Mi palabra

¡Nos atracan! ¿Qué hacemos?

"La tierra proporciona lo suficiente

para satisfacer las necesidades de todos,

pero no la codicia de todos los hombres"

Mahatma Gandhi

La mañana del martes 30, estuve visitando algunos negocios del centro de la ciudad de Acarigua. En primer lugar, para cerciorarme de cerca del aumento desproporcionado de los artículos, y en segundo lugar para escuchar la reacción de los compradores, antes el impacto de una inflación que no ha parado en los últimos meses, dejando un "sabor" amargo en la mayoría de los desesperados consumidores.

Apenas entre a una quincalla de asiáticos, empecé a sentir el "bombazo" de los precios; casi en la puerta se encontraba un jovencito vendiendo una mercancía: jabones, fósforos, afeitadoras, y champú en ristra entre otros productos. Nadie puede entender, que el jabón, vendido en la tienda tenga un precio de 70 mil bs– 70 bs, las palabras mil o miles viene desapareciendo– cuando el muchacho lo estaba ofreciendo en 40 mil; esa diferencia tan abismal lo tenía los demás productos, algo que no guarda ninguna relación, a menos que lleguen a sus manos de manera "mal habido".

Para suerte del que anda curioseando, en el preciso instante que salía de la quincalla, empezaron a bajar unos bultos de papel –ustedes saben para que se usa, porque de higiénico no tiene nada– de ocho unidades cada uno, hasta hace poco traía 12. Me regrese a preguntar por el precio, para seguir indagando la profundidad del pozo en el que hemos caído; la sorpresa fue mayúscula ¡500 mil Bs! cada rollo, cuesta 62 dos mil, quinientos bs, como para tomar la urgente y decisiva necesidad de algunos países europeos ¡lavarse el culo, y chao pescao!

A pesar del intenso calor a tempranas horas de la mañana, seguí el "tour", en medio de la cantidad de personas, que todos los días invaden las calles en busca de alimentos, artículos de higiene personal, y los "visitantes" de los bancos, que parecen estar pagando promesas a cualquier hora del día. El recorrido por el centro de la ciudad, fue un entrar y salir, preguntando y observando, y en muchos casos recibiendo respuestas, como si estaba pidiendo, porque la amabilidad de los antiguos comerciantes se perdió en medio de la vorágine que estamos viviendo.

Nada de esto es para sorprenderse, antes la desorganización para enfrentar a los especuladores, estafadores, y la ineficacia de muchos funcionarios encargados de velar por los precios de los productos, al final se convierten en cómplices por dadivas. Los ejemplos sobran, porque a medida que sigan a su libre albedrío los usureros, aumentan el "atraco" a los consumidores. Los vendedores hacen su agosto en la calle, antes la necesidad del pueblo, es un cambio tan brusco, que la única solución es esperar un milagro: la canción de Juan Luis Guerra "Ojalá Que Llueva Café".

Con toda razón el laureado Actor, director, y productor británico Sir Laurence Olivier, nos dejó un pensamiento, el cual sirve para entender, como se mueven los hilos de los negocios: "El arte del comerciante consiste en llevar una cosa desde el sitio donde abunda al lugar donde se paga caro" en estos momentos lo podemos constatar de manera muy clara, por la excelente cosecha de algunos productos indispensables en la alimentación–yuca, ocumo, auyama– pero su comercialización no es muy rentable en los sitios de producción, el gran negocio es llevarlo a lugares, donde los compradores andan ansiosos por la escases de la harina precocidad, y el pan de trigo; la harina no se consigue en ningún abasto, y el pan aparte de caro, es malo, y todo el tiempo está faltando, porque la materia prima es importada.

Estamos frente a una guerra económica sin precedente, y una distorsión del comercio nunca visto. En los supermercados desaparecieron algunos productos; en la proliferación de timbiriches de cualquier barrio no faltan con precios que le arrugan la cara a cualquiera. Todo esto se ha venido profundizando por la falta de conciencia; al pueblo, le enseñaron en 40 años de gobiernos de AD y COPEI: la corrupción, y botar porque al otro día se conseguía. Ahora en 18 años de un proceso con todas las buenas intenciones, pero con miles de obstáculos, más la podredumbre rebasando límites inimaginables con casos de funcionarios, que al ser descubiertos se pasan para la acera del frente a lanzar dardos envenenados para tratar de salvar el pellejo. No queda otra: se castiga, o la corriente nos sigue arrastrando, y nadie sabe en qué va a parar esta locura inflacionaria, golpeando a todo el mundo.



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Narciso Torrealba


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