Misión Nevado

La pirámide del mercado de mascotas escuálidas, 2da. Edición

Deseamos que las asociaciones caninas privadas o comerciales, y afines, no traten ni tengan éxito en su intento de prostituir esta cariñosa y humana acción gubernamental, pero como los negocios no tienen alma, sino cajas registradoras.

 

Les sería muy cómodo y ganancioso recibir suministros médicos, alimentos y otras mercancías a buen precio para su reventa, y al final todas esas buenas acciones y ese presupuesto también iría a los bolsillos de tanto hambriento comerciante que nos llegó con los buscadores de oro y especias Colón, Vespucio y otros hace centurias e hicieron-y siguen en eso-suyas las riquezas de estos generosos países que han rayado en la pendería[1].

 

León Tolstoi, escritor moralista ruso, murió convencido de que los miembros de la mal llamada clase media social buscaban infructuosamente parecerse a los de la oligarquía burguesa, pero sólo lograban un gran parecido entre sí mismos.

 

Es así cómo a tales medioclasistas se les va la vida adoptado costumbres, usanzas y procederes rayanos en una curiosa ridiculez de la cual no terminan teniendo conciencia alguna.

 

Lucy Ball, pelirroja comediante del cine de décadas atrás, representó a una escuálida. Tratóse de una viuda con hijos menores de edad, y sin patrimonio heredado ni propio. Se las veía negra para seguir conservando su forjado estatus de clase media.

 

Vivía de prestamista en prestamista, recibía créditos de unos para pagarles a otros. Encontrándose una vez en la peluquería de impagable zona residencial, oyó que otras compañeras de su clase hablaban de sus chicas de servicio doméstico. La una le preguntaba a la otra: Tú, ¿no tienes cachifa? _ ¡Claro que sí!, le respondía su interlocutora.

 

La viuda almacenó esa información, y esta la desequilibró de tal manera que tan pronto llegó a su apartamento fue a los minianuncios comerciales en búsqueda de trabajo. Como no era profesional ni técnica alguna, se empleó como doméstica en una ciudad vecina, turno de la mañana. Con su paga pudo contratar su personalísima cachifa para seguir cubriendo su aburguesada apariencia de clase media.

 

Las mascotas con pedigrí son un caso muy venezolano que se presenta entre esta comentada clase media. Todo comenzó con la adquisición de perros finos por algunos de sus miembros, inicial y económicamente más holgados. Sus modestos salarios e ingresos afines tuvieron que compartirlos con el nuevo y putativo miembro de la familia. Veterinarios, medicinas de alto precio, lavado, peluquería, etc. Una buena parte de ese presupuesto terminó privando hasta en desmedro de sus verdaderos hijos, y de ellos mismos como padres de familia.

 

Entonces, optaron por asociarse los dueños de machos con los de hembras a fin de reproducirlos. Fue así cómo empezó el mercado de mascotas con pedigrí o de mediano mestizaje. Lo siguen haciendo a fin de recuperar los inhonrables y millonarios costes de tenencia de semejantes animalitos.

 

Pero como ese mercado de compradores tiene como límite el número de otros escuálidos deseosos de conservar su fachada de burgueses, y estos termina desembocando en la misma necesidad de convertirse en criadores, el mercado de mascotas de los escuálidos termina saturándose. Digamos que podría colapsar como lo hacen todos los mecanismos piramidales de cuestionada práctica financiera.


[1] Léase oficio de pendejos.



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Manuel C. Martínez


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