¡Detengámonos hay tiempo! Recordemos Chile y Allende

En la época de mi infancia, en Cumaná, solíamos decir de algo que estaba mal pegado o se despagaba fácilmente, “eso lo pegaron con baba é perro”. Era esta una pega de origen vegetal, procedente de una pequeña fruta silvestre que utilizábamos muchas veces, a falta de otra cosa, para reparar los útiles escolares. Eran los tiempos de la segunda guerra, de cuando era más difícil encontrar cosas de uso cotidiano que ahora, pese que uno tienda a creer por pesimista que se está acabando nuestro mundo.

De la vieja izquierda no pudimos decir que estaba pegada ni siquiera con “baba é perro”, porque si se estudia la historia nacional, después de muerto Gómez, para tomar una referencia manejable, nunca pudo ponerse de acuerdo en nada. Apenas en los años finales del pérezjimenismo, el PCV y sectores de AD, sobre todo los jóvenes de esta organización, pudieron desarrollar políticas unitarias que tuvieron acierto y contribuyeron al derrocamiento de la dictadura. En lo que se llamó el regreso a la democracia, Betancourt pudo por un cierto tiempo, deslindar a sus jóvenes compañeros del PCV y hasta con sus políticas contra el interés nacional y los pobres, produjo la magia de volver unir a aquellos sectores. Dentro de ese proceso de acercamiento, nació el MIR.

Si estudiamos el espacio temporal de la llamada lucha armada encontramos en gran medida una historia de divisiones y enfrentamientos, tanto que al retornar a la legalidad había más partidos de izquierda que en toda la anterior vida nacional. La tarjeta electoral misma había que agrandarla para que cupieran todos, los que al final eran muy pocos los votos que alcanzaban.

Porque las contiendas electorales, en las cuales AD y Copei se cambiaban el gobierno para darle vida a un sistema que agonizaba, ofrecía otro trágico cuadro, representando a una izquierda dispersa con tres y cuatro candidatos en buena forma ofreciendo las mismas cosas a sus potenciales electores. Aquella izquierda al pasar de cuatro rebuscaba en las ideas cual servía para dividirse en dos de dos.

Dentro de esta tragedia, se produjo el fenómeno chileno y la derrota de Allende. Todo aquel que ha ahondado ese episodio trágico de la vida latinoamericana, hallará un componente que hizo bastante daño y posible la acontecido. La izquierda chilena en su conjunto no pudo hallar un punto sólido de acuerdo y las acciones de un lado y otro se entorpecieron y debilitaron sin duda la unidad popular. El Movimiento Sandinista, fue víctima de la desunión y ese factor permitió al Departamento de Estado hilvanar una política, que pasó por constantes y abundantes actos de sabotaje, para al final hacer que la derecha retornase al poder con la señora Chamorro. El pueblo, en aquella disputa que, lejos de aclararle las cosas, se confundió e hizo que asumiese los males generados por la conspiración, fuera y dentro de Nicaragua, como propiciados por el gobierno revolucionario.

Los pedazos de la izquierda venezolana, la que quedó de la vieja y la de nuevo cuño, de los nuevos tiempos y grandes sectores no provenientes de ella, se pegaron no con “baba e´ perro”, sino por el accionar, el discurso y hacer de Hugo Chávez. La pega pareció ser tan sólida y aún parece serlo, que se produjo el milagro que pueblo y fuerzas armadas encontraron que era verdad aquello del poema de Nicolás Guillen:

“No sé por qué piensas tú,

soldado que te odio yo.

Tú eres pobre, lo soy yo.

Ya nos veremos yo y tú,

hombro con hombro,

tu y yo”.

Chávez unió las fuerzas dispersas de la izquierda, los restos de los viejos que ya parecíamos como resignados, las nuevas sin brújula y al pueblo todo con su gente proveniente de todos los espacios, para la realización de una tarea común e inaplazable, permitir que por Miraflores pasasen la torrenteras y se llevasen todo el excremento y las prácticas ajenas al interés nacional. Eso implicó entender que todos teníamos algo qué decir, de allí aquello de “hasta las piedras hablen”.

Hemos llegado aquí. Hay una seria discrepancia que debe ventilarse inteligentemente y a la manera de los verdaderos revolucionarios. Sin arrogancia, sin aquello de “la razón está de nuestra parte y ustedes están equivocados”. Debemos abrirnos en todos los espacios a la discusión con el ánimo de arribar acuerdos como lo hubiese querido Chávez y no con el estilo de la vieja izquierda; aquello de “si no se someten a lo que decimos, podrían conducirnos al precipicio”. O “Sólo los puros, los revolucionarios por la gracia divina, inoculados por la verdad eterna, podemos hablar y decir, vosotros callaos”.

La Venezuela de hoy es distinta a la de otras experiencias donde se llegó a cometer excesos con camaradas que hasta tuvieron que cruzar el charco y aquello no produjo los efectos que la derecha demanda. Esta, la venezolana, está allí, dentro de nuestro espacio, fuerte y con abundantes recursos, a la espera que nuestras propias guarimbas verbales nos despedacen y destruyan las enormes fuerzas que ahora poseemos y nos descuarticemos entre nosotros mismos para ella retornar.

Por eso el estilo debe ser otro. Aquí no hay traidores, como tampoco compatriotas o compañeros que venden su alma al diablo o el destino de la revolución a los intereses del capitalismo. No es ese el lenguaje ni el estilo apropiado, abordemos los problemas dónde haya que hacerlo con inteligencia, compañerismo y espíritu revolucionario. Dejemos en el olvido, ni siquiera en el armario o archivo, el viejo estilo rencoroso y la creencia que sólo hay una manera de convivir, que pensemos iguales o unos nos sometamos a otros.

La canalla acecha; la bestia ni siquiera se oculta en la maleza, está allí mismo, al lado nuestro, esperando nos acuchillemos y salgamos del combate destrozados o en el mejor de los casos, cada uno con su pequeña parcela, tal como hacía la vieja izquierda.


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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

 damas.eligio@gmail.com

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