La revolución y el pavor atávico de la burguesía

Para alguien cuerdo en Venezuela u otra nación de este planeta, resultaría incomprensible y hasta extravagante el comportamiento disociado y la intolerancia extrema de la oposición venezolana (expresada en un discurso clasista y racista que los lleva a ignorar -tajantemente- la existencia de los sectores populares que eligieron a Chávez y a Maduro), cuando sus propósitos estarían apuntando a la conquista del poder constituido. Sus máximos representantes, tanto los que se hallan en el territorio nacional como aquellos que disfrutan de un auto-exilio dorado en el extranjero, principalmente Miami, han instigado sabotajes de servicios públicos, boicot económico, atentados terroristas, financiamiento de bandas de agitadores, asesinatos selectivos de dirigentes chavistas destacados, y desmoralización mediática, entre otras cosas, en un raro intento por captar la voluntad del pueblo y así lograr la meta que se han trazado de acabar con el proceso de revolución bolivariana, iniciado bajo el liderazgo del Comandante Hugo Chávez.

En algunos casos (verificables, sobre todo en las redes sociales), hacen gala de un sifrinaje político con el cual parecen auto-congraciarse, queriendo demostrar una superioridad racial y social, remedando anacrónicamente a los mantuanos, sus antecesores de la época colonial, creyéndose estar por encima de la mayoría de la población, a la cual someten a todo tipo de insultos y descalificaciones. Esto los ha conducido a juzgar que sus intereses particulares son los mismos de la mayoría, además de estar revestidos de una inmunidad absoluta ante la aplicación de las leyes, de modo que cualquier acción del Estado para que paguen por los delitos cometidos (incluyendo un golpe de Estado mediante el cual quedaron abolidos todos los derechos constitucionales establecidos, violencia callejera, destrucción de edificaciones y vehículos públicos) es automáticamente desacreditada, culpándose al gobierno chavista de violar sistemáticamente los derechos humanos y de acosarlos y encarcelarlos por disentir de su ideología política.

Por eso, cuando Chávez empezó a cambiar la correlación de fuerzas existente en el país, aplicando una redistribución de la riqueza social generada por la renta petrolera, sonaron las alarmas de la burguesía, una burguesía que a todas luces siempre ha sido parasitaria, obteniendo y asegurando su fortuna gracias al contubernio sostenido con los diversos gobiernos del pasado, además de su empalme con los intereses imperialistas de Estados Unidos. Como bien lo reconoce David Frum, en su artículo Venezuela: ¿abandonará el chavismo?: "Venezuela tiene una amarga historia nacional, y nadie había sido mejor vocero de los resentimientos y anhelos de sus clases subordinadas que Hugo Chávez. En una nación cuya élite históricamente parecía europea, el rostro de Chávez proclamaba su ascendencia indígena y esclavos africanos. Él bromeaba, se enfurecía, le concedía favores a los barrios y se hizo enemigo de las tradicionales clases altas".

Tal cosa era, y es, demasiado de soportar para una clase social que poco se involucraba directamente en la política y escasamente llegó a preocuparse por la suerte que corrieran sus "compatriotas" marginales. Máxime al oír de Chávez que se iniciaba en este país una revolución bolivariana, de carácter socialista, que les hizo revivir en esta burguesía parasitaria las viejas consignas anticomunistas de la Guerra Fría con que se atacaba a Cuba y a la URSS, destapando miedos atávicos que la impulsaron a respaldar alegremente el derrocamiento del gobierno en 2002. De ahí en adelante, ella activaría todo mecanismo de desestabilización diseñado por sus mentores gringos; a lo que se agrega el estrangulamiento y acoso económicos con que busca soliviantar, precisamente, a los sectores populares que tanto desdeñan. Hasta ahora, sus representantes se han mantenido en ese trance, absortos en su mundo de irrealidades, aún cuando manifiestan sus intenciones de participar en las elecciones parlamentarias que se realizarán este año, al mismo tiempo que acusan al CNE de fraude electoral, en una paradoja que no parece importarles mucho.-



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Homar Garcés


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