Derechos del pueblo en coma

El conflicto de Honduras ha llegado a una situación crítica, pero estable. Algo así como en terapia intensiva, entubado, pero sin posibilidades de mejorar. Y parece ser que con esa situación se cumple el objetivo del imperio que, al dar largas a las soluciones y mover sus piezas en el Sur, apuntala precariamente al grupo de sicarios que tiene montado en el gobierno del hermano país centroamericano.

Muchos vaivenes han dado las olas contra las costas de nuestros países desde la madrugada cuando Zelaya fue sacado en ropa de dormir y trasladado a un aeropuerto de Costa Rica, donde el títere que gobierna ese país ya tenía la instrucción de tratarlo bien y entretenerlo.

A estas alturas, el pueblo permanece en la calle y el gobernante depuesto no parece haber salido del shock inicial. Aún parece creer en los Estados Unidos y, a falta de atención por parte de los payasos goriletti y compañía, busca al dueño del circo, que no lo atiende, que lo sigue distrayendo, para cumplir sus planes de haitizar Honduras, dar tiempo al olvido y apuntalarse en ese escaque central del tablero, como una importante jugada para dar jaque mate a la Revolución.

Dos hechos muy importantes quedan claros en estos momentos, y uno de ellos es que el imperialismo sigue siendo igual que cuando Bush y, pese a que pusieron como presidente a un elegante y decorativo afroamericano, con experiencia en musulmanes, corbata roja como Chávez y actitudes que rompen eventualmente el protocolo superficial, no es más que una cremita para maquillar las oscuras ojeras que deja el insomnio de los asesinos. Más allá de la guerra de la heroína en Afganistán y la guerra de la cocaína en Colombia, en el “libro blanco” han publicado con la mayor desfachatez sus planes imperiales, ya no sólo contra Venezuela y contra nuestro continente, sino contra los pueblos de todo el planeta. E fascismo yanqui trabaja para hacer realidad los más locos sueños de Hitler.

El otro hecho fundamental, que ha quedado evidente, es que un hombre no hace revolución, ni siquiera un filántropo como Zelaya, quien, aunque hijo de la más rancia oligarquía hondureña, tomó partido por los pobres, buscó a los revolucionarios del Sur del continente y quiso darle a su pueblo oprimido lo que necesitaba, sin romper con el sistema capitalista.

Después del golpe de Estado, “Mel” quiso convertirse en un Allende, bajar en pleno aeropuerto sitiado bajo los láser de los francotiradores, y ofrecer su vida, pero iba en un avión venezolano y nuestro gobierno no lo iba a permitir.

Ya ha pasado demasiado tiempo y Zelaya aún no sale del shock .

¿Qué hubiera pasado si el presidente derrocado hubiera hecho caso de lo que planteaba el presidente Correa y hubiera solicitado formalmente una intervención militar de los países del Alba para restablecer el mandato legal, cuando todo el planeta estaba en contra de los goriletti? En ese momento, la intervención del imperialismo a favor de los facciosos habría dejado al descubierto su apoyo incondicional y su obvia autoría intelectual y material, Zelaya habría vuelto al mando y tomado las medidas necesarias para conservar los avances que había obtenido, con un mínimo de bajas para el pueblo.

Pero el presidente hondureño aún creía en pajaritos en estado de gravidez, prefirió dejarse vahear por el títere de Costa Rica, y allí comenzó el ruleteo que aún continúa.

Ni aún los más eficientes servicios de inteligencia del imperio pueden predecir lo que hará un pueblo oprimido y silenciado por tanto tiempo, como el hondureño. Su despertar es el saldo positivo del sacrificio de Zelaya, y ya el futuro de Honduras depende exclusivamente del movimiento popular de ese país. Al contrario de décadas anteriores, la situación política del continente ha cambiado y ya el imperio no puede predecir todos los finales, sus organismos de inteligencia pueden equivocarse y puede salirles el tiro por la culata.

Pero el final no es incruento, ya mucha gente ha muerto y hay un pueblo dispuesto a todo. El liderazgo interno deberá trazar las estrategias para expulsar del poder el gorilazgo mayordomo del imperialismo, y Zelaya deberá ceñirse a los mandatos de su pueblo.

El destino de Honduras está indisolublemente atado al destino de los pueblos insurgentes de Suramérica, que luchan y vencen, y al destino del mundo, en este momento bajo la amenaza declarada de un imperio peor que el de Hitler.

En medio del inicio de una escalada bélica mundial que no tiene precedentes, sin embargo, la caída del nuevo régimen de facto es tan probable, como que una gran roca redondeada se deslice por un plano inclinado, por más que se le coloque barreras, cuya eficacia es temporal. Las luchas del pueblo en las calles, y el tiempo, el mismo que utiliza el imperialismo para sostener a sus gorilas allí, mientras mueve las piezas y enroca en Colombia para fortificarse en el Sur, ese mismo tiempo, también corre para los pueblos de Abya Yala, que ya no duerme.

Un solo hombre, ni siquiera un filántropo como Mel Zelaya, no puede hacer una revolución. La hace el pueblo. El destino final del imperio estará en manos de la unión de los pueblos sencillos de los países oprimidos, de sus poderes creadores, de su perseverancia.

(*) Abogado


elcaciquehoy@gmail.com


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