Y por claro y por fecundo se llama entonces el mundo

Entre 1498, fecha que marca el arribo de Cristóforo Colombo a esos mares parianos y 1810, data en el cual se da inicio de lo que en primaria se aprendería como el primer grito de independencia, a propósito de aquel jueves santo del 19 de abril, suman la nada subestimable cantidad de 318 años. Trastocar a múltiples comunidades originarias que alcanzaron, por lo menos, a tener una población de 100 millones de habitantes para luego de trascurridos dos siglos, quedar diezmada al 60 por ciento de la misma. Es decir, en 200 años de invasión y colonización, fueron barridos 60 millones de seres humanos, constituye el hecho más cruel y espantoso contra nuestros hermanos originarios. Ello permite inferir que el promedio de muertes anuales, en esos dos siglos, alcanzó la suma de 300 mil por año; 25 mil por mes; 6250 por semana un poco más de 893 por día. Seis millones de indígenas peruanos se redujeron a un millón entre 1532 a 1628. En otras palabras, en el transcurso de 96 años, la población originaria del Perú quedó reducida al 16, 6 por ciento. Arrasaron con 5 millones de seres humanos, lo que significa el 83 por ciento de la etnia indígena peruana. Destrucción, pillaje y genocidio: baste decir que los veinticinco millones de habitantes que tenía México en 1500 se redujeron a un millón entre 1519 y 1605; un descenso demográfico de 96%, afirma Fernando Báez, en su contundente trabajo El saqueo cultural de América Latina, (Editorial Debate, 2008).

Ante ese hecho históricamente atroz bien cabe justificar la sentencia de El Libertador, Simón Bolívar, el 15 de junio de 1813, en Trujillo, a propósito del llamado Decreto de Guerra Muerte: Nosotros somos enviados a destruir a los españoles, proteger a los americanos y a establecer los gobiernos republicanos… Todo español que no conspire contra la tiranía en favor de la justa causa por los medios más activos y eficaces, será tenido por enemigo y castigado como traidor a la patria, y por consecuencia será irremisiblemente pasado por las armas… Dos bandos adversarios, dos bandos contendientes: americanos y españoles. También escribiría Bolívar, su secretario de entonces sería Briceño Méndez: el sólo título de Americanos será vuestra garantía y salvaguardia. Nuestras armas han venido a protegerlos, y no se emplearán jamás contra uno solo de nuestros hermanos.

Luego de expulsar a los tiranos y opresores de las entonces provincias de Mérida y Trujillo, el singular Congreso de la Nueva Granada enviaría la tropa de combate con el firme propósito de emanciparlos. Entonces Bolívar, tendría el grado de Brigadier de la Unión y General en Jefe del Ejército del Norte Libertador de Venezuela. Su concepción es indudablemente libertaria: Nuestra misión, precisa, sólo se dirige a romper las cadenas de la servidumbre que agobia todavía a algunos de nuestros pueblos, sin pretender dar leyes ni ejercer actos de dominio, a que el derecho de la guerra podría autorizarnos. Categórico y preciso, El Libertador, sin acometer hechos de poderío ni potestad. Liberar, jamás oprimir, no obstante el derecho que otorgaba ser triunfador en la guerra.

Mucho se habrá escrito sobre ese decreto con no menos encendidas polémicas. Sería interesante sistematizar las opciones y los puntos de vista. Pero su contundencia es y será siempre histórica y es capaz de volar la tapa de la lógica, en verso del Chino Valero Mora. Quizás constituye un principio pétreo de la guerra. Bolívar expresa el diagnóstico: Tocados de vuestros infortunios, no hemos podido ver con indiferencia las aflicciones que os hacían experimentar los bárbaros españoles, que os han aniquilado con la rapiña y os han destruido con la muerte; que han violado los derechos sagrados de las gentes;… y en fin han cometido todo los crímenes, reduciendo la República de Venezuela a las más espantosa desolación... Es posible que la parte del decreto más conocida y divulgada sea el final. Una verdadera llamada del destino. Una reiteración categórica, definitiva, contundente e irreversible. Españoles y Canarios, contad con la muerte, aun siendo indiferentes, si no obráis activamente en obsequio por la libertad de América. Ahora sabemos que un obsequio viene a ser un regalo y de su origen sabemos que constituye la adivinación del porvenir por el vuelo de las aves. Un destino de la patria liberada. Un presente convertido en legado de la humanidad doliente de América. Salud Bolívar por todo el vino que te acompaño en tus bailes con Manuelita Sáenz. Honrar tu definitiva batalla contra el imperialismo, seguir tu ejemplo, significan cumplir el rol revolucionario del siglo XXI.

Simón Bolívar proclamaba: la justicia exige la vindicta y la necesidad nos obliga a tomarla. Que desaparezcan para siempre del suelo colombiano los monstruos que lo infestan y han cubierto de sangre, para lavar de este modo la mancha de nuestra ignominia y mostrar a las naciones del universo que no se ofende impunemente a los hijos de América. Sin embargo, la justicia también la expresa con sapiencia y no menos dignidad y teje una propuesta. Una moción trabada de comprensión y de factible entendimiento, de un reconocimiento de dadivoso corazón, munífico expresado en semejantes letras: A pesar de nuestros justos resentimientos contra os inicuos españoles, nuestro magnánimo corazón se digna, aún, abriles por la última vez una vía a la conciliación y a la amistad; todavía se les invita a vivir entre nosotros pacíficamente. Si detestando sus crímenes y convirtiéndose de buena fe, cooperan con nosotros a la destrucción del gobierno intruso de España y al restablecimiento de la República de Venezuela.

Una impronta anida en nuestra existencia cotidiana. Un rastro parece asirse a la memoria y un proyecto histórico nos toma por irrupción. Pertenece al devenir de nuestra herencia hasta a los mismos traidores que más recientemente hayan cometido actos de felonía. Simón, arcoíris de la paz. Viene, entonces, Aquiles Nazoa al decir su poesía rimada en décima, elegante y adestrada, y brinda un obsequio de amor a tu memoria, a tu significado histórico y tu presencia cotidiana:

Cuando en su esbelta alfajía

surge la aurora mojada

para tender su mirada

sobre los campos del día,

y en la temprana herrería

despierta el yunque cantor,

porque habla en lengua de amor,

y por claro y por fecundo,

se llama entonces el mundo

Bolívar Libertador.

Cuando el aguacero frío

sus rotas cátaras vierte

y en toronjiles convierte

las candelas del estío;

cuando la tierra es plantío

con altas yerbas de olor,

ese tiempo labrador

que abril cantando inaugura,

se llama por su hermosura

Bolívar libertador



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Efraín Valenzuela

Católico, comunista, bolivariano y chavista. Caraqueño de la parroquia 23 de Enero, donde desde pequeño anduvo metido en peos. Especializado en Legislación Cultural, Cultura Festiva, Municipio y Cultura y Religiosidad Popular.

 efrainvalentutor@gmail.com

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