Al llegar a su fin el año pasado, dos fenómenos cautivaron la atención de la prensa internacional y consumieron el ingenio de los especialistas más reputados en estas misteriosas cuestiones: China y los impresionantes desequilibrios financieros de la economía de Estados Unidos. Se reflejaba esta inmensa consternación en el comportamiento de los mercados más sensibles y, por esta razón, más propensos a expresar la honda preocupación que amargaba el espíritu de los personajes más influyentes del sistema económico mundial. Y, sin duda alguna, toda esta inquietud tenía plena justificación, pues no tenía la coyuntura económica, ni los extraños fenómenos que se manifestaban, clara y evidente explicación.
Si bien los “pronósticos” más atrevidos no se han realizado, ya que ni el precio de la moneda estadounidense se ha derrumbado ni se ha interrumpido, en el año que termina, el proceso de expansión que se inició a mediados del 2004, tampoco han desaparecido los factores que produjeron tanta inquietud el año pasado. En resumen, no hay nada que sugiera en la actual coyuntura el inicio de un ajuste ordenado y gradual de los impresionantes desequilibrios que parecen caracterizar al “núcleo” básico del sistema global.
¿Explica quizás esta conclusión el tono cauteloso que prevalece en los distintos pronósticos publicados hasta ahora por las instituciones internacionales? La característica fundamental del 2005 es, sin duda, la notoria reducción en el ritmo de expansión de la producción mundial. La tasa de crecimiento de este indicador se estima en el año 2005 en 3.2 por ciento, inferior en valor a la registrada en el 2004: 3.8 por ciento. Esta misma institución pronostica para el 2006 y 2007 tasas de crecimiento de 3.2 por ciento y 3.3 por ciento, respectivamente. La tabla muestra, con detalle, el pronóstico del Banco Mundial (ver cuadro adjunto).
Para comprender con claridad el pronóstico del Banco Mundial, y en realidad cualquier ejercicio similar, resulta indispensable considerar dos aspectos importantes. En primer lugar, el grado de incertidumbre de las cifras es bastante alto. Y este hecho, como bien lo indica Michael Mussa, un destacado miembro de uno de los institutos más influyentes de Estados Unidos –el IIE–, marca una diferencia importante con respecto al 2005 y años precedentes. Fue posible, en efecto, realizar en esas ocasiones proyecciones bastante acertadas, y esto fue así gracias a la simplicidad estructural de los escenarios futuros. Esta incertidumbre es una consecuencia natural de la complejidad de la coyuntura global actual, una combinación poco usual de fenómenos, y una reunión insólita de problemas que nadie, en realidad, comprende a plenitud. ¿Cuál será el precio futuro de la energía y el efecto de su incremento sobre el sistema productivo mundial? Es difícil saberlo con precisión, ya que éste fue diseñado en los años noventa, cuando prevalecía la estabilidad en los mercados de petróleo y el precio de la energía era bastante reducido. La lógica de la actual división internacional del trabajo puede depender de costos de transporte reducidos y, por esta razón, cambiar de forma considerable si éstos, en efecto, se incrementan.
¿Cuál es el camino para encontrar un equilibrio mayor en los flujos financieros internacionales? Aunque se discuten alternativas, todo parece indicar que la solución presupone un considerable y complicado trabajo de “rediseño institucional” para hacer posible un mejor papel en la regulación del sistema de las economías de mayor dimensión del mundo en desarrollo. En segundo lugar, la tasa de inflación ha vuelto a aumentar en Estados Unidos, Europa y en las economías más importantes del mundo en desarrollo. Y este hecho complica de forma considerable el diseño de la política monetaria, pues obliga a los bancos centrales del mundo a ejecutar políticas monetarias restrictivas y así lleva a un incremento de las tasas de interés en los países afectados: Estados Unidos, Australia y Reino Unido. No es claro, sin embargo, cuáles pueden ser los efectos del incremento del costo del crédito sobre varias fuerzas cruciales para la estructura actual del proceso de expansión. El aumento en el interés podría, por ejemplo, derrumbar el mercado hipotecario, provocar una reducción drástica de la riqueza de las familias estadounidenses y destruir el papel de comprador de Estados Unidos. Y si esto ocurre, el resultado más probable puede ser una deflación mundial.
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