Pánico rojito

 Después de sus primarias, la gente de la oposición se siente feliz, exultante. Eso está muy bien. Ojalá tal estado ánimo o del alma le dure hasta la secundaria. Por una mecánica razón, si se quiere maniquea o sencilla de ver las cosas, piensa que en el chavismo debe privar una sensación contraria, es decir, de infelicidad y llevada ésta al extremo, de miedo. Los opinadores pro MUD se esfuerzan por convencernos del pavor que se apoderó del espíritu chavista desde la misma noche del 12F. 

 Ignoro si el miedo ajeno forma parte de la felicidad propia, pero en la política y la guerra son un ingrediente importante. Por eso, para que el puyero que se goza sea mayor, se exagera lo que uno cree que siente el adversario. La repetición y la redundancia son figuras retóricas que se vuelven exquisitas, si con ella se lleva el disfrute hasta los límites del éxtasis. De niños, para aumentar el espanto ajeno, hablábamos de “miedo pánico”. La redundancia resultaba divina cuando se la clavábamos al otro. Según los tuiteros, escribidores y sicólogos espontáneos de la oposición, algo así  está corroyendo el alma del chavismo desde mucho antes de la sublime quema de los cuadernos.

 A nosotros, chavistas de los caminos,  nos divierte que en el cercado ajeno piensen que de este lado nos sentimos así, sobrecogidos por lo que Simón Bolívar definió en su bello Delirio sobre el Chimborazo  como un “terror sagrado”. Obvio, la esplendente metáfora del Libertador desborda el sentimiento prosaico que la generosa oposición le atribuye al chavismo. Ningún tierrúo, stricto sensu,  puede experimentar ninguna sensación sagrada, sino un miedo más bastardo que no vamos a definir aquí por respeto al horario  “todo público”.

 El “miedo pánico” que hace estragos entre la chusma roja nos recuerda el chiste del sortario compatriota margariteño que, junto con la exuberante Jennifer López, sobrevivió a un accidente de aviación en una isla desierta. Una vez rescatados, el inconforme ñero contaba que lo bueno del peligroso percance fue el intenso romance que vivió con la monumental cantante. Y lo malo, que por allí no había nadie para contárselo. De igual forma, el escuálido auténtico no siente ninguna felicidad por el éxito de sus primarias, sino está convencido de que los chavistas están convertidos en unos miserables desdichados.

 El asunto es tan pa-to-ló-gi-co, como diría una sifrina “depre” de las que suelta cada sílaba envuelta en el chicle bomba, que legiones de analistas son invitados al canal de la MUD para que expongan sus teorías  sobre el “terror social del chavismo” y sus efectos psicosomáticos en la población más sensible de esa corriente desviada de la historia. No se trata pues de una simple apreciación empírica. Varias universidades privadas han tomado el tema como algo tan serio que lo han llegado a denominar “objeto de estudio”, o lo que es académicamente más impresionante, “línea de investigación”.

 Los chavistas no sólo se aterraron por el número de votos, sino por la quema purificadora y paroxística de los cuadernos. Se sintieron disparados por un huracán democrático a las hogueras de la inquisición o a las piras del nazismo sobre un pedestal de libros chamuscados. Recordaron con pavor la frase del poeta alemán Enrique Heine, cuando dijo: “allí donde se empieza quemando libros, se termina quemando hombres”. Nada, pura teoría intelectualoide para sobrellevar, hasta donde cabe, el “terror sagrado” que los dejó más virados que a los adecos, copeyanos y a los de un Un Nuevo Tiempo juntos. De ese “miedo pánico” del chavismo, la oposición viene viviendo desde el 6 de diciembre de 1998, cuando empezó este largo joropo que hasta el sol de hoy la tiene zapateando.

  earlejh@hotmail.com


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Earle Herrera

Profesor de Comunicación Social en la UCV y diputado a la Asamblea Nacional por el PSUV. Destacado como cuentista y poeta. Galardonado en cuatro ocasiones con el Premio Nacional de Periodismo, así como el Premio Municipal de Literatura del Distrito Federal (mención Poesía) y el Premio Conac de Narrativa. Conductor del programa de TV "El Kisoco Veráz".

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