Se ganó jugando con la reserva

Con motivo de las elecciones del 7 de agosto y desde mucho antes estaba sobre el tapete la discusión sobre la abstención. Es curioso ver como la oposición acoge, ahora, los mismos argumentos que durante años rechazaba. No es lo mismo llamar a la abstención contra gobiernos adecos y copeyanos que durante cuarenta años le impusieron al país su dictadura de horror y crímenes (Posada Carriles); que llamar a la abstención contra el gobierno que garantiza las libertades públicas establecidas en la Constitución Nacional. No es lo mismo llamar a la abstención contra el gobierno que está volcado sobre las mayorías nacionales, para atender sus necesidades elementales; que llamar a la abstención contra el gobierno de la oligarquía y los partidos que durante cuarenta años permanecieron arrodillados ante el capital transnacional, símbolo del imperialismo.

El problema central de la elección no es la abstención. Plantearlo así es caer en una discusión bizantina que no conduce a nada ni deja nada en claro, porque todo se reduce a supuestos. Discutir los pro y los contra de la abstención, en la realidad que vive Venezuela, es como el necio discurrir que ocupaba las mentes frenéticas de los teólogos medioevales sobre el sexo de los ángeles.

Lo importante de la elección del 7 de agosto son los resultados ¿quién llevó mayor número de candidatos a los concejos municipales y juntas parroquiales así la abstención fuera del 90% o del 20%?

Se me ocurre que el oficialismo ganó jugando con la reserva. Algo parecido a lo que ocurre en algunos partidos de fútbol cuando por alguna circunstancia, Brasil o la Argentina, juegan contra equipos de menor nivel futbolístico, entonces se abstienen de llevar a la cancha el equipo de línea y juegan con la reserva (“banca”). Sin embargo ganan. Lo importante no es cómo se juega. Lo importante es el resultado final. El 7 de agosto los partidos políticos que acompañan a la Revolución Bolivariana, jugaron con la reserva y ganaron por abultada goleada. ¿Qué pretendía la oposición? ¿Qué el oficialismo se presentara con la “selección nacional” que jugó en el referéndum del 15 de agosto? ¿Qué buscaban, otra batalla de Santa Inés? Eso se llama masoquismo.

El sentarse ante el televisor para oír la inocua, inútil, necia discusión sobre la trascendencia o intrascendencia de la abstención, el único numen que se nos ilumina es el escribir estas pendejadas, más a tono con esa forma que tiene la oposición de dirimir en público temas políticos. Necio juego en el cual también cae el oficialismo. No he podido entender la doble actitud de algunos personajes de la política que permanentemente despotrican, reniegan de los medios de comunicación de la oposición – canales de televisión – y sin embargo no faltan a ninguna invitación de esos medios. En dónde estará la verdad ¿en la acusación “mediática” o en el “pantallerismo” de estos personajes? ¿Usted cree que vale la pena discutir sobre el sexo de los ángeles o de otras tantas paparruchas como esa? La abstención sirve para dejar sin base de sustentación electoral a una forma de gobierno, como ocurrió en la Cuarta República con los gobiernos adeco/copeyanos, lo cual justificó la rebelión militar del 4 de febrero y del 27 de noviembre de 1992; pero luego esa misma masa abstencionista le dio el triunfo a Chávez. El presidente Caldera llegó a su segundo mandato, no con el 25% del electorado, como se dice, sino con menos del 15%, porque la masa de votantes que no se inscribe, pasa a ser abstencionista. Y en esos años, cada nuevo contingente de venezolanos que cumplía los dieciocho años, sentían repulsión por los procesos eleccionarios y no se inscribían en el registro electoral. Es por ello que el total de votantes nunca aumentaba. La población crecía, pero el número de electores no. Cuando, según el censo nacional de habitantes debía estar sobre los catorce o quince millones, si acaso llegaba a nueve o diez.

Según los resultados parciales del CNE, el 76% de los concejos municipales y juntas parroquiales del país, quedaron pintadas de rojo. Ahora bien, según el cardenal Castillo Lara, hombre santo, sabio, sincero, respetuoso, que practica la caridad cristiana y no miente, a cada elector que ha votado por Chávez, le deben 480 dólares por el voto en ocho elecciones. ¿Qué vamos a hacer señor Presidente? ¿Cuándo nos va a pagar? Ya hay una convocatoria para ir frente al palacio arzobispal de Monseñor Porras o la Nunciatura o la residencia del Cardenal, para averiguar ¿dónde, cómo y cuándo? pagan los sesenta dólares por votar por el proyecto revolucionario del presidente Chávez. Esta información es fidedigna. Proviene de una fuente infalible, como lo es el Vaticano, en donde el Cardenal Castillo Lara ocupó altísimas posiciones de gobierno. De todas maneras esa platica la tenemos ganando intereses. Con el pago de los sesenta dólares o sin dicho pago, ya estamos listos para en la elección del próximo diciembre saturar la Asamblea Nacional de “rojo bolivariano”, que es diferente al “rojo cardenal.” Todos sabemos que el cardenal está “pintado de azul”, con las manchas negras propias de los ensotanados.


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León Moraria

Nativo de Bailadores, Mérida, Venezuela (1936). Ha participado en la lucha social en sus diversas formas: Pionero en la transformación agrícola del Valle de Bailadores y en el rechazo a la explotación minera. Participó en la Guerrilla de La Azulita. Fundó y mantuvo durante trece años el periódico gremialista Rescate. Como secretario ejecutivo de FECCAVEN, organizó la movilización nacional de caficultores que culminó en el estallido social conocido como el ?caracazo?. Periodista de opinión en la prensa regional y nacional. Autor entre otros libros: Estatuas de la infamia, El Fantasma del Valle, Camonina, Creencia y Barbarie, EL TRIANGULO NEGRO, La Revolución Villorra, los poemarios Chao Tierra y Golongías. Librepensador y materialista de formación marxista.

 leonmoraria@gmail.com

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