Letra Desatada

Cuentos para María Victoria

Cuando salí de Altagracia de Orituco antes de cumplir los 16 años, mi mamá me acompañó a la “estación de autobuses”. Mi mamá era como Penélope, pero no cargaba un bolso de piel marrón ni estaba vestida de domingo ni yo era un caminante esperado.

Me estaba yendo del pueblo, donde fui feliz comiendo mango, jugando metras y peleando con gurrufíos. Mi hermana María me esperaba en nuestra primera residencia estudiantil en Caracas, en la calle 14 de la parroquia El Valle, donde una viejecita llamada Rosa fungió de casera. Era el año 1981.

Luego nos mudamos a las Residencias Longaray, también en la parroquia El Valle. María estudió Medicina en la UCV. Estudiaba mucho. Mi hermano Lizardo también estudiaba (mucho) Medicina en Caracas, pero no podíamos vivir juntos los tres en una residencia. Porque Lizardo es macho; y nosotras hembras. Yo aún andaba buscando mi vocación, mientras estudiaba en el IUT Región Capital, al que me mandó a estudiar Metalurgia mi hermano Pedro.

De ahí dimos un salto a Parque Central a vivir donde un familiar. Ahí estuvimos sólo un mes. Salimos muy rápido porque ya yo rumbeaba, y María estudiaba mucho, y nuestra prima consideró que mejor viviéramos en otra parte. De ahí arrancamos con las camas amarradas a un Buick del año 1969 que nos prestó mi hermano Pedro, que manejó mi siempre sonriente amiga Odalis. No recuerdo por qué Pedro no pudo hacernos “la mudanza”. Y Odalis anunció lo más importante: yo sé manejar. ¿Para qué más? Sabía manejar, pero no amarrar colchones, así que rodamos dos kilómetros y los bichos pa’l suelo. Fue divertido y estresante.

Así llegamos a Las Acacias, a vivir donde la señora Consuelo. A esas alturas yo estudiaba Ingeniería en la UCV y esperaba cupo para Comunicación Social. No fue tan fácil, pero ese es otro cuento… De allí dimos otro salto insólito y largo. Fuimos a tener a un apartamento de un edificio en litigio en la calle Veracruz de Las Mercedes. Fue la primera “comuna” de esa zona. Vivíamos diez… Cada grupo en su cuarto. Mi hermano Pedro y su Teresa en una habitación, María y yo en otra, los hermanos Guzmán en otra y otra linda parejita en otra. Cuando esa manguanga comunal iba a ser desalojada, regresamos a El Valle, a un apartamento comprado por mamá y papá. En la mismísima calle 1. Hermanas y hermanos Chacín lograron vivir juntos por fin en Caracas.

Ayer mi hija de 17 fue a presentar un examen de admisión para optar a tres carreras en la UCV: Comunicación Social, Letras y Psicología. No tendrá que vivir en residencias estudiantiles, tiene dos casas para vivir, una de las “ventajas” de los divorcios, y aunque la UCV no es la misma de estos cuentos, dejarla ayer en la entrada de Ingeniería, asustadísima por la prueba, en el lugar donde su mamá aprendió a querer y pelear por su país desde la militancia en la izquierda, me hizo sentir feliz y triste a la vez. Pero ese, también es otro cuento. Este cuento es para mi María Victoria, que ya empieza a dejar de ser niña. Sigamos…


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Mercedes Chacín


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