertad (H. Arendt). De ahí que la política sea fruto de una lucha sin tregua entre dominación y libertad. La política busca la salida de la dominación y se sitúa del lado de la emancipación. Por eso hay una estrecha vinculación entre política teoría crítica de la sociedad, que siempre estará impulsada por un afán moral de justicia.



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Luis Antonio Azócar Bates

Matemático y filósofo

 medida713@gmail.com

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