El debate de la conciencia

Comienzo hoy a publicar los primeros capítulos de mi novela DANILO, inédita aún, sobre la vida de un eminente biólogo cubano que se halla ante una grave crisis sentimental que puede cambiar su vida.                                       

Centro Nacional de Investigaciones Científicas –CNIC--, a unos veinte kilómetros al oeste del Parque Central de La Habana.

A mi hermano Jorge, héroe en la vida y la muerte.                 

Anti-prólogo

La novela debe comenzar virgen, como las selvas más remotas de la Amazonia.

PRIMERA PARTE: EL DILEMA

CAPÍTULO 1: EL DEBATE DE LA CONCIENCIA

Los trabajadores han terminado su labor en el CNIC hace más de dos horas, pero hacia un ángulo del segundo piso, en un pequeño salón oscurecido, un hombre delgado y canoso está sentado aún ante un microscopio y observa, inmóvil, una célula humana. El hombre mira los puntos refractados de la célula y, no con la facundia de la palabra sino la fecundidad de la mente, dice:

--Aquí está la prueba de que todo depende del esfuerzo colectivo, no individual. Cuando los ribosomas están separados, permanecen inactivos, sólo cuando se unen en masas compactas, formando polisomas, pueden formar proteínas y crear la vida.  

El hombre se separa del microscopio y mira, con profunda tristeza, una foto de su esposa y sus hijos, pequeños entonces. Respira con fuerza, hace un gesto nervioso con los labios, vuelve a contemplar el fascinante universo de la célula, apaga el microscopio y se pone de pie. Levanta la foto, la besa, baja la cabeza con un gesto de intensa pesadumbre, y va del oscuro salón al pasillo iluminado, rumbo a la escalera.

Un guardia de seguridad sale de la puerta lateral, le pasa por el lado y lo saluda con  profundo respeto. A las nueve de la noche, el hombre sale a la calle y se encamina hacia su hogar, a varias cuadras de distancia.

Sobre la línea del horizonte que se confunde con el firmamento, brilla Venus desde que la noche intensa era suave crepúsculo. Hay luna nueva y sobre el cielo despejado fulguran miles de estrellas. La luna es sólo un filamento de luz blanquecina que no deja ver las estrellas que "están" muy cerca de su débil hálito de luz, pero no interfiere la visión de todas las demás que se hallan en este minúscula fracción de la Vía Láctea que podemos ver sin ayuda del telescopio. Aunque parece que lo que se ve allá "arriba" es el universo, lo que se ve es como si del Océano Pacífico sólo se viese una sola ola.

El viento que sopla desde la costa cercana anuncia el primer fresco del invierno, batiendo, con vigor, las pencas alegres de unas palmas reales.

Cabizbajo, triste, abatido, el hombre camina por las calles solitarias y oscuras. No ha comido ni bebido nada desde el amanecer, pero no tiene hambre ni sed. Hay en sus ojos cansados una melancólica niebla que anubla su noble mirada.

Por primera vez, en sus sesenta años de vida, tiene ante sí un profundo abismo en que puede hundirse una vida dedicada al intenso estudio, el constante trabajo y el amor a la familia.

¿Qué grave conflicto agobia a este biólogo eminente que, renunciando a las ventajas económicas del llamado primer mundo, ha preferido quedarse en su patria en esta última década del siglo veinte, en que ha tenido que sufrir una aguda crisis económica?

Lo atormenta un grave drama familiar: sus cuatro hijos emigraron a Estados Unidos hace ocho años y su esposa ha decidido salir también del país y, para ello, se ha puesto de acuerdo con varias personas para contratar una lancha rápida que ha de llegar, desde Miami, pasado mañana por la noche, para recogerlos a todos y llevarlos a uno de los cayos del sur de la Florida. Sus hijos, que viven en Nueva York, están en contacto con el lanchero e irán a buscarlos al lugar de llegada. 

¿El sueño?

Es el viaje peligroso que tantos han emprendido buscando "El Sueño “Americano” –“The ‘American’ Dream”--: la tentación cercana del país más rico del mundo, en términos estrictamente económicos, que se halla a vuelo de pájaro de la costa noroccidental de un país que atraviesa un decenio de grave crisis que comenzó con la desintegración de la Unión Soviética y la caída del comunismo dogmático en Europa. El país se quedó, de pronto, sin mercados y su economía descendió en picada en muy poco tiempo.

Nuestro biólogo, Danilo Duarte, trabaja en el CNIC todos los días hasta las cinco de la tarde; pero, enamorado de su profesión, es siempre el último en salir, después del anochecer, en que regresa a su hogar, caminando. A su automóvil se le fundió el motor hace dos meses y no ha podido arreglarlo. Con la aguda crisis del transporte, la guagua –ómnibus-- que hace el itinerario Playa de Marianao-Arroyo Arenas y pasa por la esquina de su casa, se demora más de una hora y a veces dos. Un compañero suyo lo lleva, algunas veces, hasta el paradero de la playa, adonde puede tomar una guagua o coche de alquiler, casi siempre de esas reliquias del pasado que son milagros de la mecánica y el ingenio popular, que lo llevan hasta el centro del Vedado, en L y 23, muy cerca de la universidad en la que imparte clases de biología tres noches a la semana.

Al llegar a su hogar, todas las luces están apagadas y a él le extraña que su esposa se haya acostado tan temprano.

Entra a la sala, enciende la luz y, de pronto, ve a su mujer sentada en una butaca, con la cabeza sobre el respaldar y mirando hacia el techo con los ojos muy abiertos y tan absorta que no se ha dado cuenta de su llegada.

Se inclina y le besa la frente. Ella da un salto violento, como si hubiese soñado, despierta, en algo terrible. Se pone de pie, lo abraza y lo besa en la boca, con la tibieza del otoño, no el ardor de la primavera. 

Luego, después de la cena, Danilo se acerca a su mujer y, en voz baja, le dice:

--Te digo, una vez más, Teresa, que lo mejor es que viajes a Nueva York, te pases un mes con nuestros hijos y nietos y después regreses. Puedes hacerlo todos los años. Hay miles de madres y abuelas que lo hacen. Las de allá vienen, las de acá van. Ya eso es algo normal.

--Yo no quiero estar con ellos un mes al año, sino todos los meses del año. 

--Y mi carrera, mis estudios, el futuro. ¿Cómo vamos a empezar una vida, ya viejos, en otro país? No hablamos inglés y no creo que podamos aprenderlo ahora.

--En el norte hay muchas personas que no hablan inglés y viven bien. No somos viejos, Dani, tú sólo tienes sesenta y yo, cincuenta y uno, y tenemos buena salud, gracias a Dios, podemos hacernos de un gran futuro en el norte junto a nuestros hijos y nietos. ¿Te imaginas lo que ganarías en Nueva York trabajando en la industria química? ¡Una millonada!

--¡A mí no me interesa ganar una millonada, Teresa! Me siento muy bien así.

--¡¿Y nuestros hijos y nietos?!

--Nuestros hijos cometieron un grave error. Aquí se hubieran hecho profesionales. Te apuesto a que desde que salieron no han puesto un pie en una escuela. Claro, ellos siempre te dicen que les ha ido bien... ¡pero yo quisiera saber la verdad!

--Ellos están bien... la que está mal soy yo.

--Pero... ¿qué es lo que tú quieres, mujer?

--La libertad, la familia, el bienestar, el porvenir...

--¡Pero qué libertad ni qué bienestar ni qué ocho cuartos, Teresa! Yo soy  enteramente libre, libre de egoísmo, libre de presiones, libre de todo. Vivo en el país que es uno de los más avanzados del mundo en investigación biológica, el único del mundo no-industrializado en que no hay analfabetos, en que se le da atención médica gratuita a todos los ciudadanos, en que a nadie le falta un techo, en que no hay mendigos, en que no hay explotación, en que la escuela está asegurada para todos, en que no se contamina el medio ambiente, en que el trabajo es esclavo del hombre y no el hombre esclavo del trabajo, en que ... 

--Pero cientos de miles de personas se han largado de aquí para siempre. Lo mejor, lo más productivo, lo más trabajador se ha ido del país, Danilo.

--Te equivocas. Lo mejor se ha quedado, por eso es que la Revolución no ha podido ser destruida por el imperio más poderoso y agresivo de la historia que, además, es  nuestro vecino más cercano.

--Lo único que me interesa son mis hijos, mis nietos y tú. 

--Bueno mira, Tere… vamos a dejarlo ahí mismo.

--La única solución es irnos, Dani... no hay otra.

Danilo baja la cabeza y se queda mirando hacia el piso de la sala. Teresa lo mira,  en silencio también. Entonces, él da un salto súbito, se pone de pie, se pasa una mano por la frente, se inclina, le da un beso a su mujer en la frente y le dice:  

--Voy a caminar hasta la playa. Cuando regrese ya habré tomado una decisión. No me esperes. Puede que no regrese hasta mañana.

Danilo se pone un abrigo ligero y sale, con rapidez, de la casa.

El debate 

Las calles están envueltas en sombras y sobre el cielo de novilunio titilan miles de estrellas. Son casi las once. La brisa es menos intensa que en la prima noche. No hay ruido ni gentes ni humo ni coches ni afán. Es una noche propicia a la reflexión: la conciencia emite más luz en la sombra.

Cuando creía haber llegado a una vejez tranquila y segura, Danilo se ve ahora ante un incierto futuro. Siente como si dos potentes cuerdas lo halaran en sentido contrario: una hacia el deber y la tierra, otra hacia la familia y el destierro. Jamás en su vida había estado en esta situación, ni siquiera cuando sus hijos abandonaron el país, pues lo hicieron sin que él lo supiera.

--¿Qué hago? --se pregunta, mentalmente--.

Danilo camina, despacio, por las calles solitarias como si fuese una diminuta sombra que se desliza entre las grandes sombras de la tierra y el espacio y le parece que avanza por un estrecho sendero que se halla al borde de un profundo abismo del que salen enormes lenguas de fuego que llegan hasta él para incendiarle de pies a cabeza. ¿Es el vértice de un volcán? Sí, el de su conciencia. 

Hace unos días no tenía el menor conflicto. Se sentía como un viejo roble de amplia sombra y largas raíces inmersas en el profundo seno de la tierra. Ahora le parece que un tornado le ha arrancado las raíces y las ha lanzado con gran violencia hacia el viento.

Caminando por las calles de Atabey y Siboney rumbo a Cubanacán, contemplando el cielo estrellado para animar su mente abatida, minúsculo átomo que palpita ante la palpitante atomización del universo, Danilo comienza este silente, aunque locuaz, debate consigo mismo.

--¿Fugarme hacia una vida incierta para no perder a la única mujer que he amado en mi vida? ¿Dejar mi patria, mis libros, mis investigaciones, mis clases, mis archivos, mi futuro? ¿Traicionar a la Revolución que me nombró profesor titular de nuestra vieja universidad, que me ha puesto al frente de un laboratorio avanzado, que me ha hecho el alto honor de postularme para el Nóbel de Química en los últimos tres años, logrando que varias instituciones mundiales lo hicieran también?   

Danilo siente, de repente, una conmoción en lo más profundo de su ser. Se detiene y vuelve a mirar las estrellas. Prosigue, entonces, y, al poco rato, siente como si, desde el fondo de sus entrañas, una rara voz, suavemente, le dijera: 

--Pero, Danilo, ¿adónde puede estar mejor un biólogo que en Nueva York, el emporio del imperio, la babel de todo, la ciudad mundial en la que Morgan aplicó al mundo animal las leyes botánicas de Méndel probando, una vez más, que venimos no de un plan divino sino de la materia, la naturaleza? Tu mujer y tus hijos te ruegan que vayas con ellos a la potencia, adonde han ido a vivir los mejores científicos del mundo. Allí están el bienestar, la seguridad, el hogar grande, la vejez feliz. El calor del hogar arde más que el ardor de la plaza.

Danilo se detiene, otra vez, al llegar a una esquina, aunque el único tránsito es el de la brisa y las sombras. Un perro flaco, sucio y viejo cruza frente a él, con toda calma, lo mira con profunda tristeza, y se pierde en la noche. Danilo lo mira, a la luz de un lejano farol, y lo saluda, inclinando la cabeza, sin cambiar su gesto de mustia melancolía. La tristeza y el silencio dominan el contorno, pero de la casa de unos becados salen unos gritos alegres.

Al emprender la marcha, oye la propia voz interna que le dice: 

--¡Quédate, Danilo! Olvida a Teresa. En el CNIC y la universidad tus compañeras te miran. Tú no te das cuenta, absorto como siempre estás en tus investigaciones, pero te miran. Teresa es una buena mujer, hasta donde pueda serlo una persona que carece de estudios, lo cual es ya la negación de ese bien superior que es la cultura; pero no puede entender a la Revolución ni al socialismo. Es buena madre, sí, claro, ya que es mamífera, pero no es la mujer para ti. Te lo dije hace treinta años cuando la conociste y dialogamos, entonces, no ante las frescas sombras de la noche sino bajo los rayos abrasantes del sol. No me oíste. Te olvidaste del sabio Biante cuando dijo: "Despósate a tu igual". Estados Unidos es un país muy difícil, Danilo, en que sólo cuenta el dinero y con un gobierno cuya religión es la guerra y el dominio tiránico del mundo entero. El monstruo del que nos habló Martí no era nada comparado con el de hoy.      

Danilo llega a la Avenida Cubanacán, dobla a la izquierda y avanza rumbo a la playa, pasando frente a grandes mansiones de extensos jardines que son sedes de organismos del Estado y embajadas. Ya los palacios no albergan a las familias, sino a los pueblos. Las luces del alumbrado son algo más potentes, pero aún se pueden ver, sobre el cielo de azabache, miles de estrellas. La brisa aumenta y el barómetro desciende. No es el frío del polo, sino del norteño trópico.

Danilo se cierra el abrigo hasta el cuello y piensa, de momento, que debió llevar un sombrero. Sabe que a esa hora ya no hay taxis ni guaguas que lo lleven de regreso y va a tener que caminar, otra vez, con algo del frío tropical, hasta su casa.

Al pasar frente a una larga reja en la que un perro enorme le ladra, sacude la cabeza y siente que la otra voz, desde sus propias entrañas, le murmura:

--Estados Unidos es un gran país, Danilo. ¿Cómo no habría de serlo si es la primera potencia del mundo? Sí, ya lo sé, ese país atraviesa una profunda crisis cultural; pero aún quedan buenas universidades, librerías, museos, etc. Vete para Nueva York, Danilo. ¿Qué te importa que tu mujer no sea como tú? ¿Acaso Jantipa era como Sócrates? Al menos Teresa no habla mal de ti ni te pega con una escoba.

Al pasar junto a un árbol de mango cuya fronda cubre el reflejo del alumbrado público, Danilo se detiene y vuelve a mirar a las estrellas. La gran escena del  universo lo calma y estimula. Así se queda por un largo rato. Entonces, ya con un poco de dolor en el cuello, baja la cabeza y prosigue su camino.

--¡Ah, el universo... el universo! --es él ahora quien habla, no aquél ni el otro, desde el fondo de su conciencia--. No somos, ante ese espectáculo tan majestuoso, ni la trillonésima parte de un grano de arena... ¿cómo es posible, entonces, que sea tan inmenso nuestro dolor, tan extensas nuestras tragedias? Somos seres insignificantes que vivimos en una islita microscópica que se halla en medio de una gota de agua depositada en un planeta liliputiense que gira alrededor de una ínfima estrellita, no tan caliente, que es uno más de los, al menos, cien mil millones de fueguitos que forman parte de una mediocre galaxia que es una de las cien mil millones de galaxias que, por lo menos, pueblan un universo que se ha ido expandiendo por trece o catorce mil de millones de años de acuerdo a la teoría del Gran Estallido que hoy aceptan casi todos los astrofísicos del mundo. ¿Y es éste el único universo que existe o existen galaxias de universos? ¿Surgió el universo alguna vez o ha existido siempre? Hay un fondo de fantasías enloquecidas en nuestra mente que nos hace creer que somos más importantes de lo que realmente somos. Bueno... ¿y los mosquitos serán tan arrogantes como nosotros o se darán cuenta que no son nada más que mosquitos? Yo creo que sí se dan cuenta porque nunca he visto a un mosquito dando golpes de Estado ni alzándose en una loma, ni nada de eso. El mosquito sabe que es mosquito, como el gato sabe que es gato y el delfín que es delfín. Entonces... ¿por qué el ser humano que es, ante el universo, mucho menos que un mosquito, actúa y sufre como si él fuera el universo y el universo, el mosquito? Los límites de nuestra arrogancia están mucho más lejos que los confines de esas estrellas que se ven allá arriba.

Los recuerdos

Danilo pasa junto a El Barrilito --¿o al recuerdo de El Barrilito?--, llega a la rotonda en la que está el Marcelo Salado y otros balnearios y se dirige a las cafeterías cercanas, ya casi todas cerradas, no por la hora, sino por los efectos tardíos del período especial. Se sienta en una y pide algo ligero, un "tente en pie". 

Frente a él está La Concha. Danilo mira con rara fijeza hacia su entrada como si fuese a llorar. Recuerda los días de intensa alegría junto a su mujer y sus hijos, el sol ardiente, la arena fina, el mar azul, las olas de espuma, los gritos de euforia, los botes, las competencias de nado... la juventud. Le parece oír los gritos de sus hijos, la risa sensual de Teresa, su propia risa.

Recuerda que fue, precisamente, allí adonde conoció a Teresa en una ardiente tarde de agosto del 67, hace treinta y dos veranos. Ella estaba acostada boca abajo sobre la arena y tenía un traje de baño moderno, un bikini. Un enjambre de jóvenes le daba vueltas como abejas en torno a un panal de abundante miel. El se sentó en la arena, frente a ella, y la miró sin recato. Al virarse cara al sol, se dio cuenta que no sólo tenía piernas y cintura y cadera y glúteos y espalda y pies apetecibles, sino, además, cara de muñeca. Era la masa química más fenomenal que había visto en su vida, más compacta que la yema del huevo de avestruz. La estudió en todos sus detalles como si la estuviese mirando a través del microscopio. Taladró con sus ojos de microbiólogo su trusa, su piel, sus venas, sus cartílagos, su sangre, sus moléculas, sus células, sus cromosomas, sus hebras de ácido nucleico... hasta llegar a la escalera de espiral en que las cuatro bases químicas del código genético escriben una ciclópea enciclopedia. La penetró --después la penetraría todas las noches, pero en forma distinta-- hasta donde comienza la química. Era la mujer consumada en toda su extensión y él no reaccionó como hombre de ciencia, sino como hombre con hambre de hembra. La miró intensamente, con ojos sangrientos, como si fuera no un admirador, sino un enemigo. Ella sonrió con ternura. Eso fue todo. Cinco meses después se casaron en el Paseo del Prado, a la vista aún no cansada del cansino Morro.

Él lo recuerda todo ahora, con los ojos aguados, palpitándole el pecho y las sienes... todo aquel ayer de sana alegría, amor intenso y vigorosa juventud. Ahora todo es vejez, debilidad, tristeza. Ya no es aquel joven feliz de mirada gozosa que corría radiante por la cálida arena inundada de sol, sino un viejo abatido de cabellos de nieve que se arrastra en la sombra más oscura de la noche.  

Sentado en la cafetería de la playa evoca todos aquellos tiempos felices y, unas horas después, emprende el regreso a su casa por la misma senda.

--La patria es el bienestar, Danilo y, sobre todo, la familia, en tu caso, tu mujer, tus hijos, tus nietos --oye, de pronto, dentro de él, al pasar junto a una ceiba, por la Avenida Cubanacán--. Esa vocecita que te habla de patria, deber, verdad, principios, no se acuerda que el primer deber del ser humano es la familia. ¿De qué te sirve una casa que no sea un hogar? Patria, sociedad, colectivo... ¿no son, acaso, tus familiares los miembros más cercanos de esa patria, de esa sociedad, de ese colectivo?

La oscuridad exterior es absoluta, pero una potente luz sigue iluminando su conciencia. El debate prosigue. La otra voz, entonces, le dice:

--La Revolución te hizo sabio, Danilo. Tu patria te honra, tus alumnos te admiran, tu gobierno te protege, tu pueblo te necesita. Tu trabajo y el de tus compañeros en todo el mundo salvan millones de vidas. Sí, Danilo, cómo no, son tiempos difíciles, pero... ¿cuándo las inmensas causas no han atravesado por enormes crisis? Mientras el ser humano sepa lo que es la justicia, la Revolución no habrá fracasado. Ya pasó lo peor, la economía ha crecido, el bloqueo se debilita, el mundo nos comprende, quienes ayer se fueron con rencor hoy regresan con afecto. ¡Quédate, Danilo, tu patria te necesita! El primer amor no es el amor a la familia sino el amor a la verdad.

A las cuatro de la madrugada regresa a su casa con gran cansancio físico y mental. Al abrir la puerta de la habitación, Teresa se despierta. Con los ojos inyectados, como si sólo hubiese dormido unos pocos minutos, le pregunta:

--¿Qué has decidido, viejo?

--Me quedo 

carlos.rivero@att.net

(Nota: En el desarrollo de la novela, ficticia en su esencia, narro hechos reales como el drama del niño cubano Elián González, la trágica situación de los asilos –homes— de Miami, las infamias que han convertido a esta ciudad en la capital mundial del crimen médico, la extrema miseria en varias zonas de Nueva York, la masacre terrorista del 11 de Septiembre y las guerras de Afganistán e Irak. Su tiempo histórico es desde fines de 1999 a mediados del 2003:

**Estos capítulos se publicarán dos veces a la semana, viernes y martes)



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Carlos Rivero Collado


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