Inversión real de capital “productivo” más la ganancia de fábrica, y la inversión adulterada con falsos costes

La Estructura de Costos Burguesa[i]

Cuando la ganancia es estimada antes de ir al mercado ora se reconoce que la explotación de plusvalía ha sido consumada antes, ora se permite que ella   se concrete en el mismo mercado. Por esta razón, debemos considerar la plusvalía como una inversión gratuita y sin rentabilidad que aporta el trabajador; ella forma parte intrínseca del costo real de producción

Tales inferencias se desprenden del hecho de que la inversión de capital real en fábrica corre a cargo de dos inversores: 1.- el capitalista que aporta dinero para la compra de los medios de producción “productivamente” involucrados y el pago de salarios, y 2.- el aporte de trabajo gratis que el asalariado deja en la fábrica durante el día laboral.

La Contabilidad burguesa llama costo de producción a las materias primas y salarios, que son   verdaderos componentes del costo de producción,  e incluye  toda una serie de falsos costos imputados como tales y referidos a toda esa inversión de dinero por concepto de pago de   Gerencia,   staff de asesores varios, vigilancia, administración contable, depreciaciones, decoración, edificaciones, transportes, etc., toda una gama de sobrecostos que no recibe en comprador de la mercancía a la cual le son cargados esos desembolsos burgueses de dinero invertido por tales conceptos.

Digamos que, como sustituto de valor en el costo de producción real de esos falsos costos   cargados al precio de venta, está el aporte gratuito que hace el asalariado, conocido como plusvalía, la misma que dicha contabilidad desconoce, pero que sí recibe el consumidor, independientemente de lo que afirmen o nieguen los teóricos de la Economía Vulgar, y por la cual paga su equivalente en dinero. De manera que cuando un Estado se propone la sinceración de los “costes justos de fabricación” sólo busca minimizar aquellos sobreprecios relacionados con abusos comerciales, con sobreprecios que no tienen soporte alguno como medios de producción, ni reales ni falsos, salvo el simple deseo de enriquecimiento ilegal y especulativo. Resulta que tan especulativos son los falsos costes de fábrica como lo es el recargo de precios desligados al proceso productivo.

Cuando el Estado regula la producción burguesa se limita al respeto de costos de producción propios de la contabilidad con inclusión de los costes ilícitos, como disfraz de la plusvalía que sería su equivalente en valor de uso y que el gobierno llama “ganancia justa”. Sin embargo, la verdadera sinceridad de precios y costes debe ceñirse a costes reales tales como materias primas, salarios no gerenciales ni de vigilancia, ni de seguros, ni de alquileres ni mucho menos de “depreciaciones” de maquinarias y equipos, y, por supuesto, la plusvalía o ganancia estimada antes de ir al mercado.

En este tema cobra importancia el empleo de maquinaria y equipos desde los tiempos mismos de las revoluciones industriales de los siglos XVIII y XIX[1], cuya evolución continúa. Estas revoluciones representa la subrogación del control humano de toda la producción por parte de máquinas que saben coordinar las diferentes y desmenuzadas fases operacionales de cada proceso productivo. Ya no es el obrero el que da cuenta del enlace y estructuración de esas fases, sino las máquinas. A cambio de la baratura del salario que corresponde a un obrero con baja preparación, está el inmenso gasto de “capital” en equipos industriales que han marcado las revoluciones industriales y a las que se les atribuye una sobreproductividad no alcanzada antes por la mano de obra integral de los viejos artesanos. Las depreciaciones de estos equipos y herramientas reemplazan los elevados salarios del trabajador con elevada y costosa preparación técnica, todos los trabajadores de reducen a ejecutores parcelarios de operaciones encillas. De manera que las mejoras productivas, si bien han abaratado el coste primo de las mercancías, también han provocado este perverso mecanismo contable que ahora debe pagar el consumidor, en lugar del trabajo que recibiría si se pagara directamente   la mano de obra que hoy reemplaza esos mecanizados medios de producción.



[1] “La Revolución industrial fue un periodo histórico comprendido entre la segunda mitad del siglo XVIII y principios del XIX, en el que Gran Bretaña en primer lugar,[1] y el resto de Europa continental después, sufren el mayor conjunto de transformaciones socioeconómicas, tecnológicas y culturales de la Historia de la humanidad, desde el Neolítico.



[i] http://www.sadelas-sadelas.blogspot.com     marmac@cantv.net


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Manuel C. Martínez M.


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