Antígona en Barquisimeto, Rodolfo Izaguirre en la Luna

Increíble. Lo contaré porque enseña lo mejor y lo peor de Venezuela. Me invitaron a Barquisimeto colectivos de mujeres organizadas y feministas,  organizaciones de base, para unas charlas sobre “Comunicación y Guerras de última generación”. Fueron tres días con mujeres de verdad, trabajadoras, aguerridas, valientes, amorosas, en charlas por radios comunitarias, en la casa de la cultura de Cabudare, en la comunidad de Tierra Negra… Aporté lo que pude, recibí toda clase de enseñanzas, y terminé con el corazón encendido por tanta nobleza, valentía y amor.

Y el domingo muy temprano, desayunando y leyendo los diarios en una panadería de Barquisimeto, me encontré con un artículo de Rodolfo Izaguirre en El Nazional, titulado “ANTÍGONA”.  Lo que yo estaba viviendo con las mujeres larenses (las “guaras”) evocaba a la maravillosa heroína de la tragedia griega. El personaje femenino del teatro griego de Sófocles ha sido siempre símbolo de la rebeldía femenina contra la crueldad del poder. Hegel y otros filósofos la amaron, y no es para menos, cuando leemos su historia:

“…La guerra concluye con la muerte de los dos hermanos en batalla, cada uno a manos del otro, como decía la profecía. Creonte, entonces, se convierte en rey de Tebas y dictamina que, por haber traicionado a su patria, Polinices no será enterrado dignamente y se dejará a las afueras de la ciudad al arbitrio de los cuervos y los perros. Los honores fúnebres eran muy importantes para los griegos, pues el alma de un cuerpo que no era enterrado estaba condenada a vagar por la tierra eternamente. Por tal razón, Antígona decide enterrar a su hermano y realizar sobre su cuerpo los correspondientes ritos, rebelándose así contra Creonte, su tío y suegro (pues estaba comprometida con Hemón, hijo de aquel).

La desobediencia acarrea para Antígona su propia muerte: condenada a ser sepultada viva (y morir de hambre), evita el suplicio ahorcándose. Por otra parte, Hemón, al ver muerta a su prometida, tras intentar matar a su padre, se suicida en el túmulo, abrazado a Antígona; mientras tanto, Eurídice, esposa de Creonte y madre de Hemón, se suicida al saber que su hijo ha muerto…. Como en todas las tragedias griegas, al final mueren todos los personajes y los espectadores de primera fila…

Para Hegel “Antígona” era  “…una de las más sublimes obras de todos los tiempos, primorosa bajo todos los aspectos. En esta tragedia todo es consecuente: están en pugna la ley pública del Estado y el amor interno de la familia y el deber para con el hermano”. Y la escritora Marguerite Youcenar dijo: “El péndulo del mundo es el corazón de Antígona”.

Por eso, cuando leí el artículo de Izaguirre pensando en las valientes mujeres de Venezuela, no podía creer que concluyera escribiendo “…he agregado al de María Corina Machado el nombre de Antígona: un nombre, a mi parecer, alto, sonoro y significativo”. ¡Ahora si se subió la gata ladrona a la batea!  

Yo sabía que Izaguirre era escuálido, pero nunca imaginé que en su deterioro intelectual (o senilidad) había caído tan bajo como para comparar a la rebelde Antígona con la payasita sanguinolenta que fue a sentarse al lado y mostrarle las rodillitas al Amo del Mundo, al más cruel de los Reyes de la guerra, el genocida George W. Bush. ¿Cómo es posible que Izaguirre, con más de 80 años, se haya deteriorado al punto de arruinar su propia memoria con semejante declaración. Ya nos encargaremos que nadie olvide que comparó a la Malinche Machado con Antígona, y que insultó a las mujeres venezolanas (las de verdad, no las plásticas) al decir que María Corina Machado era la mejor de todas, ¡porque la comparaba con Antígona!

Pienso en las valientes mujeres bolivarianas de Barquisimeto, de Tierra Negra, del Cercado, de Cabudare, de Quibor y otros tantos lugares de Lara, protagonistas de un feminismo con tres raíces y ocho estrellas, cercano al corazón y a la tierra, y me alegra saber que estas hermanas de Antígona no van a gastar saliva para escupir sobre tu tumba, Rodolfo Izaguirre, viejo amargado y engrinchado como pescado salado, admirador de María Corina, la vendepatria mayor, farsante del Departamento de Estado y del Comando Sur, cómplice de Uribe.

Y como Rodolfo Izaguirre siempre estuvo asociado al cine y a la Cinemateca, podemos concluir con personaje diciendo: “¡Que película tan mala: al final se muere el viejo baboso y la muchacha se casa con el Tirano… ¡Mueran las pitiyanquis y vivan las valientes Antígonas de Lara y Venezuela!



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Eduardo Rothe


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