Mentira piadosa: consuelo de tísico

Se bajó el telón cuando calló y cayó Brasil quedando fuera del Mundial. Miles de millones de esperanzas se frustraron. Miles de millones de lágrimas mojaron la tierra. Sin embargo, el mundo sigue haciendo su camino y el fútbol también. Dunga demostró que no es suficiente haber sido un excelente jugador para ser un excelente director técnico. Nadie que conozca de fútbol o de cualquier otra especialidad de la vida social rechaza a la experiencia que puede, en un determinado momento, ser el factor decisivo de la victoria. Nadie entiende el por qué no figuraron Ronaldinho, Ronaldo o Adriano en el listado de los seleccionados de Brasil cuando, especialmente, Kaká no estaba dando pruebas de ser el centro neurálgico de un conjunto que no sabe perder.

La derrota de Brasil no puede achacarse al pésimo arbitraje del Mundial de Sudáfrica. No, eso no. Los brasileños y brasileñas deberán de bajar otro telón y descubrir, sin apuros y sin apasionamientos, los entretejidos de la red para que allí desnuden todos los misterios y, ya calmados y reflexivos, se convenzan de los errores y determinen las nuevas tácticas y estrategias para corregirlos y darle, en 2014, al mundo lo que es del mundo y, particularmente, de Brasil: una nueva copa mundial de fútbol.

Las mentiras piadosas traen consigo miles de consuelos pero jamás sustituye alguno de ellos el deseo original del fanático o del partidario de Brasil en un Mundial de Fútbol. Cierto es que los consuelos mitigan un poco la tristeza mientras las razones deambulan por las cabezas como duendes de los sueños que copan la tierra mientras el astro permanece en el silencio de la derrota. Sólo las oraciones durante cuatro años no desmienten la lentitud del reloj del tiempo. De nada vale alegar o argumentar que Brasil se desgajó en la lucha por el triunfo. Holanda le tocó duro y fue la noche vertiginosa que opacó la luz del astro. La samba tembló frente al Cristo recién remodelado y callaron los tambores como un adiós largo y enfermizo doliendo en el corazón de miles de millones que no creyeron que en una mañana juliana latinoamericana dejara de brillar el astro y Holanda se hiciera con la victoria. Dunga no tiene la culpa sino la terquedad de su mala estrategia, porque no hubo tácticas que descalzaran las habilidades del adversario. En el fútbol, como en la guerra, las brutalidades individuales suelen desmoronar las virtudes del colectivo. Sólo el campo de fútbol, ya en solitario y con su gramado pisoteado por el vencedor y el vencido, sabe cuánta falta hicieron Ronaldinho, Ronaldo o Adriano.

Loa jugadores de Brasil se ofuscan, se llenan de ira, cuando otro equipo les hace un gol. Recurren innecesariamente a la violencia personal para contrarrestar lo que debe hacerse haciendo uso de un cerebro que corre a velocidad por todo un campo deportivo. Definitivamente, no saben ser perdedores. Ningún ejército en el mundo ha ganado todos los combates que ha presentado. El mejor de los estrategas, es cierto, se equivoca. Napoleón perdió los estribos de su caballo y no se percató de ello. Una lluvia le hizo una mala jugada de azar y en Waterloo le propinaron una aplastante derrota. El general Carlos Manuel Piar de trece combates ganó doce, pero el más importante de todos en un tribunal lo llevó a la tumba fusilado por quienes nunca debieron fusilarlo. Claro, la guerra militar no es un juego de fútbol. Este se caracteriza por el hecho de que diez hombres deben hacer uso de los pies y la cabeza mientras uno sí puede utilizar sus manos y ese es el arquero. Julio César, reconocido como uno de los mejores guardametas del mundo, falló y eso le costó un gol. Sin embargo, el mejor arquero del Mundial, creo, fue Eduardo de Portugal y Villa no le perdonó la soltura del balón en el primer intento por apretarlo contra su pecho. Pero la mejor jugada de todos los mundiales de fútbol se concretó en Sudáfrica: la realizada por Luis Suárez sacando con sus manos el gol que llevaba a Ghana a la semifinal y eliminaba a Uruguay en cuarto de final. Expulsado Suárez por su extraordinario y grandioso pecado y mientras lloraba como un niño maltratado por negársele el resultado de su obra, el jugador ghanés cobró y botó el penalty que hizo que se volteara la tortilla y en cobro de penalty, Uruguay ganó el derecho a pase de semifinal. Suárez, en menos de una fracción de segundo, cambió el llanto por la risa y también hizo reír de alegría a Uruguay entero. En el fútbol, como en tantísimas actividades de la vida social, no siempre gana el mejor ni el que realice las más espectaculares jugadas en el partido. El azar está allí, siempre escondido pero atento a esos momentos críticos en que alza sus alas y vuela bajo o vuela alto cambiando resultados. Serían muy místicos los mundiales de fútbol si la casualidad no tuviera ninguna participación en los mismos. Lo que si no es casualidad y la FIFA debe corregirlo con urgencia es ese arbitraje terrible, demoníaco, perverso y maligno que decide destinos dañando eventos deportivos de tanta importancia como un mundial de fútbol. Los venezolanos y las venezolanas sabemos cuánto duele que un árbitro sea quien se robe el mérito de un deportista. Galarraga, el pitcher de las Grandes Ligas del Béisbol, fue víctima de un árbitro que le despojó, sin justificación alguna, de un juego perfecto cuando decretó quieto en una jugada que fue out de calle.

La derrota de Argentina por paliza producida por Alemania lo que hace es demostrar que no basta con que un jugador sea el mejor deportista de un siglo para ser el mejor de los entrenadores. Maradona es más porfíao que el propio porfíao. Milito fue sólo un convidado de piedra siendo, al mismo tiempo, una lumbrera del fútbol italiano, uno de los mejores del planeta. Maradona no podrá jamás explicar el por qué no utilizó en el segundo tiempo frente a Alemania a Milito o a Palermo. Pero como los argentinos tienen su propio Dios, sólo éste lo sabrá mientras el pajarito que los engañó, vaticinando el triunfo de Argentina sobre Alemania, ya debe haber traspasado fronteras para esconderse de sus perseguidores que desean desplumarlo y comérselo guisado.

Lo más doloroso, por lo menos para los latinoamericanos, fue la eliminación de Paraguay. No tiene estrella individual, porque Cabañas fue víctima de un disparo en México que lo alejará, posiblemente, del fútbol por el resto de su vida. Jugó grande, tocó grande Paraguay, pero el azar hizo que cayera ante España. Los duendes siguen socavando esperanzas de una gran parte de un continente que tiene el mejor fútbol del mundo, pero eso no lo han reconocido los más grandes y poderosos monopolios de la información que nos meten por los ojos, esencialmente, el fútbol de España y de Italia como los únicos dignos de la audiencia del deporte rey.

La eliminación de Uruguay fue otro duro golpe para los latinoamericanos. Jugó un excelente fútbol y Forlán, digan lo que digan quienes no estén de acuerdo, demostró haber sido el mejor jugador del Mundial.

Tragedia a la vista

El día viernes por la noche se fue la luz en la zona. Al siguiente día miembros de una comunidad se dedicaron a arreglar la falla para que hubiese energía eléctrica. Casi a mediodía lo consiguieron. A las dos comenzamos a ver el partido entre Alemania y Uruguay, ligando a éste y que Forlán se convirtiera en el mejor goleador del mundial. Cuando Alemania metió su primer gol, nos cortaron la señal de DIRETV. Maldecimos una y otra vez durante horas continuadas a nuestros queridos camaradas Aquiles y Wilmer, ya que ellos tienen la responsabilidad de cancelar la mensualidad de DIRETV y no lo hicieron a tiempo. Nos dejaron ciegos, frustrados y dependientes de informaciones de quinta o décima mano. Nos enteramos que el juego fue excelente. Queríamos que Forlán metiera, por lo menos, dos goles. Dicen que de chiripa no resultó ser el mejor goleador, aunque quedó empatado con otros dos con cinco goles, cuando en los últimos segundos del partido lanzó una patada y el balón pegó en el arco negando que fuera gol. Haber sido el cuarto de treinta dos selecciones es algo importantísimo, aunque hayan ido por ganar la copa. En otro mundial será.

La final entre Holanda y España no hubo manera de verla. Hicimos el intento de verlo en la casa de una familia campesina que tiene DIRECTV, pero la señal entraba un minuto y había que esperar cinco minutos para que nuevamente llegara la imagen. No nos resultó beneficioso el viaje y regresamos al lar de origen. Aquiles y Wilmer hicieron todo lo posible por conseguir una tarjeta de DIRETV y no la consiguieron el día sábado. Ese fue el castigo que nos impusieron los camaradas antes señalados. Se decidió sólo darles el desayuno cuando nos visiten. Lo cierto es que logramos prender un radiecito que comentaba el partido y escuchamos cuando España hizo el gol en el segundo tiempo de la prórroga. Confesamos que no nos importaba si ganaba el uno o el otro, porque tanto Argentina como Brasil habían sido eliminados hacía rato y Uruguay ya había asegurado su cuarto puesto. Pero todo indica que fue un partidazo, de profundas emociones y ambos equipos merecían la copa del mundo, porque tienen la calidad suficiente para ese mérito, aunque no sean selecciones de nuestro agrado. España, sin desmeritarla en nada, llegó a la final beneficiándose de la casualidad y de casualidad ganó. Sin embargo, es justo felicitar a españoles y españolas por su triunfo. Que lo disfruten.

Queramos o no reconocerlo, en fútbol por lo menos, nos mueve más las razones del regionalismo o nacionalismo que otra cosa. ¡Viva la Vinotinto para el próximo mundial de Brasil!



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Freddy Yépez


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