Dos periodistas, dos destinos

“La verdad sólo es digno de decirla aquel que no tiene miedo de morir por ella”.
José María Vargas Vila, primer director de El Diario/ La Prensa

El destino de los periodistas norteamericanos Bob Woodward y Gary Webb nos puede enseñar cómo funcionan las cosas en este país. Los dos denunciaron graves pecados del gobierno pero el que formaba parte del grupo de poder se convirtió en el más mimado y remunerado hombre de prensa de los Estados Unidos, mientras que al otro, un reportero que su sino era perseguir la verdad le costó al parecer la vida, porque nadie cree que Webb se haya “suicidado de dos balazos”.

En los años 70, los reportero de The Washington Post Bob Woodward y Carl Bernstein publicaron una serie de artículos sobre las fechorías del gobierno en el caso de la conspiración de Watergate que el 9 de agosto de 1974 hicieron renunciar al presidente Richard Nixon. Desde entonces Woodward se convirtió en el periodista preferido del sistema y actualmente a sus 61 años es director adjunto de The Washington Post.

Pero el destino del otro periodista de investigación, Gary Webb, del San Jose Mercury News, también ganador del premio Pulitzer, quien en 1996 desenmascaró la conspiración de la CIA para vender toneladas de crack en los barrios negros de Los Angeles y utilizar ese dinero para financiar la guerra de los Contras en Nicaragua y derrocar el gobierno sandinista, fue completamente opuesto. Fue atacado ferozmente por The Washington Post, The New York Times y Los Angeles Times, que lo calificaron de sensacionalista y que inventó la conexión de la CIA y los Contras. Tras ello Webb perdió su trabajo y desde entonces jamás fue contratado por ningún periódico norteamericano. Pero eso no es todo. El 10 de diciembre de 2004 su cadáver fue descubierto en su casa de Carmichael. La versión policial dice que “se suicidó con dos balazos de revólver calibre 38”.

No es ningún secreto que los medios masivos representan los intereses de las grandes transnacionales cuyos propietarios tratan de mantener óptimas relaciones con los gobiernos; que son parte del sistema establecido que da vida y protección a las corporaciones a cambio de fidelidad. Sin embargo esta cadena puede romperse cuando uno de sus actores percibe un peligro para sus ganancias e intereses.

Así pasó con The Washington Post cuyos directivos siempre han sido partícipes del Grupo Bilderberg, la Comisión Trilateral, el Consejo de Relaciones Exteriores etc. Como las ambiciones dictatoriales de Nixon y su antisemitismo fueron considerados dañinos para el proceso de la globalización, entonces, los círculos corporativos norteamericanos y multinacionales tomaron la decisión de sacarlo del poder.

De acuerdo al libro del británico Adrian Havill, “The Deep Truth”, The Washington Post “actuó como una correa de transmisión que permitió los artículos de Bob Woodward quien era parte del sistema debido a que pertenencia al servicio secreto, tanto del Pentágono como de la CIA en calidad de agente operador”. Es decir, Woodward era parte del sistema, igual como su fuente de información – el subdirector de la FBI en aquella época, Mark Felt, quienes fueron utilizados deliberadamente para garantizar su funcionamiento

En cambio Gary Webb, era simplemente un periodista liberal que creía en el sistema democrático norteamericano y en el rol del periodismo como una garantía de sobrevivencia. No se dio cuenta o no quiso, que la creación de los “luchadores por la libertad” en la época de Reagan en Afganistán, Nicaragua, los escuadrones de la muerte en El Salvador, la operación Irán Contra Gate y la red del narcotráfico dirigida por la CIA y operada por personajes como Luis Posada Carriles no eran obra de un sector del poder, sino, de todo el sistema que deliberadamente utilizaba esas acciones para terminar con el sistema socialista, y asegurar el dominio de Estados Unidos como la única superpotencia en el planeta.

Las denuncias de Gary Webb, a diferencia de las de Bob Woodward, se convirtieron en peligrosas para la existencia del sistema. Por eso Webb vivió denunciando que lo seguían constantemente, que los amenazaban de muerte , pero nadie le hacia caso ni nadie lo defendió, hasta que al final le llegó la muerte .

vpelaez@eldiariolaprensa.com


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Vicky Peláez. Diario La Prensa de Nueva York


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