Ocurrió allá en mi pueblo y en una familia numerosa como la mía. El ambiente navideño dejaba a un lado las desesperanzas y limitaciones, imbuyendo a todo el mundo en un espiral de pesebres, hallacas, dulce de lechoza, ron con ponsigué, mistela, cerecita, chinguirito, cuatro, maracas, furrucos, parrandas y versos, pero muchos versos de aguinaldos como aquellos que narraban la vida pasión y muerte del nazareno, la historia de Juana de Arco, los mancillados inocentes o de aquel laborioso pajarillo que construía su hermoso nido con barba de palo. Todos magistralmente creados por la sencilla inspiración de mi Padre. Su Parranda era la mejor –aseguraban-, más si se hacía acompañar por mi tío en el cuatro, mi primo al bandolín y la voz delgada de mi hermana Rosita. Las maracas las tocaba él y servían, a la vez, de batuta. ¡¡Y hay de quien se equivocara en el coro!!
La llegada del niño Dios era un acontecimiento demasiado importante como para andar triste. Creo que mis hermanos mayores nunca recibieron regalos ese día, pero los cuatro últimos tuvimos la suerte de los obsequios navideños. Había que hacerle la lista al niño con tiempo suficiente para que ésta fuese entregada por mi padre en las oficinas de compras del Ministerio donde trabajaba. Claro que nunca llegaba todo lo que requeríamos, pero sí una muestra generosa del consabido pedimento, el cual era escondido en lugares supra inverosímiles para mantener el secreto de las bondades del creador del universo...
Llegó el veinticuatro de Diciembre. La familia entera sumergida en el trajín de los preparativos de la cena desde horas tempranas, aseguraba una buena velada para la noche. Los pequeños, como en ninguno otro día del año, obedientemente nos bañábamos temprano. Sabíamos que en el escaparate había ropa nueva y lustrosos zapatos de cuero perfumado. Salíamos de uno en uno, orgullosísimos de la pinta nueva, a caminar por ahí para encontrarnos con los compañeros, quienes, al igual que nosotros, lucían impecablemente vestidos. Luego vendrían los triquitraquis, cohetones y saltapericos a hacer de las suyas. Incluso, como cosa mágica, algunos de esos bichos explosivos nos perseguían y explotaban muy cerca, dejándonos sordos por un buen rato....
Al llegar las siete u ocho de la noche, nuestras vestimentas ya estaban desencajadas y cuidado si no rotas por los estirones y las correteaderas. Ante la mirada adusta de nuestros padres, era servida la cena. Al poco rato había que acostarse para esperar dormidos la bendición de los regalos del niño. Pero yo no quería tener sueño!! Andaba desde hace tiempo deseoso de encontrarme con el mismísimo Niño Jesús: Verlo entrar al cuarto, compartir un rato con él y recibir sus cumplidos. Lo veía a imagen y semejanza del que yacía oculto entre las sábanas del pesebre ya rescatado de un año de polvo y olvido en el lugar más seguro de la casa. Mi hermanitos se habían quedado dormidos de verdad verdad. Yo, en cambio, cerraba los ojos intentando engañar a Jesús. Mi madre entraba de cuando en vez para cerciorarse si ya estábamos dormidos, y solamente mi menuda humanidad permanecía despabilada, cosa que no le gustaba a mi madre, “porque al hijo de dios había que esperarlo dormido” -alertaba- . Después de varios intentos y recorridos, mi madre apagó la luz al momento en que ya era imposible mantenerme en vilo....
En la mañana del veinticinco, un tropel de carritos, pistolas, ametralladoras, trompos y pare usted de contar, me dieron los buenos días. Ya sobre mi almohada estaban el convoy verde de infantería y el avión eléctrico luciendo sus franjas azules de la caja de envoltorio, un imponente aterrizaje en el aeropuerto de Tokio. Rápido me incorporé e hice añicos las cajas y saqué mis juguetes a pasearlos por la sala, el corredor y la cocina. Y hasta allá me siguió la sonrisa de mi madre. Ella había hecho su trabajo de forma perfecta –creía-. No había dudas que el niño había traído los regalos. Entonces nos inquirió con infinito disimulo para confirmar en nuestras párvulas fantasías, si no la habíamos visto colocar los juguetes en lugar de Jesús. Mi hermana armó su leyenda diciendo que había visto al niño, que le dijo se portara bien, que estudiara, que esto, que lo otro. Algo parecido dijeron mis dos hermanos. Cuando me tocó el turno, no encontraba por donde empezar, porque a decir verdad, el peso del sueño no me permitió conocer a ciencia cierta quién había puesto los juguetes en mi almohada. Entonces le dije:
-Yo me estaba quedando dormido. El niño Jesús entró al cuarto y apagó la luz. Se me acercó, colocó los juguetes sobre mi almohada y me dijo al oído:
¡¡Duérmase, carajo!!!
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