Juan Germán Roscio, el intelectual de la Revolución independentista

"La prosperidad de un pueblo no consiste en la cantidad de oro que posee,

sino en el número de talentos y brazos que emplea con utilidad,

a esto se atendrá para calificarse de grande y poderoso". (JGR)

Juan Germán Roscio fue uno de esos venezolanos integrantes de la camada de hombres ilustres que formó la vanguardia del heroico proceso independentista venezolano. Era hijo de una mujer mestiza, de nombre Paula María Nieves y de Giovanni Cristobal Roscio, oficial retirado nacido en Milán, Italia. Por tal origen, tal como lo disponían las leyes universitarias, Roscio estaba impedido de ingresar a la Universidad de Caracas a cursar alguna de las carreras que esa institución ofrecía. Sin embargo intervino a su favor una influyente dama mantuana caraqueña, Doña María Luz Pacheco, esposa del conde de San Javier, y pudo lograrlo. En la universidad fue Roscio un estudiante sobresaliente. Quizá haya sido el mejor estudiante que asistió a las aulas de esta institución académica desde su creación, en 1725, hasta muchos años después de haberse establecido el sistema republicano en Venezuela. En esa universidad colonial había que ser buen estudiante para lograr un título. Los profesores eran rigurosos y exigentes y los alumnos debían ser muy disciplinados y cumplidores. Recordemos que la Universidad de Caracas era una institución religiosa y como tal sus normas internas eran muy estrictas. Por su sobresaliente rendimiento fue seleccionado Roscio varias veces para dar el discurso de fin de año académico, además de que, también por esa misma razón, le fue otorgado en diferentes oportunidades el premio al estudiante más aprovechado.

Los aspirantes a seguir cursos en la Universidad ingresaban a temprana edad e inmediatamente tomaban clases de latín y filosofía. Estas clases duraban varios años. Luego se matriculaban en una de las cinco carreras que ofrecía la universidad: Filosofía, Derecho Canónico, Derecho Civil, Teología y Medicina. Primero cursaban las materias de Bachillerato, luego las de Licenciatura y finalmente las de Doctorado. Completar una carrera hasta obtener el título de Doctor tardaba más de una década de estudios. Contadas personas lo lograban. El caso de Roscio es excepcional, pues cursó varias carreras y adquirió varios títulos. Fue Bachiller en Filosofía, Bachiller en Cánones, Licenciado en Teología, Licenciado en Derecho Civil, Doctor en Teología y Doctor en Derecho Civil. Luego, también ejerció la cátedra universitaria. De manera que buena parte de su vida estuvo ligada a la Universidad, una de las principales institucionales coloniales de Venezuela. Por tal razón, Rosció tuvo que haberse impregnado muy bien de las ideas y espíritu dominantes en aquellos tiempos. Pero se impregnó de ellas sin obedecerlas al pié de la letra, sin seguirlas como un creyente adoctrinado. Las aprendió, las digirió, pero las analizó y se distanció de las mismas. Recibió una formación muy propia de una institución colonial, pero muy temprano dio muestras de su disposición a romper con lo aprendido allí. Fue que en su caso pesó más su origen social que su formación académica. Prefirió quedarse con los de su clase a pesar de que la formación recibida lo destinaba a asumir un comportamiento mantuano. En esta actitud irredenta de Roscio influyó mucho el maltrato recibido por él en varias ocasiones de parte de los blancos gobernantes. En primer lugar, le fue negado el acceso a la Universidad por ser de "origen infame". Tuvo que recibir ayuda de una aristocrática dama caraqueña para poder inscribirse. Luego, por mismas razones, tuvo que sortear muchas dificultades para ingresar al Gremio de Abogados, sin cuya autorización no podía ejercer su profesión de litigante. Más adelante, como abogado defensor de la mestiza Inés María, fue víctima de las ofensas proferidas en su contra por parte de los regidores de este organismo. El delito cometido por Inés María era haberse arrodillado sobre una almohadilla durante la misa dominguera ofrecida en la iglesia donde concurrían las mujeres mantuanas. Esas desagradables experiencias, además del espíritu antimonárquico que se venía cultivando en algunos jóvenes mantuanos del medio caraqueño, contribuyeron a enervar la hostilidad de Roscio contra el sistema colonial y lo condujeron a abrazar la causa de la independencia en el mismo año 1810 cuando ésta se inició en la ciudad de Caracas. Inmediatamente pasó a ocupar posiciones de vanguardia en la revolución. El 19 de abril de 1810, se integró a la Junta que sustituyó al gobierno presidido por Capitán General Vicente Emparan. Fue designado en esa Junta como delegado del pueblo, es decir, en representación de los sectores sociales que hasta ese momento no tenían voz ni voto en nada. Y luego, cuando se convocó a elegir a los miembros del primer congreso de la república, Roscio salió favorecido y se integró a este cuerpo para desempeñar funciones destacadas.

Lo cierto es que Roscio fue un doctrinario de la libertad y de la justicia, de la soberanía. No fue un panfletario, ni un guerrero armado con lanza o pistola. Fue un combatiente de las ideas. Entendió que para ganar la guerra contra el colonialismo e instaurar el sistema republicano era imprescindible convencer a los venezolanos de las bondades que suponía vivir en libertad. Por eso fue que se dedicó con su pensamiento y pluma a difundir el ideal republicano. Su preocupación fue la formación del nuevo republicano, en lo cual coincidió con Bolívar y Simón Rodríguez. Los tres entendieron que era necesario superar los hábitos, costumbres, enseñanzas y creencias aprendidas en el medio colonial. Esta formación, aprendida en las aulas de clase, en la familia, en la iglesia y en los distintos ambientes de la sociedad colonial era una herencia demasiado pesada, contra la cual debía irrumpir obligatoriamente el proyecto emancipador. Había que superar tal formación si de verdad se quería establecer un nuevo orden donde el ejercicio de las libertades fuera lo característico. Pero para ello había que, al mismo tiempo que derrotar con las armas al ejército monárquico enemigo, había que difundir por todos los medios posibles los ideales emancipadores a los fines de que los venezolanos se impregnaran de ellos y los asumieran como suyos. De esto se dio cuenta Roscio y fue uno de los que más preocupaciones mostró a favor del tema de la formación del nuevo ciudadano. Evidencia de ello lo corrobora el pasaje siguiente. Estando en la ciudad de Angostura en 1820, cuando era ésta la capital de la República Libre y él fungía de Director del Correo del Orinoco, el periódico de la Libertad, escribió una comunicación a Francisco de Paula Santander, donde deja ver su interés por este asunto así como también su empeño por incorporar a los escritores, pintores, poetas, docentes y demás hombres de pensamiento, es decir, los trabajadores del espíritu, a la causa de la independencia. Sin estos, ni la libertad ni la república serían exitosas sostenía. Esto fue lo que escribió Roscio:

"Los republicanos franceses tenían una población de veinticinco millones y no actuaron contra los franceses realistas sólo con la guillotina y los cañones; a la par de las armas marchaban los instrumentos de persuasión, un diluvio de proclamas, de gacetas, escritores y oradores ocupaban la vanguardia de los ejércitos, llenaba las ciudades, villas y aldeas; los teatros en todas partes, sin fusiles ni bayonetas, declamaban contra la tiranía y a favor de la revolución y el republicanismo, y sin efusión de sangre aumentaba el número de republicanos; la pintura y la escultura contribuían de un modo poco menos expresivo que los teatros a encender más la llama del patriotismo; las canciones, los himnos, hijos de la poesía, inflamaban sobre manera el espíritu, y todo esto, más que la guillotina de Robespierre, vino a fijar el sistema. Nosotros, pues, sin población debemos, al lado de cincuenta mil fusiles, colocar otros tantos medios de persuasión para economizar la sangre de los americanos. Los españoles nos han hecho la guerra con gente americana, con provisiones americanas, con caballos americanos, con frailes y clérigos americanos y con todo americano, por lo cual me dedico, aunque con poco fruto a la táctica del desengaño".

Lo que declara aquí Roscio es que para vencer es necesario convencer. Impregnar a la gente de otra espiritualidad, persuadir a los incrédulos e ignorantes de la pertinencia y sentido de las nuevas ideas, hasta que estos las hagan suyas de manera consciente. Pero para lograr este objetivo se requiere del concurso de hombres y mujeres que en vez de empuñar un arma, empuñen la brocha, escriban libros, declamen poesías, profieran inteligentes discursos, escenifiquen obras teatrales, invadan paredes y calles con dibujos atractivos alusivos a la libertad, a la república, a la independencia, a la justicia y la soberanía. Estos hombres y mujeres acometerían en su campo la tarea de liberar el alma del hombre y mujer colonizada por el pensamiento monárquico. Su tarea era del mismo tenor a la que debían realizar las tropas del ejército libertador. Mientras estos hombres a caballo, atravesaban con sus lanzas los cuerpos de los enemigos realistas y ganaban las batallas, así también ese otro ejército de combatientes del espíritu, con sus integrantes armados de nuevas ideas, debían atravesar los cuerpos vivientes de los venezolanos dispuestos a vivir en el sistema republicano, estremecerlos, herirlos hasta que esas nuevas ideas se incrustaran profundo en el interior de cada uno, confundiéndose con su sangre y su carne. Y allí, en la profundidad del alma, debían quedarse para que la república floreciera definitivamente. La victoria tendría que lograrse entonces en el plano espiritual también, y traducirse en hombres y mujeres enamorados de la república, de la libertad, de la justicia y la democracia. El reto era superar el colonialismo mental enquistado en el cerebro de hombres y mujeres acostumbrados a la esclavitud, al servilismo, a rendir tributo al rey, a los curas y a las autoridades españolas y criollas. Tanto tiempo de sometimiento colonial había rendido extraordinarios frutos a los sectores privilegiados del sistema monárquico. Hombres y mujeres víctimas de la esclavitud, del despotismo y de la discriminación, pasaron a ser personas leales al régimen. Leales al rey y a los amos blancos, leales a la tiranía y al colonialismo. Romper con tal situación exigía en consecuencia atinados y consistentes esfuerzos. Esta fue la tarea que acometió Roscio y he ahí su inmensa contribución al país y a los venezolanos. Ahí tenemos su monumental libro "El triunfo de la libertad sobre el despotismo", una obra inteligente, donde su autor pone en evidencia que "el miedo a transgredir la obediencia religiosa era el asidero mayor de la lealtad a la tiranía de España materializada en su monarca" (Domingo Miliani). Ese miedo alimentado por la teología colonial había que pulverizarlo para que los antiguos miedosos disfrutaran de plena libertad. Ahí están también las numerosas ediciones del Correo del Orinoco, periódico publicado en Angostura, pero difundido en pueblos y ciudades del país en aquellos difíciles tiempos de guerra a muerte. A través de sus páginas había que dar a conocer las victorias obtenidas por el ejército libertador en los distintos combates, pero también había que difundir los proyectos a acometer en nuestro país cuando el gobierno republicano se instalara, y también había que enseñar la doctrina de la libertad, de la democracia, de la soberanía y de la justicia, que los nuevos gobernantes deberían seguir y cumplir.

La verdad es que Roscio fue un revolucionario completo. Un revolucionario de acción y pensamiento que no andaba calificándose a sí mismo con este apelativo, como lamentablemente ocurre con otras personas en parecidas situaciones. Jamás se calificó con este adjetivo. No era un charlatán. Y por reconocer en él esas cualidades especiales fue que Bolívar lo quiso tener a su lado y encomendarle las más altas responsabilidades. Luego de escapar de la cárcel de Ceuta (África) donde el gobierno español lo tenía confinado desde 1813, regresa a Venezuela en 1818 e inmediatamente es designado como Secretario de Hacienda. Este mismo año asume la dirección del Correo del Orinoco; forma parte del Consejo Provisional de Estado organizado por Bolívar en Angostura; integra la comisión redactora del Reglamento de Elecciones que regiría los comicios para designar a los integrantes del Congreso de la República. Este mismo año se encarga de la Vicepresidencia del Departamento de Venezuela. Asume la presidencia del Congreso de Angostura. En 1819 ocupa la vicepresidencia de la Confederación de Colombia y el año siguiente es electo Presidente del Congreso Fundacional de Colombia en cuyo ejercicio encontró la muerte en 1821

Lamentablemente Juan Germán Roscio es un desconocido en nuestro país. Su obra no ha sido reconocida hasta ahora. Casi nadie lo nombra. En el medio político nacional pasa desapercibido. Incluso sus restos mortales aun reposan en la iglesia de La población de Santa Ana, Colombia. Es que en Venezuela se ha impuesto la costumbre de menospreciar a los hombres y mujeres ilustrados y en su defecto se admira a los hombres armados, a los hombres de fuerza física, a los hombres de uniforme, esos que han participado en batallas, en riñas, en guerras. Los demás son segundones. En este cuadro, segundones son los maestros y docentes en general, así como los poetas, novelistas, ensayistas, filósofos, pintores, artesanos. Son segundones esos hombres y mujeres que, como Juan Germán Roscio, con su pensamiento y obra intelectual han preferido dedicarse a ilustrar su propio pensamiento y a ilustrar a otras personas para que se formen y comporten como buenos ciudadanos. Como vemos, los referentes valorativos para calificar la importancia de las personas están tergiversados en nuestro país. Se ha impuesto la fuerzocracia sobre la creatividad y la inteligencia. Pero esto debe terminar para que los hasta ahora segundones pasen a ser apreciados en su justa medida por todo el mundo. Cuando esto ocurra si será verdad que se habrá producido una revolución en Venezuela. Pero será ésta una revolución no de los vencedores sino de gente lúcida y persuadida. Por esto se levantará sobre roca firme. Alguna vez en esta tierra donde todo puede pasar este sueño se concretará. Ojala sea pronto para que nosotros los de mayor edad disfrutemos por lo menos la alborada de esa sociedad en esta Venezuela tan maltratada en los tiempos presentes.



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Sigfrido Lanz Delgado


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