Publicado en Terra e Tempo. Revista gallega de pensamiento nacionalista

¿Política de izquierdas o política siniestra?

No aspiro a hacer de este articulo un capitulo de teoría política. Solo pretendo llevar al papel mis reflexiones sobre algunos aspectos del discurrir histórico actual, sobre los mitos alimentados por el poder que se resiste a perecer. La única legitimación a la que apelo para mis opiniones son los años de entrega a la militancia política, de lucha por la liberación de mi Tierra y por la emancipación de la clase a que pertenezco. Dos combates, nacionalista y proletario, ambos fundidos en el mismo objetivo de transformación de la sociedad.

El protagonismo atribuido al “Mayo del 68” por el cuaderno dominical de un periódico gallego de amplia tirada me provoco una reflexión crítica sobre la ideología que se cobija en lo que la opinión publica define como izquierda. No deja de ser un mito –mas que pretencioso, irreverente- conceder incidencia revolucionaria en el plano económico y social al movimiento universitario francés. Un episodio que el delirio pequeño-burgués quiere introducir en la historia como merito del movimiento estudiantil que tomo la guerrera pero no el fusil del Che Guevara. ¿Dónde están ahora todos los Cohn-Bendit rápidamente engullidos por la reacción? Quizás sea arriesgado de mi parte ligar el Mayo francés y la paternidad del termino “progresía”. Es tal la semejanza, no obstante, que resulta obligada la vinculación genética.

A esta “progresía” quiero referirme. ¿Está en la izquierda o en la derecha? Plantear el dilema constituye una insinuación insultante para quien usa y abusa cotidianamente del calificativo de “izquierdas”. El abuso se debe, talvez, a la necesidad de encubrir su ideología elitista de raigambre pequeño-burguesa. No conozco ningún obrero que se defina como “progre”. Puede si, haberlos de derechas. Tenemos así ya delimitado el campo en el que germino una ideología que, mas que combatir, fortalece el sistema político imperante. Sería anecdótica su existencia de no estar instalada en aquellos partidos de tradición y vocación revolucionaria. Revolucionaria, si, en la semántica original de una noble palabra, satanizada hoy como sinónimo de caos y violencia. Reducido el vocablo a su acepción peyorativa significa renunciar a los cambio cualitativos que cambiaron y aceleraron el curso de la historia. Recordemos, solo a titulo de ejemplo, la revolución industrial o las libertades democráticas conquistadas por la Revolución Francesa.

Está bien, mas no legitima una acción de gobierno de izquierdas la supresión de tabúes sexuales o la proclamación de derechos ya reconocidos por la revolución que derribo el Ancien Régime: divorcio, laicismo, libertad de prensa. Son logros de la revolución burguesa. Centrar y reducir el esfuerzo a la lucha librada por los demócratas del siglo XIX es retroceder. Llego la hora de la revolución social, la que inició el Che en los montes de Bolivia, la que está ganando el régimen bolivariano de Hugo Chávez. Es esta la que enfada al comité ejecutivo de las transnacionales y a su gendarmería del Pentágono. Todo lo demás son andrómenas para la laxa moral burguesa practicante de la promiscuidad y mancebía.

Lo más preocupante de esta involución es la anemia que se está introduciendo en el discurso político. Nada de tonos radicales. Se margino la palabra “proletario”. En su lugar, “trabajadores”, categoría compartida por obreros y burgueses. ¿No se esfuerza, talvez, el empresario capitalista por la innata codicia de incrementar sus plusvalías? Aquí reside la diferencia del burgués con el señor feudal. Los beneficios de este dependían de la extensión de tierras y vasallos, siendo irrelevante la capacidad de gestión. Por eso era la clase propiamente ociosa. Para combatir el aburrimiento, fiestas, cacerías y saraos. También se divertía con las justas medievales y haciendo la guerra la mayoría de las veces.
Síntoma de esta anemia en el discurso es la desaparición de la referencia á la división de clases. La única que subsiste es la clase política, en la que podemos incluir a Berlusconi y a Fidel Castro. Gobierna ella para todos. Eleva al mismo tiempo salarios y beneficio empresarial. Una maravilla.
Antes, inclusive la derecha menos reaccionaria reconocía la función social de la actividad económica. La izquierda de hoy subordina esa función al imperio de la economía de mercado. Consideremos el texto aquí ratificado en el mes de febrero pasado (1).

Situemos la cuestión en un axioma indiscutible. ¿Es o no la economía el motor de la historia? Negar esta evidencia significa negar la esclavitud, la servidumbre, las migraciones, la gestación de los imperios antiguos y modernos. En este capitulo, la teoría de Marx resulta inexpugnable. El lucro está al final y mismo al principio de las gestas colonizadoras. Fruto de la lucha de clases fue la Revolución Francesa: la burguesía ascendente contra la aristocracia parasitaria y decadente. Esta revolución está hecha. Quedarse en ella es retroceder. Forma parte de la tradición, de la gloriosa tradición. La etapa actual exige protagonistas y objetivos diferentes. E ahí la línea divisoria entre la izquierda real y la nominal. La voluntad de transformar la sociedad implica la economía y no a la inversa. Cuando el estado renuncia a planificar, está entregando la planificación a los monopolios. Planificar, palabra sacrílega en el léxico neoliberal, como si los staff ejecutivos de las empresas capitalistas fueses intrusos a desterrarla por alterar el correcto funcionamiento de las fuerzas productivas. De la interpretación que vengo de hacer no se deduce una lectura que simplifique el problema, desechando opciones diferentes a la defendida por la vía radical. Ni siquiera que el socialismo aparezca como objetivo a conquistar. Más, eso si, una izquierda digna de tal nombre, una izquierda que no sea la careta encubridora de las vergüenzas de la derecha, tiene que distinguirse porque subordina la economía a la sociedad. Nada de connivencias con la economía de mercado, pues no pertenece al tal mercado, inexistente, sino a los monopolios. Nada de convertir el sector publico en hospital para la terapia gratuita de los desordenes cometidos por el capital privado.

No es de mi exclusiva está opinión. Ya hace tiempo que los analistas políticos alertaron del fraude que representa llenar de contenidos ideológicos burgueses partidos originariamente revolucionarios. Resulta preocupante, e incluso ofensiva, la reducción de la confrontación política a disputas puramente tecnocráticas, cuando se pretende ganar la batalla en la eficacia de la gestión. Acierta Petras al definir el papel de la social-democracia europea actual: la instrumentación de un nuevo modelo de acumulación capitalista. O sea, convertir los partidos llamados obreros en lacayos del patrón.

Se hace necesaria una nueva cultura capaz de generar una nueva civilización. Quizás el cambio tenga que venir de los pueblos que hoy transitan por la puerta de servicio, pues las mutaciones históricas se produjeron siempre en la periferia del sistema. Agotadas las ideas en el centro, en los arrabales alumbra ese rayo de sol de esperanza.

BAUTISTA ÁLVAREZ DOMÍNGUEZ
Presidente de la Fundación Bautista Álvarez de Estudos Nacionalistas.
Presidente del partido político Unión do Povo Galego.

Publicado en Terra e Tempo. Revista gallega de pensamiento nacionalista.
Editada por la Fundación Bautista Álvarez de Estudos Nacionalistas.


(1)Se refiere a la aprobación del Tratado de Constitución Europea sometido a referéndum.


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