Base de operaciones 234

**** Para los conservadores de todo signo las elecciones son desechables por imperfectas, como por la misma razón lo son los “humanoides” que no llenan los “standards” de calidad.

Desde todos los cuarteles se ataca a las elecciones como método para escoger tanto a los gobernantes como a la orientación de las políticas públicas. Así se ve como en nuestro medio y en el norteamericano, donde hoy se desarrollan procesos comiciales, los respectivos partidos de oposición denuncian por anticipado como fraudulentos los posibles resultados. Desde los registros de electores hasta los métodos de totalización, pasando por los instrumentos de votación y la forma de transmisión de los datos, son cuestionados, sin excluir en esto – y posiblemente señalándola como falla mayor – la parcialidad de los árbitros. La falta de transparencia de los procesos – invariable y necesariamente automatizados – y la desconfianza en la compleja red de administradores que los manejan, son las dudas básicas utilizadas para descalificar esta actividad política. Un descrédito que afecta por igual a la democracia como sistema para asegurar el orden social, y a la legitimidad de los gobiernos para conducir la marcha de los pueblos. Sin embargo, no se cuestionan los “rating”, medidores de la audiencia de los medios de comunicación, o los estudios de mercado, indicadores de las preferencias de los consumidores. Ambos utilizan metodologías similares, aun cuando con mayor margen de error por no examinar la totalidad del universo, y árbitros discrecionalmente seleccionados, cuyos resultados tienen el mismo efecto: determinar la distribución del poder entre los sectores, con intereses contradictorios, actuantes en los distintos escenarios de la vida social.
Desde luego, la diferencia entre la confianza en unos y la desconfianza en el otro, estriba en la posibilidad de medir la calidad del producto de los primeros, dada la existencia de “standards” que la definen, estableciendo un orden de mérito, mientras en el otro no existen tales baremos que hagan lo propio. De modo que en el último caso es la opinión personal – la esencia de la democracia – la que decide y no la regulación establecida por una elite que se autoerije como supremo arbitro de la vida social. Es ese mecanismo el que permite que el cambur injertado, con cierto color, tamaño y consistencia, sea la oferta dominante, mientras el sabroso y dulce titiaro no encuentre espacio en las estanterías de los mercados. Lo que estos despliegues mediáticos persiguen es la eliminación de la libre elección individual, propia de la democracia, para substituirla por la selección de los “mejores”, en el marco de una meritrocracia. Sería el fin de la noción de gobierno como arte de la dirección y el control de las sociedades, para substituirlo por la idea de la administración como disciplina para alcanzar la eficiencia Florecería la realización del sueño de los conservadores de todo signo, con sus planteamientos finalistas, de alcanzar la perfección que estabilice el orden social, aun a pesar de la existencia de la entropía que la niega. En todo caso, lo que no es perfecto es desecho.


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Alberto Müller Rojas


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