El juego entre Magallanes y Caracas

Ir a un juego entre Magallanes y Caracas es encontrarse con una parte del país. Desde mi época universitaria en la que usaba las "sillas de la UCV", (privilegio de conocer a gente del Movimiento Estadio en la década del 80), el trato al fanático o al aficionado ha sido el mismo. No hay señalización de nada. No se puede saber con claridad por dónde se entra a las gradas o a las tribunas. Eso, en sana paz no importa, se puede usted entretener viendo las decenas de kioscos dispuestos en el mismo desorden de hace 30 años, pero en un juego entre los eternos rivales puede resultar letal: perderte un jonrón o la jugada de la noche. El jueves no fue distinto. Llegamos tarde, sobre las 7:30 de la noche. En tal situación el caos se agiganta.

Logramos llegar a la zona G de las tribunas a las 8 y 15 después de meternos por dos lugares equivocados, de ver cómo "arreaban" al público de gradas, de subir por las escaleras del estacionamiento full de basura y orine humano y de escuchar las "ofertas" a los revendedores de siempre. Esta zona es la que antes se llamaba preferencial a la que ahora les colocaron unos asientos infames, incómodos, pegadísimos unos de otros por arriba por abajo y por los lados. Mi humanidad de 1,53 m no sufre demasiado, pero los un poquito más altos se golpean las rodillas con frecuencia. Y si te toca una fila donde van mucho al baño la paradera no es normal. Porque hay que pararse, no hay forma de que la gente salga de allí manteniéndose quien está sentado, sentado o sentada.

Esa noche hubo de todo: Cuatro jonrones, caídas de pelotas insólitas en el jardín izquierdo que provocaron agresiones de fanáticos a los jugadores con vasos, baños de cerveza por un "estray", rolincitos entre las piernas, un conato de pelea por un golpeado, una discusión entre un vendedor de cerveza y el pana magallanero de la fila de atrás, un argentino sorprendido de que una magallanera y un caraquista pudieran sentarse juntos (nos contó que en Argentina es imposible la mezcla entre fanáticos de fútbol de equipos rivales en el estadio), presencia policial suficiente, una amenaza seria de nueve arepas para mi equipo y Magallanes perdió como casi siempre que voy al estadio. Me divertí y me asombré como siempre, pero

La pizarra no servía. ¡No había pizarra! ¡Insólito! ¿Se imaginan ustedes un juego sin pizarra? ¿Es grave el juego sin pizarra? Claro, ¿pero no es más grave, dirán ustedes, que te bañen de cerveza? No, no es más grave. Que te bañen de cerveza molesta, pero que no haya pizarra, indigna. El que la pizarra no esté en funcionamiento habla muy mal de la Fundación UCV y de la Liga Venezolana de Beisbol Profesional. Habla de la pichirrés de los dueños de equipos, de la improvisación, de lo poco que les importa el público aunque digan que sin "los fanáticos no somos nada", del drama del deporte "profesional" que no es otra cosa que el que billete mandando. "Pronto nueva pizarra electrónica", dice una parcarta ¿Pronto? ¡Qué descaro! Sigamos.

mechacin@gmail.com/@mercedeschacin



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Mercedes Chacín


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