La entrega de dólares a turistas y a seudoempresarios podridos en dólares es una malversación de fondos públicos

¿Cómo operaba antes el empresario que hoy le solicita dólares al gobierno para, por ejemplo, cubrir ciertos costos de producción como son materias primas importables, maquinarias y mercancías semiterminadas y terminadas, o sencillamente para compras suntuarias?

Sencillamente, iba a su banco de confianza y a este se los compraba y sin limitación alguna o con muy poca. El banco se los abonaba en sus cuentas en el extranjero o se los entregaba en efectivo.

De esa manera, ya ese sólo acto representaba fuga de divisas, dólares que perfectamente podían quedar total o parcialmente en el exterior y sólo una parte podía ser usada para lo que le diera la gana el dueño de esos dólares, producir lo que diera más ganancias y no lo que más requería el progreso del país; descaradamente, sólo progresaba el empresario.

A partir de ese momento, estábamos en presencia de un empresario con fondos en divisas que ya no tendría por qué solicitar o comprar a más dólares, aunque nada le impedía seguir haciéndolo según el límite que le fijaran sus disponibilidades en bolívares. Jamás gobierno alguno, y el presente tampoco lo hace, les exigió sus estados financieros en dólares ni sus balances en la banca extranjera.

Tales divisas, tanto las que los empresarios y no empresarios tenían en cuentas extranjeras como las que usaban para comprar bolívares, más las que algunos turistas trajeran, mantenían una paridad o paridades fijas, con tenues e inevitables fluctuaciones diarias, semanales o para periodos más largos. Su patrimonio en divisas solía mantenerse constante o protegido de fluctuaciones perjudiciales.

Fue así como los dólares con los que las concesionarias pagaban el petróleo retornaban al mismo saco original, además de mil y otros artilugios o trampas comerciales y financieras de las cuales la Contabilidad burguesa y sus licenciados por el Estado tienen buenos archivos.

Todas esas compraventas de dólares encajaban perfectamente en la variante delictual llamada malversación de fondos, ya que los dólares importados por el país sólo deben haber servido y deben seguir sirviendo para compras de bienes que no se produzcan en casa.

Los turistas se quejarían y argumentarán que se necesita dólares para viajar, para estudios, para comprar bienes de uso personal, etc., pero un país que necesite vender su petróleo para crecer y evitar la monodependencia de este y otros recursos naturales no ha podido jamás, ni ahora menos, darle un uso tan libre a esas divisas, tan libre que aun con el presente Control de cambio podemos afirmar que sigue dándose varias forma de malversación del fondo petrolero, que es el principal fondo público, constitucionalmente hablando.

Hoy, la salida hallada por esos mismos exportadores de divisas para seguir drenando dólares a su origen es sin lugar a dudas las el mecanismo de la compraventa de dólares supuestamente controlados, unos más baratos que otros, salvo que ahora, por lo menos, no pueden hacer con ellos lo que les venga en gana, sino que, en principio o en teoría, en el papel, o de mentirillas, sólo puede comprarse divisas para la fabricación o importación de determinadas mercancías, una teoría o un supuesto que, ya lo hemos visto, es perfectamente burlado porque la Contabilidad burguesa aguanta todo. Y porque generalmente las auditorías practicadas por el Estado suelen ser expost, o sea, después de que el clavo ha pasado.

Para suplir las restricciones de venta de dólares a turistas, por ejemplo, el Estado y nuestra sociedad debe abocarse a crear suficiente confianza económica en nuestra moneda, con avales físicos, con el aval de las reservas petroleras. No tirar a un lado nuestro bolívar y seguir estimulando compras suntuarias con los mismos dólares provenientes del petróleo porque eso se ha traducido el trueque de petróleo por pendejadas, bisuterías banalidades turísticas de unos pocos mercachifles, y para hacer ricos a los intermediarios financieros (seudoempresarios) de EE UU que se encargan de retornar las divisas que usaron para llevarse nuestro petróleo.


[1] El turismo, por ejemplo, es una bien suntuario y como tal no debería recibir dólares baratos, sino todo lo contrario.



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Manuel C. Martínez


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