El regalo que no supimos dar a Fidel

Una madrugada de insomnio, un revolucionario puede tropezarse con Fidel. Ese momento será un examen de vida, y allí, en esa semivigilia, ensoñando, podrá intercambiar sentimientos, en esos momentos las palabras ceden su lugar al lenguaje del alma.

Frente a Fidel inconfundible, con su verde olivo y su gris barba, la mirada de águila, el arrojo del tigre, la bondad de una madre cubriendo a los polluelos, el revolucionario revisará su vida urgente, como el que cae por un acantilado; no puede sostenerle la mirada, presiente la figura inmensa, la respeta, la admira, lo encandila su luminosidad, ella es la vida de todos sus iguales.

No habla, no puede, le toma las manos suaves y un leve temblor acompaña la reverencia de hijo, de discípulo. Fidel se sienta y calla. Ahora están en un gran salón, sentados en una larga mesa comparten con viejos guerrilleros, algunos son Comandantes, están Camilo y el Che, Raúl de pie tras Fidel, enfrente sentado Chávez riendo, también Quintín Moya, Miguel Noguera, acompañan a Fabricio; Argimiro acaba de llegar con su uniforme rebelde. Comen algo dulce y amargo que -se anuncia- viene de la Sierra, beben un líquido azul que es la madrugada del 4 de febrero, algunos tienen en sus vasos la miel que manó del Moncada, otros se inclinan frente a una jarra perlina con agua de la Quebrada del Yuro, hay cambures de Iracara. La mesa es servida por mujeres del futuro, los hombres vigilan y recogen frutas de árboles que adornan la sala.
De repente todo oscurece, todo desaparece en una bruma gris, sólo una pequeña luz (¿un cocuyo?, ¿una estrella?) salta en el salón. Una voz resuena en la oscuridad: "A la gloria del que cumplió con su deber", que comience la fiesta. Irrumpen las notas de La Internacional, que alumbran "arriba parias de la tierra, en pie famélica legión"; después, el Himno del Guerrillero abre pista a la música de Benny Moré; Rosa Luxemburgo y Liebknecht es la primera pareja que baila; Lenin y Krupskaya, Trotsky y Natalia, La Pasionaria, la legión internacionalista los siguen.

Neruda recita un poema dedicado al que cumplió su deber, una campana anuncia que va hablar el agasajado, estamos en la escalera de la Universidad, se yergue el festejado flanqueado por Echeverría, Vilma, Melva, Haydée, Frank, Abel, Camilo. Tiene treinta y tres años, la edad de Cristo, viene cargando una cruz, lo ayudan a bajarla. La cruz se transforma en fusil y libro, leche y miel para los niños.

"Estoy cumpliendo noventa años, he vivido en dos siglos y una Revolución, la vida ha sido buena conmigo, la historia ya dio su veredicto. Estoy tranquilo. Un día frente al tribunal de la dictadura que me juzgaba por haber reivindicado al Apóstol Martí, por seguir sus enseñanzas, dije que no había otra manera de homenajear a los caídos que cumplir los sueños que los llevaron al Asalto al Moncada. Hoy tengo la osadía de decirle a ustedes que en esta fecha no les pido otro regalo que seguir luchando, que continuar librando la batalla por la redención de la humanidad".

Al llegar la pródiga aurora. El Revolucionario despertó, salió a la calle y en una pared blanca pintó un letrero: ¡Viva Fidel, Viva Chávez! ¡Arriba parias de la tierra!



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Toby Valderrama y Antonio Aponte

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