Sentimientos navideños: Carajitos con juego costoso

Antes de la navidad, mucho antes, la divina fortuna, fue así porque pese todo se presentó como azarosa, les trajo un juguete hermoso para ambos, tanto que uno no se atreve a calcular el precio porque no hallaría como volver la cifra una figura inteligible y hasta creíble. Más si piensa en lo que a ellos dio felicidad y contento. Sería en verdad de mal gusto ponerle cifras a aquel estado que les hace sentir como en las nubes y con sonrisas pintadas en los rostros sin fingimiento alguno; si en algo son auténticos, es este estado de ánimo armonioso y angelical que les embarga.

Ahora mismo, en los umbrales de la navidad se pasean amorosamente agarrados de la mano que bambolean de adelante hacia atrás y se lanzan nada furtivas miradas llenas de ternura. Caminan como levitando, o mejor levitan, pues si uno mira bien, van como Aquiles, el hijo de la diosa Tetis, por el campo de batalla, con la diferencia que aquel se desplazaba velozmente, armado, combatiendo y quizás aprisionado por la furia, mientras estos van pausados, llenos de pasión y ternura que quisieran para todos, pero se frustran sus deseos por falta de furor y hasta un poco de tierra qué tocar.

Cuando pasan por los supermercados y cualquier tienda donde la gente se apiña o hace largas colas para comprar lo que tantas veces han comprado, algunos, los de atrás, los de siempre, llegan cuando la oferta se ha agotado y se van defraudados, cansados y tristes, ellos embelesados en su felicidad no se percatan. Pasaron de largo, absortos en sí mismos, amorosos y cuando alguien más adelante, les pregunta:

-¿Cómo está la cola de la harina?

Miran a quien así les interroga con asombro, como si les hablase en una lengua irreconocible y hasta no logran verle la cara que la lleva borrosa y se vuelven a mirar, como lo vienen haciendo desde que les dieron su juguete costoso, suspiran al unísono y continúan su marcha sin dar respuesta alguna. Eso sí, sin soltarse las manos.

Ahora están a la orilla del mar, es un mar oceánico y allá lejos se percibe el horizonte claro y definido. Imaginan, sin dejar de mirarse por momentos, con aquella sonrisa soñadora e inocente, que más allá hay un mundo perfecto donde la vida está hecha para la felicidad que les embarga; por eso, como cuando pasaron por aquella fastidiosa y larga cola, ahora frente al mar, solo voltean buscándose sus rostros, nada de mirar atrás; se rompería el encanto o el hechizo y la belleza con ese asunto pedestre de las colas.

Llegó la navidad. La gaita zuliana que revienta con más entusiasmo, alegría y belleza, por la fiesta de la chinita, está sonando en el país todo. Porque así nos convirtieron, dependientes de una sola cosa para mejor manejarnos. ¿Cómo haría la industria de la música o el sonido, si tuviese que editar y promover un disco para cada una de las bellas e inconmensurablemente ricas manifestaciones musicales de Venezuela para tiempos de navidad? ¡Eso no sería negocio! ¡Siempre lo importante es el negocio, lo demás puede irse mucho a la cochinchina! Lo importante es el comer, la moral viene después”, dijo Berthold Brecht.

Eso sí, ellos como a todos, quizás es lo poco que comparten con el todo, no porque no quieran sino porque su embeleso amoroso es superlativo, gozan de la gaita zuliana y cuando esta suena, sobre todo al compás ronco de los furros, sus cuerpos se agitan, se mecen con entusiasmo y en sus rostros se mezcla la ternura con la emoción que despierta aquella música candente y cadenciosa.

Sus pasos les llevaron ahora aquella colina desde donde se ve a sus pies, arrodilladas la ciudad y la gente. Aquella y ésta allí están con sus problemas, su agite que anuncia momentos presagiosos, más allá de las colas, la precariedad del no encontrar lo que busco o dejar el esfuerzo de mi trabajo todo en una poca cosa, sus mercaderes felices sin estar enamorados ni atesorar juguete nuevo, pero viendo cómo se multiplican sus panes mientras sus clientes cómo se les achica la cartera. Afortunadamente ellos están arriba, no miran los detalles, lo minúsculo, viven embelesados en ellos mismos y en un viejo, pese a que no es de hace mucho, recuerdo que les habla de otro panorama.

¿Sueñan? Podría ser. El embeleso que les acompaña y hasta cubre con su manto, podría ser eso, un sueño. No es entonces que quieran ignorar lo que transcurre en las calles, sino que sueñan y nadie quiere abortar un sueño hermoso. Ni siquiera quienes embarcados en esta nave que cruje, se agita por las olas gigantescas que amenaza hacerla naufragar, sueñan con llegar al puerto sanos, salvos y con la nave majestuosa. Desde el puente, quisieran mirar cada detalle y sonreír con la sonrisa de todos.



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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

 damas.eligio@gmail.com

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