Rosales: los aviones y los tanques

Aprendí a no subestimar a nadie, porque la experiencia ha enseñado que eso conduce derechito a la derrota de quien se sobrestima. Este no es capaz de percatarse de sus debilidades ni de las fortalezas de su adversario. Para ir midiendo y poder cortar luego de medir siete veces la tela es que presto atención a todos los actos y discursos que se producen en función del proceso electoral que tendrá lugar el 3 de diciembre del presente año para elegir al presidente de la república. No tengo ninguna duda de votar por Chávez si ese día estoy en condición de hacerlo, pero no debo resignarme al optimismo ciego y descuidarme echándome a dormir hasta que el alba del 4 de diciembre me despierte y la sorpresa sea creer que es el día de ir a la votación.

Creo que ni en el deporte ni en la política –y menos en su expresión de guerra- hay enemigo pequeño, aunque se esté muy seguro de la victoria de nuestra fuerza. Sabemos, por experiencia en el mundo entero salvo en Cuba desde hace cuatro décadas hacia acá, el dinero juega un rol sanguíneo en los procesos electorales. La Revolución Sandinista, teniendo control de todos los poderes políticos, fue derrotada en un proceso electoral donde el gobierno estadounidense repartió dólares como monte, y no precisamente a los sandinistas de convicción sino a los más necesitados que terminan siendo la mayoría de los que votan.

En estos días escuché un discurso de Manuel Rosales, quien de seguro llegará de segundo en el resultado electoral del 3 de diciembre, donde lanzó, nada más y nada menos, que la siguiente perlota: los aviones los cambiaré por hospitales y los fusiles por escuelas. En la primera percepción eso parece obra de un humanista, pero en verdad no es así. Es más bien una reafirmación de alguien que resulta partidario de nuestra sumisión a la esclavitud que nos imponga el imperio capitalista.

Si viviésemos en un mundo sin ningún peligro de guerra, de ser víctima el planeta de hecatombes del más poderoso enemigo que tiene la humanidad –Estados Unidos-, si nada ni nadie violara ningún rasgo de la autodeterminación de los pueblos, si estuviese sembrada dando fruto la emancipación del mundo y la paz no fuese alterada por ningún vestigio de violencia social, entonces tendríamos que preguntarnos: ¿para qué un proceso electoral y para qué un presidente? y ¿para qué los aviones y para qué los fusiles? Pero esa no es la realidad en que se desenvuelve el mundo. Es más bien lo contrario: contradicciones antagónicas por todos lados, amenazas y violencia de toda naturaleza, imposición de políticas coloniales, sometimiento de la mayoría de la humanidad a la pobreza y el dolor mientras que la minoría disfruta de la riqueza y el privilegio, guerras imperialistas imponiendo su dominio salvaje de esclavitud social.

En mi rústica manera de entender la ciencia política la promesa de Manuel Rosales sólo puede tener dos sentidos: primero, es una demagogia descarada que ni los sofistas serían capaces de prometerla por utópica desde cualquier ángulo en que se le mire o se busque entenderla; y segundo, es el resultado de un serio compromiso con el gobierno de Estados Unidos para desarmarnos completamente, y de esa forma le sea más fácil imponer todo el esquema de la globalización capitalista salvaje en perjuicio completo de nuestra nación y pueblo.

Un candidato que le ofrezca a su pueblo desarmarlo de sus instrumentos de defensa es, lo juro por Dios y por Marx, ponerlo en condición de indefenso y de víctima o presa fácil de los depredadores de la vida social y de la vida natural. Estamos viviendo la época en que hemos entrado a la tercera fase del capitalismo, la más atroz, la de la privatización de todos los órdenes de la existencia humana. Quien prometa el desarme, cambiar los aviones y los fusiles por servicios que se pueden construir o mejorar por otras vías y que para eso existen los recursos, es un desprecio hacia los más sagrados intereses de la patria y de su pueblo, a su soberanía y su derecho a la autodeterminación.

Si Manuel Rosales es capaz de prometer cambiar los aviones por hospitales y los fusiles por escuelas y dejarnos indefensos ante la apetencia y brutalidad de los imperialistas, nada podría hacernos dudar que vaya a entregar, pacífica y gratis, todas nuestras fuentes de energía, toda nuestra riqueza en materia prima, todos nuestros derechos, y quedaremos a la deriva y desprotegidos en el tormentoso mar de la globalización capitalista salvaje.

Precisamente hay que creer en un candidato que prometa salir de la chatarra militar y adquirir una moderna para estar en capacidad de resistir ante cualquier impostor que se atreva pisar nuestro sagrado suelo para esclavizarnos. Hacer eso es un deber al mismo tiempo que construir hospitales y escuelas como mejorar los que ya existen. El pueblo esto lo sabe y por eso mayoritariamente votará por Chávez.

Ningún candidato o gobernante es más dañino y demagogo para su pueblo, que aquel que en medio de la podredumbre y la violencia salvaje del capitalismo le sigue pidiendo a su gente el pacifismo y la resignación ante el dolor y la miseria para ganarse el derecho de vivir en paz con sus explotadores y opresores.


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Freddy Yépez


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