Un fantasma recorre a Venezuela y al mundo, el fascismo.

La “frescura” de la revolución representa a la insolencia de los revolucionarios pero también a una juventud eterna. Hoy leyendo a Eligio Damas pensé eso. El tiempo pasa de arriba hacia abajo y a Damas lo veo arriba, allá, en 1959 sentado en una mesa llena de tercios vacíos y un plato de sardinas fritas, declamando algo apasionado. Y más abajo, mucho más abajo (no tanto), a mí tratando de explicar qué era la peste en la “peste” de Camus, y a mis amigos en el Cars, todos hablando al mismo tiempo en una mesa llena de botellas que luego se contaban para poder pagar. Más abajo están los centros comerciales y una especie de Pubs donde es raro escuchar a la gente porque hablan calladitos, y otros sitios, donde la estridencia de la música es tanta que no se puede conversar, mucho menos declamar.

Lo importante de la evocación del señor Damas está en la “frescura” de sus sentimientos y creencias, un amigo diría “guarda su claridad”; en cómo el tiempo no ha dañado su carácter. Es bueno saber que es maestro. Enseñar a niños y adolescente mantiene a tono la cordura, los principios, la fe, en que el mundo puede ser mejor, siempre mejor.

Llegar a viejo es duro, pero no por eso debemos olvidar que es también una fortuna serlo; ser más sabio, haber visto crecer a muchas personas una y otra vez, con sus cualidades distintivas, en diferentes momentos, acumular conocimiento y valor para la vida, saber que se puede renacer a voluntad. Llegar a viejo desengañado de la vida es muy triste. Ahogarse en un vaso de agua porque hoy todo está mal, sin ver que primero y antes que todo están los pueblos, la humanidad, la herencia o heredad; para eso se llega e viejo, para saber que la vida trasciende la propia, en mucho, hacia nuestra descendencia. La vejes no debe ser una excusa para llenarse de escepticismo y miedo, miedo a perder un poco de comodidad.

El hecho de que uno “comprenda” (como el doctor Rieux, el héroe de Camus, ante la “peste” de Orán) los efectos negativos que ejerce el espíritu fascista (le “peste emocional”) en el arrojo de la gente, por verse amenazada a cada instante (toda una sociedad aporreada de incultura, necesidades y miedos y en especial el brío de los viejos escépticos), no nos debe eximir –por cortesía o por buena educación- de denunciar esos efectos, de tener una respuesta severa ante las “personas mayores complacientes”, más responsables que los más jóvenes por haber vivido más, por haber pasado por ésto varias veces.

Sin embargo, pido disculpas a Roberto Hernández, de haber hecho público un comentario muy desagradable, hasta vulgar (soy demasiado humano…) que he debido dejarlo encerrado en el círculo de la intimidad, de mis amistades, o mi mujer y yo, me refiero a lo de las “manos de vieja”. Pero lo de rinoceronte solo se le regresó solo.

Lo que puede sostener el entusiasmo revolucionario es la crítica y la autocrítica incisivas y honestas. Esa actitud egoísta de intentar sobrevivir, nadando en uno maratón sin mirar hacia atrás no nos salva, caemos por dentro, es decir, nos apagamos por dentro, que es peor que morir; eso estaría bien para cruzar el Canal de la Mancha como una meta personal, lo cual es justo, pero no para vivir dignamente en sociedad.

De jóvenes muchos optamos por resistirse al abuso de los que ostentan el poder ilegítimamente, de los farsantes, burócratas arribistas. Es justo que al pasar el tiempo y no habiendo alcanzado el éxito de burgués, respetemos nuestra vida “mediocre”, pobre, pero digna. Peor, que la “mediocridad” de no tener dinero y lujos es la voluntad de ser mediocre, de conformarse con acaudalar cosas materiales, “mercancías”, y sentirse “concluido”, que no se necesita aprender más en la vida, solo más hace falta más poder y más desvergüenza.

En esta época de vanidades y miedos es donde se pone a prueba la capacidad de resistencia. Somos de carne y sangre y, como todos podemos caer (hay que reconocerlo pero, a la inversa de cómo algunos intentan conjurar sus debilidades hablando en voz alta), sin embargo debemos controlarnos, es una obligación despertar cada mañana pensando en que hay que resistir y no caer: primero la muerte que delatar a un amigo (inclusive a un enemigo), que perseguir a un inocente, que callar ante una injusticia. Así sea una quimera, hay que emular a los más grandes, al Che, a Chávez, a Bolívar, a los grandes modelos morales, decantarlos y decantarnos, aunque sea un poquito todos los días, estudiar, leer, conocer, reflexionar con la vista puesta en el futuro de la humanidad.


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Marcos Luna


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