En la Central Hidroeléctrica Simón Bolívar, al lado de la Represa de Guri, se levanta imponente el Delta Solar (algunos la llaman Torre Solar) de Alejandro Otero (1921-1990), uno de los más destacados artistas venezolanos del siglo XX. Se trata de una escultura monumental, la más grande del creador guayanés, erigida en el año 1986; está conformada por una columna de concreto forrada de acero, de una altura aproximada a 50 metros y 57 toneladas de acero inoxidable, con dos circunferencias movibles, o turbinas, que giran en un sentido o en sentidos contrarios en torno a la columna principal, a la vez que estas circunferencias poseen múltiples aspas que giran aleatoriamente en distintos sentidos. Con ella, el artista quiso representar el valor intrínseco de la Central, por encima de los criterios de grupos y facciones, más allá de las posturas políticas dominantes en un momento dado en el país, expresado ese valor como una obra de ingeniería colosal destinada a aprovechar, para fines nobles, el potencial hidroeléctrico del Río Caroní, con uno de los caudales más grande del mundo en un desnivel entre 2.800 y 272 m.s.n.m., desde la altura donde se origina en la confluencia de los ríos Yuaruaní y Kukenán hasta la cota alcanzada por la represa. Una obra de esta magnitud, visualizada allá por los años 40, en tiempos de Isaías Medina Angarita, requirió el concurso inconmensurable de voluntades y talentos para su realización. Desde su visualización, diseño, ingeniería básica y de detalles, proyecto, construcción y puesta en marcha transcurrieron más de cuarenta años, nueve gobiernos de distintas corrientes de pensamiento y acontecimientos políticos (gobiernos populares, dictaduras, democracias representativas, golpes de estados, constituyentes) en fin, toda una etapa histórica (casi medio siglo) conformada en torno a la realización de una obra de ingeniería. Su construcción se inició en 1963, hasta su culminación en dos fases 1978 y 1986. Más adelante, el proyecto general sobre Guri continua con tres represas más, Macagua II, Caruachi y Tocoma; esta última aún en construcción, de modo que, podemos extender la etapa histórica a más de 70 años, con todo lo que ha acontecido en nuestro país, para la realización continua del Proyecto Hidroeléctrico General sobre el Río Caroní, modificado en su alcance en los últimos años al descartar otras represas consideradas a construir en el Alto Caroní.
Obras de magnitudes semejantes al Proyecto Hidroeléctrico del Río Caroní, trascienden los gobiernos en su realización y en su aprovechamiento. La Revolución Bolivariana, que se inició nada menos que con la creación y aprobación de una nueva Constitución con base a los principios de participación, protagonismo, corresponsabilidad y solidaridad, la cual exige la Refundación de la Patria, está obligada a continuar y perfeccionar este tipo de obras. En el aspecto físico, se avanza en sistemas de transporte urbanos e interurbanos (metros, ferrocarriles), carreteras, puentes, infraestructura de hábitat, productivas, viviendas, habitats, educativas, de salud, de artes, deportivas; en fin, todas esas obras de la revolución bolivariana, visualizadas desde el Libro Azul, hasta el Proyecto Nacional Simón Bolívar, algunas ya realizadas, muchas de ellas iniciadas, en proceso de realización y muchas otras en espera de proyectos, contienen el largo aliento necesario para refundar la Patria.
Sin embargo, de todas las obras iniciadas o continuadas en nuestra revolución, la más importante, la que generó su origen y es el medio y el fin de todo el inescatimable esfuerzo en la cual se materializa la Patria, somos nosotros y nuestra trascendencia en nuestros hijos y más allá. Se trata del reto más formidable que se ha planteado la humanidad en toda su existencia. Nuestra revolución ha asumido el desafío de transformarnos interiormente, el desafío de apartarnos cada vez más de la naturaleza animal instintiva y elevarnos hacia lo excelso, en lo individual, con base al conocimiento, la formación, la conciencia y el trabajo creador y, todos en colectivo, creando las condiciones objetivas para que florezcan seres humanos nuevos, espirituales, honestos y felices, capaces de recrear un mundo cada vez más justo en la senda de la Paz.
Allí, en este desafío se inscribe la constitución de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, unidos los gobiernos, los estados, los pueblos de América Latina y El Caribe, en proyectos de trascendencia, irrefutables, a favor de la justicia, único camino a la Paz. Ahora bien, si nos hemos planteado tan altos objetivos de unidad en medio de profundas divergencias filosóficas y políticas (bastaría con analizar los personajes y los intereses que defienden quienes suscribieron los documentos de tan memorable cumbre), cómo es posible que se pueda caer en la simpleza de criticar la participación y el protagonismo de un venezolano como Winston Vallenilla en los actos culturales que adornaron este magno evento. ¡Por favor…!! Ante lo insólito y patético de tales críticas, queda la sensación de que la disociación afecta a cualquier persona, no importa si apoya o no apoya el proceso revolucionario.
Sólo me resta apuntar, luego de haber expresado lo sublime del desafío que impulsa la revolución bolivariana socialista venezolana, que todo sectarismo es contrarrevolucionario y, estigmatizar a cualquier persona, conociéndola o, peor aún, sin conocerla es irresponsable. El mismo Chávez lo reclama, debemos ir a convencer, mediante el debate abierto y franco, a todos los venezolanos del camino a seguir. La convicción revolucionaria debe ser ante todo ética.
De mi parte, con sinceridad y humildad, todo mi reconocimiento a Winston Vallenilla, a quien luego de leer su entrevista el diario Ciudad Ccs apreció ahora con más razón, más allá de su natural carisma, como un joven patriota, valiente como los auténticos, sin estridencias.
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