La práctica revolucionaria no es cualquier práctica

En correspondencia con lo escrito por Karl Marx en 1843 respecto a que «la teoría logra realizarse en un pueblo sólo en la medida en que es la realización de sus necesidades» habría que afirmar -revalidando lo señalado por Lenin en su tiempo- que la teoría revolucionaria no será posible ni verificable sin una adecuada práctica revolucionaria. Es decir, si no resulta complicado entenderlo, la práctica revolucionaria no podría circunscribirse estrictamente a lo que sería una gestión típica de gobierno y/o el reclamo constante de reivindicaciones de todo tipo (sin menoscabar su importancia), puesto que ello será actuar en el terreno movedizo del reformismo, sin proponerse mayores metas y, menos, avances que permitan hablar con propiedad de una revolución popular y socialista en marcha.

Esto es algo que comúnmente se pasa por alto a la hora de exigírseles a algunos revolucionarios destacados en el estudio, el debate, la difusión y la formación teórica que se dediquen a la práctica; desdeñándose el papel que ellos cumplen, habida cuenta de los efectos perdurables de la ideología de las clases dominantes que podrían aflorar a cada rato en la mentalidad de los sectores populares, haciendo dificultoso, por consiguiente, la construcción socialista.

Bajo este esquema, la práctica revolucionaria no es, ni podrá ser, cualquier tipo de práctica, sino aquella que, de un modo subversivo y constituyente, contribuya a demoler las viejas estructuras y subestructuras sobre las que se asienta el orden establecido. Es una práctica orientada a definir y a enriquecer las luchas tendentes a modificar radicalmente todo lo existente, no únicamente al ejercicio y fiel cumplimiento de las reglas de juego impuestas por las élites gobernantes y/o dominantes. Caer en esto autolimitaría enormemente la capacidad popular de impulsar y de protagonizar cambios revolucionarios en función de asegurar su propio destino y beneficio, como tendrá lugar en el desarrollo y la consolidación de una revolución verdadera. Al respecto, «es necesario -como lo refleja Ludovico Silva en su Teoría del Socialismo Humanista- guiarse por una teoría que sea expresión de la práctica social en la que vivimos». Este detalle es muy importante a la hora de determinar qué clase de teoría revolucionaria y qué clase de práctica revolucionaria es la que encaja con nuestro objetivo de llevar a cabo una revolución popular y socialista, diferenciándola en todos los aspectos a lo que distorsionada e históricamente se identifica como tal. Algo poco sencillo, ciertamente, pero que no se puede ni se debe eludir por razones diversas, aún las de Estado que suelen invocarse para eliminar cualquier eventual cuestionamiento a quienes conforman el estamento político gobernante. Volviendo a Ludovico Silva y su obra citada, «no se trata, digámoslo de una vez, de la idea simple de que la cátedra o el libro se conviertan en instrumentos subversivos, aunque en un momento dado pueda ser ello conveniente. Se trata, más bien, de que el hombre que enseña teorías a través de una tribuna pública, enseñe también la relación que hay entre sus teorías y la práctica social. Si se procede de acuerdo a este criterio, la enseñanza será forzosamente una actividad práctica revolucionaria, pues será la enseñanza de la verdad, y la verdad, como la belleza, es siempre revolucionaria, aunque sólo sea por el hecho de que no persigue el falseamiento ideológico, sino la denuncia científica, que es un modo de despertar a las conciencias».

Por eso, lo aseverado por Marx en relación a que «los filósofos no han hecho sino interpretar de diversas maneras el mundo, se trata ya de transformarlo» tiene que insertarse en esa búsqueda y compartir de saberes que debe propiciarse de forma constante a lo interno de las diferentes organizaciones que promueven la Revolución. Y al mencionar a los filósofos hay que entender que eso no excusa a todo aquel dotado con algún grado de conocimiento, académico o no. Pero, es pertinente aclarar, asimismo, que esta transformación del mundo no puede propiciarse bajo los mismos esquemas de desarrollo del llamado mundo moderno, dominado en gran parte por la lógica perversa del capitalismo. Esto no disminuye del todo los aportes que se pudieran extraer y utilizar del conocimiento general del cual somos todos receptores, cosa que se extiende, lógicamente, a lo propio en el campo revolucionario. La práctica revolucionaria, en tal caso, habría de comprenderse como aquella que se cuestiona, se enriquece y se revisa a la luz de los cambios revolucionarios que origina, logrando que éstos se hagan irreversibles y, por tanto, tengan repercusiones significativas en relación al modelo civilizatorio de nuevo tipo que se estaría erigiendo mediante un poder popular actuando de forma totalmente autónoma, subversiva y constituyente.-

 

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¡¡¡Hasta la Victoria siempre!!!

¡¡¡Luchar hasta vencer!!!

 

 

 

 



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Homar Garcés


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