Se agota el modelo, se agotan las fórmulas

Ante la crisis del Estado

Le Monde Diplomatique - Edición Colombia. Edición Nro.: 106
Diciembre de 2011

Hoy, 193 estados están reconocidos en la ONU y Palestina lucha por ser el número 194º. En el actual mundo, la crisis política, económica, sin referente, es consecuencia del fin de la hegemonía estadounidense en el sistema capitalista mundial, así como de este propio sistema y de la civilización basada en la cultura patriarcal. En un principio, hasta 1750-1800, los grandes Estados asiáticos, con sistemas tributarios basados en el comercio, constituyeron el centro gravitacional del sistema mundial. Ante la crisis, una reforma radical obliga a actuar sobre los cuatro ámbitos y cinco infraestructuras territoriales que componen la “reproducción social”.
[…] La cultura patriarcal occidental a la que pertenecemos se caracteriza, como red particular de conversaciones, por las peculiares coordinaciones de acciones y de emociones que constituyen nuestro convivir cotidiano en la valoración de la guerra y la lucha, en la aceptación de las jerarquías y de la autoridad y el poder, en la valoración del crecimiento y de la procreación, y en la justificación racional del control del otro a través de la apropiación de la verdad. Así, en nuestro conversar patriarcal estamos en guerra contra la pobreza, luchamos contra el hambre, respetamos la jerarquía del saber, el conocimiento nos da autoridad y poder, el aborto es el crimen más grande, y los problemas de la humanidad se resuelven con el crecimiento económico y el progreso tecnológico que nos permite dominar y someter a la naturaleza. En la cultura patriarcal, el tono fundamental de las relaciones humanas está dado desde el sometimiento al poder y a la razón en el supuesto implícito de que poder y razón revelan dimensiones trascendentes del orden cósmico natural a las que el ser humano tiene acceso, y que legitiman, de manera también trascendental, su quehacer en el poder y la razón.


Humberto Maturana (1)

A partir de 1492, el Estado emergió en la historia del “sistema capitalista mundial” con la integración forzosa de las tres grandes redes territoriales que la especie humana construyó durante milenios –la asiática, hasta su península europea, la africana y la americana. La estructura del “sistema” tuvo como elementos fundamentales los Estados-nación con sus agencias y sus agentes. Y los procesos que les dan vida como estructura sistémica crearon en Europa “estados centrales” o ricos, principalmente los colonizantes, y periféricos o pobres, los que emergieron de las colonias durante un proceso que comenzó “Nuestra América” desde mediados del siglo XVIII, mundializados después de la Segunda Guerra Mundial con la descolonización que aún no termina.

Al discurrir acerca del Estado, ponemos en uso un sustantivo abstracto, un concepto inmaterial que no se percibe con los sentidos. Es un concepto que, desde la noche de los tiempos, fija en el imaginario colectivo la idea de que siempre existió como una organización necesaria y que tiene el poder político, la capacidad para determinar la marcha de la sociedad hacia objetivos que el mismo Estado determina, y que puede ejercer la coerción para lograrlos.

Determinado por la cultura eurocéntrica, el Estado dispone al menos de cuatro atributos fundamentales: 1. funcionarios estables que conforman la llamada burocracia; 2. corporaciones para ejercer el monopolio fiscal; 3. un ejército permanente, garantía de soberanía ante los otros Estados del espacio-tiempo cultural donde existen y de las relaciones supranacionales; el monopolio de la fuerza legal y la represión en el interior de sus fronteras, y 4. quizá lo más importante y alienante: arbitra los conflictos sociales y busca los equilibrios conducentes al interés y el concepto que las clases dominantes entienden por bien social.

Por esas razones Herman Heller (2), un socialdemócrata no marxista que actuó y escribió en la República de Weimar, definió al Estado como “unidad de dominación, independiente en lo exterior e interior, que actúa de modo continuo, con medios propios y claramente delimitados en lo personal y lo territorial”. Es un significado que tienen el propósito de hacer creer las agencias y agentes “prosistémicos” que quieren mantener vigentes las tendencias, las instituciones y las relaciones socio-estructurales que caracterizan al capitalismo mundial. Y un motivo por el cual ponen el acento en el concepto abstracto de la “democracia estadounidense” con el voto en apariencia libre y consciente, con división en los tres poderes (3) –ejecutivo, judicial y legislativo– que emergieron de la Revolución Francesa, garante de la protección y el respeto de los derechos humanos. Con fondo ideológico, buscan fijarlo en el imaginario colectivo universal como paradigma del “Estado democrático” moderno, progresista y ecuménico.



El Estado, soporte y alimento del capitalismo

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En rigor, podemos denominar “capitalismo” a la función de los “Estados” como procuradores de la acumulación de capital en la organización de la estructura sistémica. Así lo expresa Fernando Braudel: “El capitalismo tan solo triunfa cuando llega a identificarse con el Estado”(4). Estado en la forma que devino como recurso contundente de la cultura eurocéntrica. Si atendemos al diario acontecer mundial, sentimos que los Estados, sobre todo los centrales que integran el imperialismo colectivo, están muy lejos de cumplir ese rol (5).

En su función, los Estados reprimen a las clases dominadas, esa inmensa población que conforma el estrato que desarrolla relaciones socio-económicas de subsistencia –el más amplio y elemental (6). Por supuesto, dominan y reprimen no sólo a ese sector sino también a los trabajadores y empresarios que viven en el espacio del mercado, a las clases medias y asimismo a los estudiantes que no ven posible el futuro deseado.



Historia reciente y reto presente


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Con la mirada desde “Nuestra América”, el sueño del Libertador de una América unida y fuerte fue derrotado por las oligarquías locales con el resultado de un conjunto de Estados nacionales cuyo único “proyecto nacional” fue cómo conectarse más y mejor en la órbita de los países centrales. Así, cabalgando sobre intensas luchas sociales como la mexicana, la boliviana y la guatemalteca, entre otras, llegamos hasta 1959, hito de la Revolución Cubana.
Desde el proceso de la Revolución Mexicana de 1910 a 1917 ¿o 1940?, los problemas de la lucha de clases en Europa y Asia fueron un calco para la mayoría de los revolucionarios –tanto los intelectuales como los activistas de condición humilde– en nuestras tierras. Entre los temas se destacan la toma del poder político y la relación entre Reforma y Revolución, así como la definición del sujeto de la revolución, y la forma y el contenido de la lucha de clases concreta en todos y cada uno de nuestros países.

En nuestros Estados y su conjunto de instituciones que replican las estructuras organizacionales generadas y aplicadas –con poca fortuna– en los Estados centrales del sistema, una transformación o reforma radical obliga a actuar sobre los nueve componentes de la reproducción social, sus cuatro ámbitos y cinco infraestructuras territoriales, de tal modo que signifiquen un cambio cultural civilizatorio, y caiga el sistema vigente, y dé lugar a otro con nuevos seres humanos que se conduzcan con patrones culturales diferentes de los creados por la mente colonizada. Son reformas en la territorialidad donde ocurre la reproducción social, no en el mundo de la política o de leyes que no se aplican. Así, sobre la territorialidad, las reformas transforman la esencia de las estructuras sistémicas, mientras que, cuando discurren en la lucha parlamentaria o el debate mediático, sólo refuerzan el sistema capitalista.

La reproducción social es el sistema complejo en que una parte de la especie humana produce, intercambia y consume tanto bienes y servicios como a la especie misma, movidos por lo que denominamos cultura material. En actuación y relación con el territorio, adquieren conformación cuatro ámbitos: 1. las actividades productivas; 2. los servicios sociales; 3) los instrumentos de gestión social, y 4. la intermediación comercial y financiera. Estos son constructos culturales creados por la especie humana a lo largo de su evolución o historia durante miles de años (7), con adaptación y modificación de los territorios donde tienen su despliegue.

En cada uno de los territorios se encuentran, se manejan y se construyen las cinco infraestructuras territoriales que, como sabemos, son: energía, agua, transportes, asentamientos humanos, y sistemas de comunicación e información. Cada una existe bajo la conformación de un modelo creado históricamente. Por tanto, determinar el modelo en cada caso concreto, con sus contradicciones y las condiciones socio-políticas necesarias para transformarlo –en concordancia con los cuatro ámbitos–, es una de las tareas más importantes de un proceso contra el capitalismo. Por supuesto, con base en una planificación radical, pues, sin trabajar dentro de las redes territoriales junto al pueblo movilizado y organizado, la planificación es una abstracción que resulta funcional al “sistema”. Mucho más si tienen como marco “medidas monetaristas” e indicativos macroeconómicos, sin identificar las redes de producción, distribución y comercialización necesarias, real y territorialmente existentes.



Del patriarcado al matriarcado: cambio cultural


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La crisis actual en todos los Estados es la lucha entre dos tipos de cultura: una, patriarcal, con su herencia y su inercia, que ha conducido la civilización que hasta ahora hemos vivido y cuyas características resume el epígrafe de este artículo; y otra, la matrística que guiaría un gobierno e instalaría instituciones en las cuales sus integrantes deberán participar consciente y reflexivamente en la toma de decisiones, guiados por un sentimiento de solidaridad y cooperación. Ello, en la construcción de un espacio-tiempo cultural en el cual el hacer no esté centrado en la competencia, la lucha o la agresión, sino en la solidaridad en la que, de todos modos, la competencia, la lucha o la agresión sean únicamente episodios del convivir, no un modo de vida.

Esta lucha se manifiesta en el rechazo al estado capitalista actual, sea privado o de Estado, y también en toda agencia y toda corporación en que nos agrupamos. Por eso, avizora un cambio mundial que le pondrá fin a esta civilización. La cultura es parte y motor del “sistema” creado por la especie humana en su reproducción social a lo largo de la historia, en la cual crea las territorialidades que conformaron los Estados que en el mundo ha habido.

El actual sistema de Estados capitalistas, en sus manifestaciones económicas que le son propias, es, además, ecológicamente insostenible. Ya no produce bienes perdurables y útiles para la especie sino productos mediáticos –inmateriales, alienantes–, así como elementos del complejo militar-industrial cuya realización económica es la muerte y la destrucción, para después volver a construir nuevas infraestructuras signadas por la dependencia. La producción material mercantil está acosada por el despertar de las naciones periféricas por su soberanía y contra el despojo, con rescate y valoración de sus materias primas –caso de los hidrocarburos, el litio en Bolivia y las “tierras raras” en China y de tantas otras.

Con la crisis, la puerta se abre para que el poder patrístico no inhiba ni acabe a los humanos (8) y éstos puedan ser verdaderos dueños de su destino (9)…


1 Maturana, Humberto, El sentido de lo humano, p. 135, Editorial Granica, Buenos Aires, 2010.

2 Hermann Heller. Supuestos históricos del Estado actual. FCE, México, p. 142.

(agregaraño)
3 El Leviatán que concibió Thomas Hobbes en 1651, desarrollado como moderna república: un poder que gravita, condiciona y determina el rumbo del Estado-nación.
4 En India y África se mantuvieron como sistema de Estados hasta que los europeos incursionaron en sus predios, desestructurando el modelo por su manera de hacer los negocios y la guerra, basados en la extrema violencia y la crueldad que genera el racismo. A unos, como la India, los convirtieron en colonia, mientras a los más en conjunto de enclaves. El mecanismo de enclaves profundiza la relación desigual entre campo y ciudad, generando extrema pobreza en países con grandes porcentajes de población rural, como fue el caso de China, convertida en semicolonia desde fines del siglo XVIII.

5 Los Estados centrales del sistema mundial practican injerencia e intervención, y ahora legitiman las formas de ‘guerra preventiva’ contra intereses de pueblos y Estados periféricos para garantizar su dominio geopolítico y el saqueo de sus riquezas.

6 […] Braudel denomina […] la vida material, el estrato de no economía, el suelo en el que el capitalismo hunde sus raíces, pero nunca puede penetrar.

7 Desde los núcleos iniciales que conformaron la especie, constituye una necesidad de la existencia social el ejercicio de actividades productivas de alimentos, ropa y vivienda, servicios sociales que se inician con el cuidado de los individuos por el grupo familiar; instrumentos de gestión social como la más elemental recolección y el cuidado de los pocos bienes atesorados; y la instrumentación comercial que aparece más tarde en el tiempo.

8 Fernand Braudel, Civilización material, económica y capitalismo. Siglos XV-XVIII. Alianza Editorial. Tomo III. (falta año) Humberto Maturana: “La historia de la humanidad no sigue el curso de lo económico, no siguen el curso de los recursos, aunque aquí haya economistas que no estén de acuerdo. La historia de la humanidad sigue el curso de los deseos, del tipo de vida que queremos vivir, porque son nuestros deseos lo que determinará qué es un recurso y qué no lo es; qué es una necesidad y qué no lo es”. (datos del libro)

9 “La historia de la humanidad no sigue el curso de lo económico, no siguen el curso de los recursos, aunque aquí haya economistas que no estén de acuerdo. La historia de la humanidad sigue el curso de los deseos, del tipo de vida que queremos vivir, porque son nuestros deseos los que determinarán qué es un recurso y qué no lo es, qué es una necesidad y qué no lo es”, Humberto Maturana. El sentido de lo humano, p. 248.



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