En política, santeros que son más coherentes que gente del oficio

José Antonio*, no sé por qué se llamaba así, siendo trinitario y hablando “patuá”, fue un militante revolucionario que mezclaba sus adhesiones a los predicadores del marxismo y la revolución con la fe en la santería. Cualquiera pudiera pensar en lo inmediato, al bulto, como acostumbran decir entre mi gente, que aquella era una contradicción notoria. Pero si uno piensa bien y reconoce cuánto de brujería ha habido en algunas letanías dichas en nombre de Marx y el marxismo, sin admitir el sincretismo, no se sentiría tentado a mal juzgar a José Antonio, quien en lo suyo, bien cómodo se sentía y sobretodo bastante lleno de fe.

Melquíades, en Macondo, leía sus pergaminos o papiros en sánscrito y se comportaba como un oráculo excelente. Es más, la gente creía en su sabiduría y dignidad.

Pero antes que todo, hablando de aquel nombre tan de los nuestros, en un tipo que venía de Trinidad y en “patuá” hablaba, recuerdo cuando un joyero cumanés, a quien conocí en Barcelona, me preguntó y se preguntó, como quien le hablaba a un montón de gente congregada:

-“¿Alguna vez has entendido por qué el chino del abasto de la esquina se llama Juan?” “¿Dónde se ha visto que un carajo que nació en China, se crio en China, con ojos rasgados y toda vaina de chino, se pueda llamar juan?”

-“Te lo voy a explicar con un ejemplo de la vida real”.

-“Mi padre fue jefe civil por allá, en un rincón de Güiria. Cuando allí le llegaba un chino, que muchos se venían de Trinidad, acompañado de algún gestor, los cuales abundaban y éste le proponía le arreglase los papeles a aquél para legalizarle, lo primero que le decía mi padre era:

-Con ese nombre, este carajo aquí estará jodido. Entonces vamos a ponerle en los papeles que se llama Luis y se acabó la vaina”.

El diccionario dice que llamamos gringo “a aquel de habla extranjera”, pero allá en Cumaná, por lo menos en mi barrio, usualmente decíamos que esas personas hablaban “en patuá”.

Con posterioridad supe, que el “patuá o patois”, se refiere a una lengua hablada en las islas caribeñas, sobre todo en Jamaica. Pero allá, en mi barrio, Las Palomas o Río Viejo, que siendo distintos pero vecinos, para mí siempre han sido lo mismo, se le llamaba “patuá” a cualquier lengua y hasta jerigonza que uno no entendiese. Cuando llegaron por montón los italianos a meter los tubos de las cloacas, la gente del barrio al oírles hablar, decían:

-“Estos jorungos hablan en patuá”

Incluso, si alguno hablaba en nuestra lengua, pero rápido o enredado, le decíamos:

-“¡Déjate de hablarme en patuá!”

Lo cierto es que José Antonio, quien también llamaba gringos a los norteamericanos de la petrolera para la cual trabajaba, era algo así como santero. En su casa de Chuparín, aquí en Pto. La Cruz, le conocí en los inicios de la lucha armada, tenía lo que suelen llamar un santuario y alrededor de él realizaba sus ritos; lo que incluía fumarse no sé si con placer o vehemencia un tabaco y lanzar grandes volutas de humo, mientras hablaba o entonaba un rezo, en un “patuá” diferente al cual usaba normalmente. Era éste otro “patuá”.

Aparte de militar en una célula de trabajadores petroleros de nuestro partido MIR, porque José Antonio trabajaba en la refinería, y hacer en ella las tareas que la dirección y ellos mismos diseñaban, asumió por su cuenta la tarea de “contrarrestar las fuerzas de la brujería que emanaban del gobierno y sostenían a Rómulo Betancourt, ordenadas por éste mismo”, según explicaba a quienes le observábamos sin preguntar nada. Estábamos frecuentemente allí, porque su casa era una de nuestras más seguras “conchas”; nunca llegué a saber si las actividades de la santería que allí se realizaban aportaban esa seguridad. ¿Quién sabe?

-“Hay que poné empeño en esto también, porque por aquí nos viene una fuerza en contrario poderosa”, decía José Antonio, aquella mañana de domingo muy temprano, todo vestido de blanco y hablando en su patuá que a uno no le era fácil entender.

Eso sí, de vez en cuando reclamaba, cómo el partido no atendía su petición de “montar una base de santería para neutralizar las fuerzas de Miraflores”.

Para José Antonio, el asunto no se refería a la correlación de fuerzas en los distintos frentes, nacionales e internacionales, en la pertinencia o no de la táctica, interpretación del carácter de la lucha de clases, poder de fuego, el tipo de partido, la relación de éste con las masas, ni nada de esas vainas que uno recitaba de los manuales que normalmente leíamos y hasta nos calábamos de memoria. ¡No! Para él era un asunto fundamentalmente esotérico, hasta del más allá. Relativo a las fuerzas de los espíritus; los del mal que trabajaban en favor de Betancourt y gringos; y las del bien, las cuales estaban con nosotros, pero muy debilitadas por divididas.

Si a ver vamos, lo de él era como la misma vaina nuestra, sólo que nosotros nos creíamos científicos sociales y a nuestros rezos les llamábamos “racionales y científicos análisis políticos”

Según José Antonio, Betancourt tenía en Miraflores, algo así como una especie de NASA o base repotenciada de la brujería, donde habían suficientes y poderosos brujos de la magia negra, bien pagados y comidos, cuyos tabacos eran puros de esos caros e importados; hasta comprados en los espacios de los buenos; mientras de nuestro lado sólo había pocos como él, además dispersos y por eso débiles; pero aun así, él no se cansaba de realizar sus ritos con energía y su gritería en patuá, pero en un patuá distinto al que usaba en sus relaciones normales con la gente. Asumía aquello como un deber de militante, sin pretender que quienes cerca de él estábamos le secundásemos; creía en lo suyo, lo hacía pero se cuidaba de no inmiscuir en ello a quienes no creyésemos. Quizás, nunca le preguntamos, no pretendió asumir la responsabilidad de ponernos en algo en lo que no creíamos, sabiendo que para lograr el éxito primordial es necesario creer en la tarea que se emprende.

Si era ese su entender y proceder, José Antonio nos llevaba una morena.

Lo mejor de José Antonio era que sus ritos se limitaban a gestos, actos incomprensibles para nosotros y una jerigonza que como tal, nunca entendíamos, pero él no perdía el tiempo, menos nos hacía perder el nuestro, intentando que entendiésemos.

La soberbia nunca nos llevó a pensar que nuestra propia jerigonza José Antonio y el pueblo nunca entendieron y por eso nos fuimos aislando.

Como brujo y revolucionario, creo que Domingo fue coherente, aunque parezca irónico o hasta absurdo decirlo; y más coherente que muchos “teóricos” que han inventado e inventan vainas, salidas e interpretaciones que parecen cosas de brujería y pretenden que los demás les sigamos, hagamos y hasta hablemos como ellos.

¡Cuántas cosas aquí pasaron por quienes asumieron la política como un acto de brujería sin la capacidad de José Antonio y hasta inocente decencia, para poner las cosas en su justo sitio!

Muchos de esos brujos ahora, no todos, pero si bastantes, están del otro lado, con sus mismas artimañas y rituales brujeriles, engañando y engañándose, siempre que algo “haya para eso”. Sólo que antes y ahora, usan los clásicos y la “ciencia”, como si fuesen lo mismo que el arsenal de José Antonio.

*El personaje es real. Vivió e hizo lo que hizo. Sólo le he cambiado el nombre, que era muy castellano, por intentar ser “invencionario”.


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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

 damas.eligio@gmail.com

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