Ruidos en el sótano capitalista

Es significativo que Francia, escenario de la revolución que proclamó los derechos del hombre en 1789, de la Comuna de París en 1871 y del Mayo francés de 1968, haya sido recientemente pasto de la violencia social en reclamo por el derecho a existir en una sociedad capitalista que, aparentemente, le brinda igualdad de oportunidades a todos los ciudadanos que viven en ella. Más significativo aún al coincidir, de alguna manera, con lo ocurrido en la frontera con Marruecos cuando fuera acribillado un grupo de inmigrantes africanos con la anuencia del gobierno español.

Ambos hechos vienen a develar la profunda división existente entre las naciones del norte industrializado y las naciones del sur empobrecido, lo cual se traduce en la búsqueda compulsiva de bienestar y empleo por parte de quienes se desplazan, por todos los medios imaginables, desde el sur, ilusionados con la quimera del norte. Esto ha venido sucediendo con mayor ímpetu desde finales del siglo pasado, constituyendo un dolor de cabeza para los gobiernos de los países capitalistas que se ven inundados por una ola migratoria incontenible, produciéndose incluso, un tráfico humano que recuerda el tiempo de la esclavitud. Un caso típico es el de Estados Unidos en su frontera con México.

Puede creerse, entonces, que llegó el momento temido por algunos en que los pobres del Tercer Mundo estarían acechando a las afueras del Primer Mundo desarrollado en espera de compartir los beneficios materiales que el sistema capitalista debió distribuir entre todos. Esta realidad sobre la cual se estuvo advirtiendo, por diferentes vías y voces, desde hacía treinta años atrás- no afecta únicamente al llamado primer Mundo, sino que se manifiesta con crudeza en las mismas naciones de África, Asia y América al erigirse alambradas que separan a las clases adineradas (con sus ejércitos de vigilancia privada) de las clases pobres.

Entonces no es una situación nueva y exclusiva. Quizás el hecho de que sea Francia donde se exprese esta modalidad de la lucha de clases que Karl Marx desentrañara hace casi dos siglos, le da la relevancia que muchos apologistas del neoliberalismo le niegan, pero que es difícil de ocultar. Ahí está, también, la tragedia de Katrina en Estados Unidos, la cual si apenas mereció un bostezo del señor de la guerra, George W. Bush.

Sin embargo, no podemos soslayar que, poco a poco, se han levantado murallas (incluso, materiales) que buscan mantener en sus respectivos lugares de origen a quienes sueñan con disfrutar de las delicias capitalistas en Europa o en Estados Unidos, pero sin contribuir efectivamente a disminuir de manera significativa los altos índices de endeudamiento externo, pobreza, desnutrición infantil, desempleo y explotación de la mitad del mundo, a pesar de sus preocupaciones.

En algunos casos, tales murallas se revisten de legalidad y xenofobia para no brindarle asistencia médica a los inmigrantes ilegales en Estados Unidos, por ejemplo. Pero, lo que no se dice es que en muchos de aquellos países se explota a estos inmigrantes (incluyendo a niños) hasta niveles cercanos a los de la esclavitud, lo que pone en el tapete las contradicciones e injusticias que carcomen al capitalismo mundial, incapaz de satisfacer las necesidades reales y creadas de toda la humanidad.

Ello debiera servir dereflexión para plantearse una revisión profunda de lo que es el capitalismo en su versión neoliberal y globalizadora, al igual que lo hiciera Karl Marx en su momento, y presentarle a la humanidad oprimida y explotada una alternativa completamente distinta y posible. Por eso, cobra importancia la propuesta socialista del siglo XXI, ya que ella constituye la alternativa que visualizan los pueblos para acceder a unas condiciones de vida que se creían exclusivas e inalcanzables.

Estos ruidos en el sótano capitalista posiblemente sean acallados una vez más, ya que el capitalismo tiene la virtud de hallar las fórmulas con las cuales sobrevivir. Lo que nos atrevemos a vaticinar es que no podrá ser por mucho tiempo. De ello se encargarán los desterrados de la Tierra.-


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Homar Garcés


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