Testigo de excepción (II)

El Presidente Chávez, el hombre a quien se percibe como vehemente, apasionado, demuestra suficiente sangre fría y control sobre sí mismo para encarar situaciones de crisis. Cuando llegaba la información de que los puestos de comando de los distintos componentes de la Fuerza Armada o el propio Fuerte Tiuna habían sido tomados por los golpistas, el Presidente asumía esa información con mucha serenidad. Ahí estaban todos los ministros, todo el tren Ejecutivo y había contacto con todas las regiones. Pero se advertía que avanzaba el golpe de Estado, hecho que se confirmó cuando los tanques del batallón Ayala, a los que se les había ordenado que salieran a resguardar Miraflores, se devolvieron, y cuando el batallón de la infantería de Marina, que iba a subir a Caracas, con propósitos similares, no lo hizo. Yo interpreté eso como una señal de que había un pronunciamiento militar, cuyas características no se conocían suficientemente. Pero era obvio que avanzaba el golpe. Quiero decirte que cuando hubo certeza de que el golpe era imparable, hubo adhesiones de comandantes de batallones, de oficiales que estaban al frente de tropas. A las 11 p.m., por ejemplo, llamó el hoy general Cliver Alcalá, que para entonces era comandante de la unidad de tanques de Fuerte Mara. "Presidente, está en marcha el golpe, quiero que me autorice a movilizar la unidad de tanques para tomar Maracaibo". "Cliver, agradezco tu lealtad, pero no es el momento de reaccionar de esa manera. Vamos a esperar el desarrollo de los acontecimientos".

Yo, que fui testigo de la conducta del Presidente, debo decir que él mantuvo la serenidad en todo momento y dio instrucciones a sus partidarios, tanto en el ámbito militar como en el civil, para que se mantuvieran a la expectativa, sin caer en provocaciones. Existía la amenaza de que iban a bombardear Miraflores. Yo mismo atendí una llamada de un jefe militar que dijo: "Tienen 10 minutos, vamos a bombardear", le tiré el teléfono. Al rato llamó otro jefe militar con el mismo cuento, le dije "Ustedes no tienen bolas para hacer eso". En ese momento Chávez me preguntó ¿Qué crees que se debe hacer?, "Debemos irnos a Maracay". El golpe era muy difícil desbaratarlo porque los golpistas habían tomado los centros de mando; habían ocupado los comandos de los componentes y tenían bajo su mano el Fuerte Tiuna. Ahora bien, la respuesta que se produjo el 13 de abril confirmó que la mayoría de la oficialidad con mando de tropa tenía la actitud de defensa del régimen constitucional y del gobierno del presidente Chávez. Esa madrugada sugerí que nos fuéramos a Maracay, pero el Presidente me dijo que tenía información de que la autopista estaba bloqueada. Bueno, vámonos al 23 de Enero, con la unidad que está defendiendo el Palacio o al Museo Histórico Militar, para luchar y defender al Gobierno. Ahí es cuando Chávez dice: "uno no sabe cuál va a ser la reacción de los golpistas, en lugar de bombardear Miraflores bombardean el 23 de Enero, ¿y las víctimas civiles? No, no podemos hacer eso. "Vamos a quedarnos aquí, en Miraflores, no creo que sean capaces de bombardear el Palacio".

Chávez se aparta a un salón contiguo para atender una llamada de Fidel que había llamado en ese momento, "Es inútil sacrificarse, la historia no termina este día, por el contrario, comienza a partir de ese momento", le dice Fidel. Regresa, ya uniformado, pone la pistola sobre la mesa y me comunica lo siguiente. "He decidido ir a Fuerte Tiuna, a encarar a los golpistas". "Hugo, ¿tú sabes a lo que te estás exponiendo, no? A que te maten, a que te humillen, a que te vejen". "Sí, yo sé los riesgos que corro, pero quiero verles la cara a los traidores y ver qué van a hacer". En esas circunstancias, Chávez demostró un inmenso coraje y, efectivamente, esa fue una estratagema que le permitió a él introducir una contradicción que permitió horadar toda esa aventura que se estaba adelantando en ese momento. Yo simplifico mi análisis sobre el 11-A, lo despojo de connotaciones ideológicas y lo ubico, simplemente, en el terreno de la lealtad o de la traición. Ese día hubo traidores, pero también gente que se mantuvo al lado del Presidente, que fue determinante para que pocas horas después se desplomara esa aventura. Quiero decir lo siguiente: a la hora que uno repiensa todo lo que ocurrió, 10 años después de esa felonía, de esa aventura que nos llevó al borde de una especie de guerra civil, ahí, en cuanto a la responsabilidad de quienes ejercíamos gobierno, hubo una subestimación, primero, de la capacidad de movilización de ese sector y luego del factor lealtad, asumido en términos globales, de oficiales que tenían importantes mandos. Justamente, hubo una subestimación, porque se pensaba que toda la institución era leal al Presidente y eso no era así, tenía fisuras, como se comprobó ese día.




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José M. Ameliach N.


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