El II Plan Bolívar y la lucha ideológica

Una de las respuestas memorables dadas por diversos voceros del cambio democrático, bolivariano con Justicia Social a  los representantes del Capital en el debate constituyente de 1.999 y que definió la “raya roja” de la confrontación entre las fuerzas del pueblo y quienes se resistían a los cambios revolucionarios en nuestra sociedad y el Estado, fue la categórica  afirmación que en este proceso no había nada “sagrado y que todo estaba en cuestionamiento”.

Y era natural que así fuera, porque para que una revolución sea verdadera, se requiere que se demuelan todas las bases ideológicas, políticas, y jurídicas del viejo Estado y su sociedad para construir, a partir del nuevo proyecto histórico de las clases emergentes y alternativas al viejo Poder, un nuevo tipo de relacionamiento y convivencia social y política entre el conjunto de los miembros de una sociedad y su vinculación con los factores externos a ella, que le garantice el ejercicio pleno de la  soberanía popular-nacional, su desarrollo integral y la mayor suma de ejercicios de derechos y libertades que hagan posible el desarrollo  de la personalidad de cada individuo y la cohesión y armonía de toda la sociedad.

Contrario al derrumbe o destrucción de los íconos materiales, la destrucción de tales expresiones ideológicos de la vieja Sociedad y del Estado no es una tareas fácil ni mucho menos es el resultado de una decisión ejecutiva o un acuerdo legislativo, ni tampoco de una sentencia judicial por cuanto, precisamente, por tratarse de elementos relacionados con los valores que sustentan una sociedad en un momento determinado de su desarrollo histórico, están profundamente inoculados al interior de los individuos y sirven, aún dentro de un proceso de cambios revolucionarios, al funcionamiento de las sociedades y a  las posiciones que asumen cada individuo en ese proceso, por lo que, como parte del complejo  proceso de la transición hacia la nueva sociedad y la edificación del nuevo Estado, se resistieran a ser destruidos tales íconos del pasado, cuya obstinación está en el centro  de la confrontación entre lo viejo que fenece y lo nuevo que debe construirse para reemplazarlo.

Así aconteció entre la vieja sociedad colonial, estamentaria y esclavista impuesta por los bárbaros invasores españoles y su Estado opresor y genocida, a la cual, una guerra de once años, la muerte y emigración de sus élites  y la destrucción de las bases políticas y jurídicas de ese Estado y sociedad, fueron insuficientes para hacer desaparecer su vestigios ideológicos, porque los remanentes valóricos de esa sociedad persistieron hasta las cuarta década del siglo XX, con la muerte de sátrapa Juan Vicente Gómez  y la Constituyente republicana, de origen popular, de 1.947, abriéndose un nuevo ciclo histórico, dominado por los nuevos grupos de la sociedad de los Propietarios y sus aliados imperialistas norteamericanos, hasta el triunfo electoral de 1.998, del comandante Hugo Chávez Frías, con el cual se inició el desarrollo del proceso constituyente y la profundización revolucionaria con las victorias populares contra el Golpe burgués-imperialista de Abril de 2002 y las conspiraciones subsiguientes que definieron la transición al Socialismo.  

Durante tres siglos, la sociedad de los Propietarios  destruyó todas las expresiones ideológicas de las derrotadas sociedades gentilicias de los pueblos originarios e impuso, a base del mosquete, la cruz y la escuela, sus iconos ideológicos dentro de su sociedad y su Estado,  reforzado con el plan dominante de la Iglesia Católica, la escuela confesional, sus Academias  y Universidades elitescas, la prensa y el control de la literatura y demás formas de producción y distribución de la creación cultural y,  posteriormente, con el uso de los medios comunicación y la industria del entretenimiento que internacionalizó los referentes culturales; desarrollando un proceso de desnacionalización de las bases ideológicas  de la propia  Sociedad de los Propietarios, la cual terminó por imponerse a las culturas originarias, aunque formalmente el Estado y la sociedad nacional siguieron, formalmente, reivindicando sus viejas expresiones ideológicas sumergidas.

Estando en el momento histórico de afirmar y desarrollar la nueva etapa de Transición al Socialismo con el debate, aprobación y apropiación por las fuerzas del pueblo del II Plan Socialista Simón Bolívar, la confrontación ideológica debe y tiene que profundizarse, por cuanto ello es parte esencial de la demolición del Estado de los Propietarios y condición necesaria para el surgimiento en la conciencia y en la práctica social de los nuevos valores de trabajo producción y distribución equitativa de la riqueza socialmente producida, el ejercicio integral de la democracia participativa y protagónica, la garantía del ejercicio de todos los derechos para todos y todas y la solidaridad y la cooperación voluntaria como conducta socialmente útil de quienes integran nuestra sociedad emergente.

“Sin prisa pero sin pausa”, el desarrollo de nuevas formas de trabajo, producción y distribución No Capitalistas y el incremento de la producción y productividad de bienes y servicios, así como la eficiencia y la eficacia del aparato de gobierno del Estado,  no es ni tiene porque ser contradictorio con el impulso de los procesos de confrontación ideológica con los íconos de la vieja Sociedad y Estado, antes por el contrario, solo en ese escenario de debate, crítica y autocrítica, es que las amplios sectores del pueblo trabajador y demás clases y sectores sociales incorporados al Bloque Social Revolucionario, podrán entender la relación dialéctica entre la base materiales de la sociedad que se construye y los valores ideológicos distintos que deben servirle de base. Inventamos o erramos!. (Simón Rodríguez) 


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Yoel Pérez Marcano


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