Crónicas de la amargura

Ese día el caos desbordaba la ciudad, como todos los días de lluvia. La cita era impostergable, debía solicitar las divisas para el próximo viaje. Esquivando carros, motorizados y saltando charcos al fin pude encontrar un taxi. Era un señor amable, que a pesar de la lluvia y el tráfico aceptó llevarme a mi destino. En el trayecto venía haciendo comentarios acerca de las canciones que sonaban en la radio. Aquella música le provocaba sonrisas que delataban el recuerdo de viejos amores.

De repente decidió cambiar el dial y comenzó a escucharse una estridente noticia acerca de un conflicto carcelario. A medida que el locutor ofrecía detalles de lo acontecido, el sonriente conductor comenzó a fruncir el seño. De pronto­, como poseído por la mala vibra de aquella historia terrorífica, sentenció indignado: "¡Y después dicen que esto no es una dictadura!". Yo me limité a cerrar los ojos, respirar profundo y decirme a mí misma que eso no era conmigo. Ante mi elocuente silencio sus sentencias fueron cada vez más destempladas. Mi serenidad lo exasperaba, se sentía defraudado ante mi absoluto desinterés por engancharme en una polémica sólo inspirada por el odio. Por fin llegué a mi destino después del infeliz comienzo de ese lluvioso día.

Por suerte no había tanta gente en el banco y mi espera no fue muy larga. A mi alrededor una polifonía de voces me deleitaba. Yo contemplaba el entorno como una espectadora, con esta manía que tengo de ver la vida como si estuviera en el cine, imaginándome los motivos de los viajantes. Allí estaban, la abuela que viajaría a visitar a sus nietos; el joven que se iría a Alemania a poner a prueba su amor 2.0; el que haría un postgrado gracias a la beca Gran Mariscal de Ayacucho; el empresario importador de tecnología; la deprimida aspirante a exiliada… Por fin llegó mi número.

La encargada de atenderme se mostró amable y gentil. Su actitud era la de alguien a quien le complace atender al selecto público viajero. Mientras chequeaba los documentos de mi carpeta, que para no equivocarme preparé con el mayor esmero, ella iba asintiendo con la cabeza… Pero de repente todo cambió. Lo que en principio fue un gesto de sorpresa de inmediato se transformó en una mueca de indisimulable desagrado, justo en el momento en que leyó el destino de mi pasaje: “La Habana”.

Su amabilidad inicial degeneró en repulsión. De pronto le pareció que mi firma no coincidía con la registrada en el banco y me informó que por tal motivo no podía aceptar esa solicitud. Ante mi determinación de hablar con el gerente para demostrar que se trataba de la misma firma, terminó diciéndome con rabia que por esta vez lo dejaría pasar y aceptó firmar y sellar mi solicitud. Al terminar lanzó mi carpeta hasta un rincón detrás de su asiento al tiempo que decía sin mirarme: “se puede retirar”.

Regresé a aquel viejo edificio donde trabajo, en el que alguna vez funcionó la Creole Pretroleum Corporation y hoy es universidad del pueblo. Me encontré con mis estudiantes pluriculturales y multiétnicos; con sus sonrisas y con sus preocupaciones tan humanas. Me reuní con mis compañeros de trabajo para planificar el trabajo pendiente, las próximas visitas a las comunidades, los trabajos audiovisuales sobre la memoria urbana, los cuentos familiares, los planes para asistir a los conciertos de esa semana en la ciudad, los amores. En aquel lugar continuaba la vida y la alegría. Sin amarguras escuálidas ni desesperanza inducida.

Profesora UBV- Caracas
bazocatherine@gmail.com
@CatheBaz


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Catherine García Bazó


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