Caída y descomposición del Imperio romano en pellejo yanqui

Indagar sobre los antecedentes de lo que ocurrió en Venezuela puede sonar, aparte de trillado, necio. Podría bastar con decir que, si fue relacionado con los Estados Unidos, la historia abunda en manuales para ilustrar con claridad y no hay que explicar tanto. Para ser atacado por ese país no basta con oponerse a sus intereses, sino también poseer algo que ellos necesiten.

Los Estados Unidos mueren como imperio. Hay un compás de espera en la mayoría de las teorías geopolíticas que estudian el comportamiento del poder mundial que apunta a varias fechas y escenarios. 2030 es una de ellas, incluyendo la eventualidad de las elecciones presidenciales de 2028.

No se trata de una aseveración audaz y sin ciencia al estilo, por ejemplo, de un Nostradamus, por mencionar aquello que pueda más descalificar una estimación. El país atraviesa una crisis insólita relacionada con la economía, su poder político y militar, su integridad territorial, su reputación mundial y, sobremanera, por la gobernanza de un ícono de la megalomanía, como Donald Trump.

Esto último es fundamental en la lente de los estudiosos, quienes ven en su historia la repetición de figuras emblemáticas del pasado romano, como Cómodo, Heliogábalo, Caracalla y, en menor grado, Calígula. Todos ellos fueron termómetros de quiebres decadentistas. A todos, como a Trump, los caracterizó un narcisismo psicótico que los condujo a excentricidades, tanto personales como institucionales: reencarnaban a algún dios, arrasaban con las instituciones, se obsesionaban con la lucha (Coliseo), despreciaban la tradición, gastaban en exceso, etc.

Cómodo, por ejemplo, que fue síntoma de crisis de todo un imperio, se creyó la reencarnación de Hércules. Modernamente, Trump recuerda un poco a Heliogábalo en hechos absurdos de fasto, como el rediseño de la sala de baile de la Casa Blanca, gastando $250 millones y ampliándola para una capacidad de 1000 personas. En ambientes similares, Heliogábalo lo superaba nada más en detalles específicamente excéntricos, como soltar leopardos para disfrutar con el terror manifiesto de sus invitados.

Querer apoderarse de lo que no es suyo, como Groenlandia y el petróleo venezolano, despreciando la institucionalidad internacional, es una actitud que encaja a la perfección entre la psicopatía de los personajes mencionados, siempre sintomatizando el ocaso de una existencia o período histórico.

La captura del presidente Nicolás Maduro junto con su esposa es una conclusión de la doctrina monroísta, que dueña se cree de las riquezas y tierras del hemisferio occidental. Oro, petróleo, Amazonía, aguas, vegetación, cielos, oxígeno, pájaros, gentes, etc.  La doctrina en sí es una desviación perturbadora del pensamiento geopolítico humano, que se desafora bajo el mando de un timonel endiosado.

El pecado original de Venezuela no es ni siquiera tener trato o embajada con semejantes psicópatas, sino poseer petróleo en cantidades fabulosas. Y, como ya es cliché decirlo, el imperio que muere necesita del oro negro y de su correspondiente oxigenación para no perecer en su lecho de enfermo.

 


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Oscar J. Camero

Escritor e investigador. Estudió Literatura en la UCV. Activista de izquierda. Apasionado por la filosofía, fotografía, viajes, ciudad, salud, música llanera y la investigación documental. Animal Político https://zoopolitico.blogspot.com/ https://www.tiktok.com/@comentario_politico?_t=ZM-8tvLQcVBhNX&_r=1

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