Ante nuestra vieja guerra contra un contrario que es como unas ratas[1] camaleónicas

Aprendamos de la moraleja del lazarillo ciego

Seguimos sin leer a Marx, sin comprenderlo para aplicarlo; digamos que nos quedamos cortos en su teoría, y cortísimos en su praxis.

Lo que confrontamos por ahora en Venezuela ("guerra económica" expresada en bachaqueo, acaparamiento, adulteración contable en la estructura de costo, suba de precios, o sea, en suma: devaluación monetaria inducida), más que una guerra económica, es una de las variadas batallas que por ahora nos toca emprender para de ella salir victoriosos.

Marx predijo ortodoxamente la autoliquidación del régimen capitalista, que se va "suicidando" cámara lenta, acosado por ineluctables y tendenciosas mermas crecientes en su tasa de ganancia, mermas que el propio sistema provoca cual ciego lazarillo que conduce a sus guiados hacia el barranco más cercano.

Esa moraleja del lazarillo ciego nos alerta sobre la alta responsabilidad que tienen los líderes revolucionarios para seleccionar las más acertadas estrategias y tomar las medidas más adecuadas y conducentes a la victoria en cuestión.

Una de las formas más expeditas de contribuir al aceleramiento[2] de esa autoliquidación, vislumbrada por Marx, es la libre y ampliada competencia, la propia libertad de comercio, al punto de acabar con todos los dañinos vicios y vestigios de viejas formas de extracción de plusvalor; vicios feudaloides y esclavistas.

Paradójicamente, la misma mediática capitalista ha venido vendiendo y defendiendo la libre empresa como su mejor escudo contra el intervencionismo estatal que podría, así lo venden, sacar prematuramente el capital del juego.

Paradójicamente, pareciera ser todo lo contrario: mientras menos liberalidad comercial brinde un Estado al ejercicio del mercado de libre competencia más se le acercaría su propia destrucción[3]. Quedan a salvo, las actividades relacionadas con el contrabando de extracción/importación y las formas paramonopólicas en la formación de precios, etc. Por consiguiente, toda manifestación intervencionista repotencia el capital y alarga la vida al modo burgués.

La actual guerra económica que atribuimos al capital, que en alto porcentaje la revolución ha desplazado del poder político, responde sencillamente a la naturaleza particular de la Economía Política. Esta suele "levantar las pasiones más vivas, más mezquinas y odiosas del corazón humano, todas las furias del interés privado, contra su investigación libre y científica"[4], y-agregado nuestro-contra cualesquiera medidas que atenten contra el libre mercado. O sea, la defensa del libre mercado no es un asunto de decretos superestructurales ni de un articulado constitucional, es una praxis ínsita al capitalismo en funciones.

Esto sigue vigente la Inglaterra y EE UU:

La Alta Iglesia de Inglaterra, por ejemplo, perdonará con mucha mayor facilidad un ataque contra 38 de sus 39 artículos de fe que contra un 1/39 parte de sus ingresos; así recogió Marx la amplia mutabilidad que en la defensa del capital sus protagonistas-incluidos los asalariados de cerebro lavado[5]-están siempre listos para aplicarla de mil maneras paralelas o sustitutivas entre sí.

Eso, en la batalla de las ideas, pero en la praxis de la lucha o guerra contra ese capital, este asume las mismas pasiones cual cuero seco cada vez que el Estado hostil a sus interés interviene, y es esta intervención la que despierta tales pasiones, la que da pie nuevas y aceleradas formas de recuperación de las ganancias perdidas y multiplicación de las obtenidas en previsión a futuras o posibles nuevas pérdidas. Cuando el Estado da un paso, el capitalismo inicia una carrera veloz.

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* Cuando a un bachaquero o a un contrabandista se le decomisa un alijo de x valor en el sitio A, por ejemplo, él mismo está contrabandeando por valor de 2x o más por otro punto. Hemos sugerido hasta el cansancio que se emprenda una pronta construcción de una levada y gruesa muralla a lo largo de toda nuestra frontera con ese vecino país. "A grandes males, grandes remedios", y esto no tiene nada de maquiavelismo ni de xenofobia.


[1] Con mis excusas a estos roedores.

[2] Marx dijo que no se podía saltar las fases del desarrollo del capitalismo, pero sí "podían aliviarse los dolores del parto".

[3] Misma nota 2.

[4] Carlos Marx, Prefacio de El capital, Primera Edición alemana.

[5] Hoy, en Venezuela se les conoce como escuálidos y escuálidas, trabajadores, a veces, excelentes que se hallan cuadrados cual verdugos tarifados con su propio explotador al cual consideran su benefactor porque les da trabajo, e ignoran que este vive y se enriquece con ellos a cambio de las migajas que les da como salario, un salario que estos alienados aprecian sólo en su valor relativo cuando observan a las muchedumbres de desempleados que el sistema engendra pero que él asimila a su flojera, a su falta de voluntad e incapacidad para administrase, y a otras tantas mentiras que la propia mediática burguesa les inocula en sus cerebritos donfulgencianos.



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Manuel C. Martínez


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