(En respuesta a Luis Ugalde s.j.)

Chávez y la oración del Poder Popular

Decía un santo varón que había que admirar a las “beatas” por su entrega a la oración pero que también se podía transformar el trabajo en oración. En alguna ocasión conversando con un sacerdote maracucho sobre la Historia de Venezuela y las realidades de la propagación de las enseñanzas católicas acordamos que aquellos cien (100) años cuando la Corona española se olvidó de estas geografías que hoy son Venezuela de la necesidad de cristianizar a aquellas sociedades tan dispersas como diferentes criollas (no solo los mantuanos) que era necesaria que la Iglesia (nos referíamos al Vaticano) debería trabajar en profundidad para enseñar las líneas básicas del Catecismo como primer paso. La teluridad religiosa de las sociedades venezolanas es curiosa de por sí misma, por ejemplo, solo por mención, María Lionza cuyo estudio en profundidad realizó Gustavo Martin.

Permítasenos otra anécdota personal. Estando en China, visitando la populosa ciudad de Shanghai, entramos en conversación con miembros de la Compañía de Jesús cuyos miembros, verdaderamente, sufrieron los avatares de su propia ingenuidad. Ellos habían comprendido por aquella terrible experiencia el valor de la oración en las profundidades de las miserias humanas. En alguna otra ocasión, estando un viernes santo en oficio de aquel día en la Catedral de Guangzhou (Cantón-ciudad), me asombro la santidad de uno de aquellos sacerdotes que como nos reflexionábamos de los misterios de aquellos días de Semana Santa, particularmente, en China. Aquel era un hombre-santo, era indiscutible. Tiempos posteriores, visitando al Obispo de Xi´an (Shaanxi), aquellas carmelitas descalzas nos llevaron a visitar sus celdas que nos enseñó como se vive realmente la pobreza en oración cotidiana de trabajo. En alguna otra ocasión, visitando la ciudad de Tianjin, después de haber realizado nuestro trabajo-responsabilidad como diplomático, nos fuimos a la Catedral de aquella ciudad portuaria e importante en si misma para compartir con las feligresías; la experiencia personal nos enseñó lo aburguesados que estamos y somos los occidentales. Era una noche de intenso frío invernal, quizás ya cercano a los cero grados centígrados, en la gruta donde estaba una de tantas representaciones de la Madre Virgen María, en las afuera de la arquitectura de la Catedral, una numerosa feligresía de hombres, mujeres y niños, de rodillas, rezando el rosario completo emanando ingentes cantidades de fe, de verdadera fe, no de aquella de “…ve la cabilla en el ojo ajeno pero niega sus propias miserias…” En Beijing siempre conversábamos con el Obispo de la Iglesia Patriótica, hombre con sus propias miserias humanas pero que siempre nos reconoció que la fe es personal, individual, de cotidianidad, de oración y trabajo diario, de amor al prójimo con obras y no con palabras, de praxis teológica humana-natural sin vergüenzas ni condiciones por intereses personales y/o políticos. Aquel hombre, en alguna ocasión, tuvo la oportunidad de visitar al Vaticano porque nadie “…lo señaló ni lo juzgó como aquellos fariseos que señalaron y juzgaron al Hijo del Dios…” la verdad que esa famosa frase siempre nos ubica con propiedad: “…cosas veredes, Sancho…”

Durante aquellos años de trabajo diplomático siempre estuvimos en contacto con las diferentes feligresías chinas y sus autoridades eclesiales. Fueron años cuando se realizó un intenso trabajo para hacer comprender que la “comunión de los santos” no tiene “sello político” sino que la espiritualidad del ser social forma parte de su propia naturaleza como ser creado. En ese contexto, es natural que se nos presenten en los caminos diferentes opiniones en cuanto a fe y religiosidad se conversa. Ello nos lleva a pensar quienes somos para juzgar la oración de un hombre/mujer aún en suponiendo (no conociendo) su alma para prejuzgar las calidades de sus oraciones. Esas actitudes nos recuerdan cualquier cantidad de situaciones por las que vivió durante su vida pública Jesús de Nazareth como, por ejemplo, los fariseos del Templo, la dudas de Tomás, el apóstol, las negaciones de Pedro, el apóstol, la persecución de Pablo, el nuevo-apóstol, y para usted de contar. Ello no significa que “el perdón, el arrepentimiento, las dudas, las esperanzas” sean de menor calidad en aquellos que dudan de aquellos que se parten los pechos con golpes de falsos arrepentimientos, que practican esquizofrenias por que ellos “tienen la verdad”.

Hay una famosa película de Buñuel donde un escéptico español castizo quien renegó de Dios, terminó conociendo sus propias miserias humanas, sus debilidades, sus cercanías al más allá; aquel hombre, como muchos y muchas, por natura y, quizás, gracias a su ángel de la guarda, reflexionó sobre “la vida y la muerte”. Sus compañeros de mesa, probable, influyeron en sus propias realidades y vivencias. Pero ¿Quién es el primero que lanzará la primera piedra contra el pecador? Nos, nos preguntamos ¿cómo sabemos que es pecador, qué no tiene “la esperanza” de creer, qué le duele la realidad del amigo enfermo que “le ha tocado” el corazón, baja la cabeza en señal de humildad en la privacidad, eleva sus ojos al cielo, y “pide con humildad” por la sanación de aquel amigo que se siente en el corazón? La verdad hay que ser mezquino para negarle la esperanza cristiana a un pecador, a un hombre que, aparentemente, niega su realidad como ser creado todo por “…unas migajas de política y aspiraciones de poder…”

En ese contexto, es de toda lógica que el Santo Padre señale las realidades de la realidad del capitalismo neo-liberal porque no solo es lo des-humano del neoliberalismo del capitalismo sino del propio sistema capitalista que niega los derechos al ser social y rechaza la obligatoriedad como sistema implantado por el ser social en su propia historia de los derechos del ser creado, toda una contradicción en si misma. Lo que no podría negar el Santo Padre es que, por ejemplo y por mención, la “Gran Misión Vivienda Venezuela” no esté dirigida a los invisibilizados; negada por aquellos que de oficio diario que le niegan toda posibilidad de convertirse, al invisibilizado, en “ser social con derechos” (¿no es ello lo que contienen las Bienaventuranzas?); así mismo, dudamos que el Santo Padre, aún y cuando no entienda la realidad real de China sino por aquellos terceros con intereses concretos no solo en China sino, también, en El Vaticano, no reflexioné sobre “los creyentes y los ateos chinos”, quienes, como “ovejas del redil”, heráldicamente, por intereses propios de sub-conjuntos religiosos, sean considerados, los ateos, como no ser “hijos de Dios”; en última instancia, podría ser ello considerado como la obvia “lucha de clases teológico-terrenales” gracias a las realidades sociales socio-económicas en un contexto temporal-histórico-nacional. Lo que tratamos de alcanzar con nuestras palabras es que quien reza (ora) con la fe del ser creado (por natura) y reza por el amigo y camarada que necesita de esas oraciones, ellas, las oraciones, a los “ojos de Dios” son tan válidas, quizás, mucho más que las oraciones (rezos) de aquellos que se “rasgan las vestiduras” como “pedestres fariseos” solo por razones tan terrenales como las razones de ideologías políticas.

 

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Miguel Ángel del Pozo


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